Fidel lee la carta de despedida del Che. Autor: Tomada del sitio Fidel soldado de las ideas Publicado: 03/10/2026 | 11:07 pm
Recoge la historia que aquella jornada del 3 de octubre de 1965, en la selva del Congo, húmeda y cómplice, el mítico Guerrillero escuchó por la radio la lectura de la carta que había escrito y entregado desde el mes de abril, en cuyos trazos irregulares dejaba lo mejor de sus sueños de revolucionario, su estirpe de hombre cabal, su talla de dirigente y padre amoroso.
«(…)Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución Cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo que ya es mío.
Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del Partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de Cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos (…)», le oyó decir al amigo, el hombre que había acompañado desde México en jornadas de guerrilla y victoria.
Y aunque quienes le seguían en tierras africanas aseguran que no hizo gesto alguno, sin dudas, su corazón anduvo a galope, línea a línea, aquellos largos ocho minutos, que entre la emoción y la expectativa, duró el repaso del texto.
« (…) Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos.
«Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y de dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos (…) En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo donde quiera que esté, esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura (…)»
Reviviría entonces el Héroe, tal vez entre el recuento de sus últimos 10 intensos años en la Isla caribeña y la expectativa del nuevo camino que emprendía en la condición de ciudadano del mundo, como el mismo se definiría.
« (…) Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti (…)
Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario Cubano, y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea (…)»
Le oiría pronunciar, con la voz entrecortada, al entonces Primer Ministro, Fidel Castro, casi al final de las 605 palabras que había escrito desde el alma, intentando sintetizar sus vínculos con Cuba, sus fraternales relaciones con el líder revolucionario y con un pueblo que consideraba suyo.
Escuchaba el Che, tal vez ajeno a que con la hermosa carta, ofrecía a la nación antillana un admirable ejemplo de ser humano altruista, consecuente, y altas lecciones de lealtad, internacionalismo, antimperialismo, compromiso, que le convertirían para siempre en símbolo de futuro.
Parto y esencias
Tales ardores vistieron de admiración la noche del 3 de octubre de 1965, en el entonces teatro Chaplin, actual Karl Marx, en la que Cuba asistió a la consumación de la unidad, con la constitución del nuevo Comité Central del Partido Comunista de Cuba (CC).
La lectura de aquella misiva de futuro que constituyó la despedida del Guerrillero Heroico, Ernesto Che Guevara, más que un adiós, fue revelación de esencias que, 61 años después devienen legado, modelo.
Octubre concretaba el liderazgo explícitamente comunista de la Revolución Cubana. Pero el comunista Che, que vivió intensamente la fusión de las organizaciones revolucionarias, no estaba entre los miembros del nuevo Comité Central.
Desde meses antes el pueblo notó su ausencia. También el enemigo, que propagó rumores de todo tipo, entre ellos el de que había sido asesinado por sus propios compañeros. Por eso era preciso frenar las calumnias, urgía explicar por qué el Comandante Guevara no era parte de la naciente estructura.
«Hay una ausencia en nuestro Comité Central —dijo Fidel— de quien posee todos los méritos y todas las virtudes necesarias en el grado más alto para pertenecer a él y que, sin embargo, no figura entre los miembros de nuestro Comité Central».
Cuba toda en una estructura
Con esa transparencia y como quien siembra una semilla y la protege de egoísmos y amenazas, luego de un intenso y hasta conflictivo proceso de unificación de las fuerzas revolucionarias que habían llevado al triunfo de enero de 1959, en aquella jornada crucial, el primer ministro Fidel Castro Ruz anunció que el Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (Pursc) adoptaba el nombre de Partido Comunista de Cuba y daba a conocer la composición de su primer Comité Central.
En el nuevo órgano, integrado por cien compañeros, latía la historia más reciente del país. Se sellaban con él seis años de empeños en los que las concepciones políticas que sustentaban las transformaciones iniciadas en 1959 debieron convencer al pueblo, hombro a hombro, en vínculo estrecho desde las más disímiles tareas, de la valía de su apuesta por la justicia social junto a los humildes.
«No hay episodio heroico en la historia de nuestra patria en los últimos años que no esté ahí representado; no hay sacrificio, no hay combate, no hay proeza —lo mismo militar que civil— heroica o creadora que no esté representada», argumentaría Fidel.
Al frente de aquel CC, estaba el Buró Político que integraron Fidel, Raúl, Osvaldo Dorticós, Juan Almeida Bosque, Ramiro Valdés, Armando Hart, Guillermo García y Sergio del Valle Jiménez.
En medio de la solemnidad del momento, Fidel no dudó en calificar lo que acontecía como «... uno de los pasos más trascendentales en la historia de nuestro país, (…) el momento histórico en que las fuerzas unificadoras fueron superiores a las fuerzas que dispersaban y dividían».
Los dos primeros acuerdos de aquel Comité Central aclamado de forma unánime, fueron tomar el nombre de Partido Comunista de Cuba, y fusionar los periódicos Revolución y Hoy, para crear uno nuevo que llevaría el nombre de Granma, «como símbolo de nuestra concepción revolucionaria y de nuestro camino».
Se abría un sendero marcado por la representatividad, que desde entonces es sinónimo de las estructuras partidistas, baluarte y crisol de la unidad, que hasta hoy defendemos como la niña de nuestros ojos; alto legado de aquel 3 de octubre de 1965 para el presente y futuro de Cuba.
