La cultura salva. El espíritu necesita un alimento que no puede tragarse. Autor: Avilarte Publicado: 15/12/2025 | 09:59 pm
Ocho de diciembre de 2025. Esa fecha no la olvidará jamás Luis Ernesto Doñas. Después de tanto tiempo trabajando en su película, que resulta felizmente seleccionada para competir en el apartado de Ópera Prima en el 46to. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, ese día fue el elegido para presentarla ante el público.
Había tenido una exhibición anterior en el cine Acapulco, pero fría, digamos, porque el elenco y el staff no estuvieron. Cuando debían estar, el proyector jugó una mala pasada y se reprogramó para el día inolvidable, a las ocho de la noche, en el cine 23 y 12. Pero esa noche, Doñas nunca imaginó lo que sucedería.
Los días posteriores al miércoles 3 de diciembre, cuando el Sistema Electroenergético Nacional sufrió otra desconexión que afectó La Habana y el resto del occidente del país, fueron terribles para muchas personas. En la capital, donde habitualmente los apagones duran de cuatro a seis horas, se sumaron algunos de 12, 14, 18 horas, y quizá más. Esa noche en los alrededores del cine, todo era oscuridad. La avenida 23, las calles aledañas…
Para que el prestigioso evento cinematográfico transcurriera sin contratiempos, o al menos con pocos, se hizo un esfuerzo encomiable por parte de las instituciones involucradas en su organización y desarrollo, y uno de esos empeños garantizó que hubiera planta eléctrica en el cine.
Sin embargo, a Doñas lo inundaba la incertidumbre. ¿Vendrán muchas personas? ¿Soportarán el calor de la sala? ¿Se quedarán hasta el final de la proyección?
Caminé hasta el cine media hora antes de la fijada para el inicio. Tuve los mismos pensamientos, demasiada oscuridad. Hay quien debe caminar mucho desde su casa, y hay quien debe trasladarse en algún transporte por la lejanía. Y para regresar, más tarde. Pero cuando llegué las luces de las linternas de los celulares me guiaron.
Los trabajadores del cine, desde dentro, alumbraban y los cinéfilos desde afuera hacían lo mismo. Cualquiera te tendía la mano para que al dirigirte a la sala no tropezaras, porque «cuidado, hay escalones aquí, son cuatro, apoye bien el pie».
La luz de la pantalla iluminaba las butacas. Ninguna otra luz podía estar encendida, la planta eléctrica debía garantizar la proyección al menos. Cada uno fue sentándose y no pocos ya tenían abanicos en sus manos. Y cuando Doñas
subió al escenario con parte de su elenco y de su staff, sus rostros estaban medio iluminados con la propia luz de la pantalla, pero ellos pudieron ver, desde esa posición, que la sala estaba tan llena que numerosas personas estaban en el piso, sentadas en los pasillos.
Pidió aplausos para todos los que allí estábamos en primer lugar; para el cine, que no ha muerto y que era el motivo de encontrarnos allí; para Cuba. Y habló de su película, dedicada a los cineastas cubanos Jorge Luis Sánchez y Manolo Pérez, y presentó a los actores, y exhortó a sus protagonistas, Carlos Luis González y Yadier Fernández, a dirigir se al público. Y no hubo un minuto sin que no se le agradeciera a ese público tenaz que estuvo allí. Fueron 107 minutos en los que Pepe y Jimmy se robaron el show con sus conflictos y resoluciones, en los que la sonrisa se compartió entre todos a ratos, y en los que, aún con calor y sabiendo que reinaba la oscuridad afuera, fuimos felices.
Tuve la dicha de sentarme al lado de la madre de Yadier, y cada vez que su hijo aparecía en pantalla, la escuchaba decir: «Qué orgullosa estoy de mi hijo!», y pensaba yo que me sentía muy orgullosa de que nosotros, los cubanos, sigamos siendo tan fieles a una pasión.
No es que no importen los obstáculos, pues claro que se convierten en los causantes de toda modificación a nuestras vidas. Pero nos hacen más resilientes, más grandes, más sensibles, aunque no lo parezca.
En tiempos en los que ir a una sala de cine ya no les interesa a muchas personas, pues prefieren quedarse en la soledad de una pantalla en casa, nosotros seguimos llenando las salas con amigos y familiares, e incluso entre desconocidos que, al salir, ya hablan como si se conocieran desde hace mucho tiempo. Seguimos esperando cada diciembre para ver buenas películas de esta manera, aunque luego circulen por ahí y las copiemos en una memoria flash.
Pero vivir entre todos un filme no tiene precio. Las reacciones espontáneas comunes se disfrutan, se escuchan los comentarios de atrás y de al lado, la risa viaja de una fila a otra y el momento de los aplausos, ese preciado momento, emociona.
Entonces Doñas ya no estuvo preocupado. Nadie salió de la sala antes de tiempo. Y Baracoa, su primera película, recibió prolongados aplausos. Su premio fue ese, no, mejor dicho, su premio lo tuvo también antes, cuando solo con la expectativa que generó la sinopsis, el tráiler o una entrevista suya, no quedó espacio libre en el cine 23 y 12.
Se siente tan bien cuando uno se percata de que la fe en el ser humano jamás debe perderse. Cuando nos damos cuenta de que, superando cualquier circunstancia adversa, podemos defender nuestro amor a algo, nuestro deseo de regalarnos unos minutos de total felicidad.
Ciertamente, muchas personas que quisieron estar allí no pudieron. A veces, las dificultades les pesan más a unos que a otros porque las vidas son impredecibles, en algunos casos, o totalmente desgarradoras, en otros. Pero sé que esa sala de cine hubiera sido insuficiente para recibirlas, porque si no llega a ser por ese apagón, Doñas hubiera visto el doble o el triple de público.
La cultura salva, ya sabemos. No es que sustituya un plato de comida, pero el espíritu necesita un alimento que no puede tragarse. Más bien se respira, se palpa, entra por los ojos, eriza la piel, hace temblar la voz, nos hace reír o llorar, nos inunda desde dentro, nos estalla a borbotones, nos incita a caminar, nos levanta de la cama, nos da fuerzas para seguir…
La noche del 8 de diciembre de 2025 Doñas no la olvidará porque fue su pedacito de felicidad, construido desde mucho tiempo antes, cuando Baracoa fue solo una idea. Pero esa noche no la olvidaré yo, ni muchos, porque recordaremos siempre que no éramos pocos soñadores en esa sala, que no éramos pocos los que luchamos contra el malestar que provoca una situación específica para ser más fuertes que ella o, al menos, sentir una caricia bondadosa. Hablaremos de esa noche en la que, como dijo Doñas, nos faltó la electricidad, pero no la luz.
