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Desafiando incalculables olvidos

La noticia reciente de la participación en el Festival Il Cinema Ritrovato, que se celebra en la Cineteca de la ciudad italiana de Bolonia, de otros tres filmes cubanos recuperados del olvido, demuestra la voluntad de recuperación patrimonial de nuestro audiovisual, por parte del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos, más allá de clásicos imprescindibles

Autor:

Joel del Río

La noticia reciente de la participación en el Festival Il Cinema Ritrovato, que se celebra en la Cineteca de la ciudad italiana de Bolonia, de otros tres filmes cubanos recuperados del olvido, demuestra la voluntad de recuperación patrimonial de nuestro audiovisual, por parte del Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC), más allá de clásicos imprescindibles como Lucía, Memorias del subdesarrollo o Aventuras de Juan Quin Quin, y otros muchos, que ya fueron recobrados en copias excelentes para placer y conocimiento de quienes nos sucedan.

En esta ocasión los restauradores, y los especialistas cubanos que colaboran en la operación restauradora, se fijaron en dos cortometrajes muy poco conocidos en su momento, o después, El Acoso, de Humberto Solás (1966) y El sueño del Pongo, de Santiago Álvarez (1970); y un largo de ficción, Siete muertes a plazo fijo, de Manolo Alonso (1950), que representa con suficiente dignidad aquel cine anterior al ICAIC que alguna vez negamos empachados por el natural, pero a veces extremista afán de renovación, artisticidad y visión social comprometida.

Si bien es cierto que la operación de salvamento audiovisual hace algunos años trascendió la recuperación solo de los clásicos, y después de Memorias del subdesarrollo (1968), La muerte de un burócrta (1966), La última cena (1976), y Los sobrevivientes (1978), por solo hablar de la filmografía de Tomás Gutiérrez Alea, luego llegó el turno de Una pelea cubana contra los demonios (1971), menos considerada como un éxito por la crítica ni por el público, aunque se reconozca en tanto obra muy ilustrativa de las dinámicas culturales y artísticas de los años setenta. 

Después de que fue restaurada la imprescindible De cierta manera (1974), de Sara Gómez, muy pronto se acometió, por suerte, la reparación de aquella rarísima, bizarra coproducción con Francia que se tituló El otro Cristóbal (1963), de Armand Gatti, porque el criterio dejó de restringirse, naturalmente, a los filmes con enorme prestigio entre los críticos ni mucho menos se limitaron a criterios populistas. Precisamente las recientes restauraciónes, antes mencionadas, dan fe de la necesaria apertura en los puntos de vista sobre qué necesita ser salvado del olvido.

Parte de una etapa de formación, que pudiéramos llamar de «adolescencia» del genio, El acoso es un cortometraje de 27 minutos realizado en 1965, en blanco y negro, que cuenta la historia de un mercenario (Omar Valdés) durante la frustrada invasión por Playa Girón; él consigue escaparse y busca abrigo en casa de una campesina (Glenda Álvarez) quien ignora su identidad. Solás realiza este corto inmediatamente antes de Manuela y Lucía, y comparte la intención de colocar a la mujer como espejo de una circunstancia histórica que la compulsa, la arrastra y la obliga a tomar grandes decisiones.

Una de las pocas obras de ficción dirigidas por Santiago Álvarez (la otra es el largometraje Los refugiados de la Cueva del Muerto), producido también en blanco y negro, y uno de los pocos productos del ICAIC fechados en 1970, el año de la Zafra de los Diez Millones, El sueño del Pongo forma parte del avecinamiento cultural y estético del cine cubano con varias cinematografías latinoamericanas. Otros paradigmas de tal cercanía se perciben en la notable influencia del cinema novo brasileño en Una pelea cubana contra los demonios, o en la posterior Cantata de Chile (1975) de Humberto Solás. 

Santiago Álvarez tomó un argumento de Roberto Fernández Retamar, quien se inspiró en un cuento de la tradición oral peruana, recogido en antología por el escritor José María Arguedas, para relatar el sueño de un sirviente indígena respecto al castigo de su patrón después de que ambos hayan muerto. Altamente cargado de ideología anticapitalista, el corto denuncia el clasismo y el racismo predominante en Perú, y en la mayor parte de América Latina, además de las diferencias entre campo y ciudad, tres temáticas que aflorarían, con otro tono y otra estética en la memorable La teta asustada, una de las mejores películas peruanas de todos los tiempos, aunque el corto de Santiago Álvarez se le adelantó, temáticamente, en más de cuarenta años.

Dirigido por Manuel Alonso, música de Osvaldo Farrés, y las interpretaciones de Raquel Revuelta, Eduardo Casado y Alejandro Lugo, entre otros, Siete muertes a plazo fijo es un intento bastante decente por hacer un Cuba un cine criminal y detectivesco que se salía de la habitual consagración al melodrama o la comedia de costumbres. 

Mirta Aguirre en Crónicas de cine, compilación de artículos críticos, escribe: «Algunos de los nombres de quienes han intervenido en la realización serán recordados como los de quienes pusieron la primera sólida, básica piedra en el gran edificio del cine nacional. Antes de este filme de Manuel Alonso, en Cuba había habido intentonas más o menos felices o desdichadas, algunas de ellas —Hitler soy yo— debidas al mismo Alonso; pero con Siete muertes a plazo fijo es que puede decirse que nace el verdadero cine cubano, concebido no como aventurilla fotográfica de carácter pintoresquista, sino como serio maridaje de industria y arte, negocio y ciencia, cuyo conflicto central se encuentra en el equilibrio entre las apetencias y las urgencias de taquilla de la producción, y los imperativos de la técnica y las demandas de la estética».

Más de setenta años después se demuestra, otra vez, que no se trataba de vano entusiasmo chauvinista, y Siete muertes a plazo fijo ha sido restaurada como lo merece, como lo que siempre fue: un clásico del cine cubano, por más que estuviéramos negándolo durante tantísimo tiempo.

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