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Nadereau

Efraín Nadereau Maceo es el más generoso de los poetas santiagueros. Su ciudad le dedica la Feria del Libro. 

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

Casi lo puedo ver, a hurtadillas, sostenido en el aire, con aquella manera de ovillarse, de replegarse en sí. Al modo naderesco. Lo puedo imaginar, asido a unos  príncipes negros, a la rosa encarnada, «para justificar a una mujer gruñona/de poeta de provincia/la arribazón furtiva de media noche».

La poesía es la desnudez más testaruda, más entrañable.

El poeta llegó a mí de la manera más inesperada, en la casa natal de Heredia, camino a la catedral. O tal vez, más propiamente, fui yo quien arribó al patio del naranjo, a las piedras de los aparecidos. Digamos que era de tarde, después del aguacero, y un  esquivo papel bailaba en el bolsillo.

Un taller literario es una fragua. Atreverse es el destino, pero antes, hay que cruzar los abismos. El primerizo extrajo sus letras, las compartió sin trabarse, lo mejor que pudo, y esperó el juicio del ruedo, las palabras de la instructora.

Mi «poemeto» no suscitó ningún asombro, ningún suspiro. Incliné la cabeza, resignado, y ya se pasaba a otro asunto, cuando el escritor invitado se adelantó… me permite… y lo que sobrevino a continuación, no consigo olvidarlo. Nadereau advirtió algo en aquel balbuceo, algo en aquel esbozo. Miró más al latido que al papel. Y al salir, puso su mano en mi hombro.

Nunca le recordé, cuando años después me confesó en una entrevista, que era un hombre «armado de pedazos, un rompecabezas», que «la poesía es una angustia y tienes que esperar para hacerla como Dios manda».

No lo hice, cuando declaró que no había nacido en Santiago, sino en Haití; que había una fecha, el 17 de octubre de 1940. No le conté cuando visité su casa (antes del fuego) y abracé a Irma, La Duquesa de su vida. Nada dije, cuando empezamos a coincidir, cuando nos hicimos amigos.

Fundador de tertulias y boletines, poseído por el vicio incurable de escribir, no ha cesado desde su cuaderno iniciático La isla que habitamos (Premio 26 de Julio, 1972). Poesía social, versos íntimos, ensayos, narrativa, teatro, crítica, literatura infantil. Cuando publicar era difícil, él se las ingeniaba para lograrlo. Incluso, hay un capítulo tardío, donde se entendió con el óleo, donde se atrevió con los girasoles.

Para el memorioso, para Marino Wilson Jay, el que se había leído todos los libros del mundo, Nadereau era «el emblema que faltaba a la ciudad».  

Una tarde, otra, puso en mis manos un pliego de hojas toscas. Míralo, me dijo, con los ojos vivos, con el alborozo de un muchacho. Figuras nuevamente cantadas, era el nombre. Ediciones Caserón, Uneac, Santiago de Cuba, 2006. Y al abrirlo… desfilaron por su nombre, casi dos centenares de personalidades de las letras, la música, el teatro, las artes plásticas. Cada uno tenía su décima.

Efraín Nadereau Maceo es el más generoso de los poetas santiagueros.

Su ciudad le dedica la Feria del Libro. Marzo se detendrá para rendir tributo a aquel que descubrió en las calles, en las lomas, bajo el «alado San Gabriel apocalíptico» de su catedral, «los raros tambores preñados de ecos/el güiro embelesado (...) y el alarido/el golpetear solemne/el regocijo/de los que tocan».

Aquel que ha comprendido al fin que «la geografía no nos define ni diluye/todo está muerto o crepitando/en el extremo/del corazón humano./Solo verán la primavera los que más sientan,/acaricien y desobedezcan/el cráneo espeluznante de sus miedos».

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