Tras un año de grandes inversiones y también grandes decepciones, Arne Slot fue despedido del banquillo del Liverpool. Autor: www.milenio.com Publicado: 01/06/2026 | 03:04 pm
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el rojo del Liverpool y el azul del Chelsea eran sinónimos de trofeos. El primero reinaba en Anfield con la autoridad de un campeón, tras conquistar la Premier League 2024-25 bajo el mando de Arne Slot. El segundo, con Enzo Maresca al timón, celebraba la Conference League y el Mundial de Clubes como quien recupera una vieja gloria. Todo hacía presagiar una temporada 2025-26 de esplendor para ambos. Y sin embargo, la realidad, caprichosa y cruel, les reservaba un guion muy distinto.
Lo que debía ser un año de consolidación terminó convertido en un ejercicio de supervivencia. El balance final, leído en frío, duele: décimo puesto para el Chelsea, quinto para el Liverpool. Tres entrenadores despedidos entre los dos. Una inversión combinada que supera los mil millones de euros en fichajes. Y cero títulos. En el fútbol inglés, donde el pedigrí se mide en trofeos, esta temporada pasará a los anales como la de las ilusiones rotas.
El naufragio azul de Stamford Bridge
El Chelsea comenzó el curso como el vigente campeón de la Conference League y del Mundial de Clubes, con Enzo Maresca en el banquillo y el firme propósito de escalar hasta lo más alto de la Premier. Enzo Fernández era el estandarte de un proyecto que aspiraba a dominar, y el argentino, campeón del mundo, se erigía en bastión del mediocampo junto al explosivo Moisés Caicedo. Y sin embargo, el equipo, vestido de azul, solo encajaba con el mar cuando se trataba de naufragar.
El hundimiento comenzó en diciembre. Una racha de solo dos victorias en ocho partidos, sumada a las desavenencias con la directiva y el departamento médico, precipitó la salida de Maresca el día de Año Nuevo de 2026. Stamford Bridge despertó con una resaca que no era solo de champán. Liam Rosenior llegó con un contrato de seis años y medio, cálido y elocuente, pero su inexperiencia en la élite pasó factura. La plantilla, ya desestabilizada, no respondió. Los resultados siguieron siendo malos. Rosenior cayó antes de que terminara la primavera.
El tercer entrenador, Calum McFarlane, solo pudo poner parches a un barco que ya hacía agua por todas partes.
Mientras tanto, el Chelsea seguía gastando como si la paciencia fuera una divisa sin valor. Alejandro Garnacho (40 millones de libras desde el Manchester United), Liam Delap (30 millones), Jamie Gittens (50 millones) y Estevao Willian (30 millones) costaron más de 150 millones de libras. Su contribución conjunta en la Premier League fue de apenas cuatro goles. No es cuestión de suerte, dictaminó la crónica, es cuestión de estrategia. El proyecto de lujo, diseñado para comprar talento joven y revenderlo con plusvalía, fracasó estrepitosamente. La afición, agotada, empezó a corear en Stamford Bridge aquello de que el dinero no siempre compra la felicidad.
Chelsea terminó décimo, su peor puesto en años. Fuera de Europa. Con tres entrenadores en una misma temporada y una plantilla valorada en cientos de millones que no mostró absolutamente nada. Los problemas financieros del Fair Play Financiero, agravados por la ausencia de ingresos europeos, pintan un futuro aún más sombrero.
El colapso rojo de Anfield
En la otra punta del país, el Liverpool protagonizó una caída aún más estrepitosa, si cabe. El conjunto red llegaba a la temporada 2025-26 como vigente campeón de la Premier League. Arne Slot, el arquitecto de aquel éxito, tenía crédito suficiente para soñar con la revalidación. La directiva le respaldó con una inversión récord: 482 millones de euros en fichajes, incluyendo tres nombres de campanillas (Alexander Isak por 145 millones, Florian Wirtz por 125 y Hugo Ekitiké por 95). Y sin embargo, el fútbol, a veces, es un arte demasiado ingrato.
Lo que parecía el principio de una dinastía terminó convertido en un ejercicio de supervivencia. El Liverpool comenzó la temporada con siete victorias consecutivas, como queriendo demostrar que lo del año anterior no había sido flor de un día. Pero a partir de la derrota del 27 de septiembre ante el Crystal Palace, todo se vino abajo. Nueve derrotas en 12 partidos entre septiembre y noviembre. Un bagaje que para cualquier otro equipo habría sido una crisis terminal, pero que en Anfield sonó a sentencia. El equipo perdió 24 puntos respecto a la temporada anterior, el mayor descenso de toda la Premier League.
Las estadísticas fueron brutales: 55 goles encajados, la peor cifra defensiva desde los años 90; solo 63 tantos marcados, 23 menos que en la campaña anterior. Mohamed Salah, el héroe de la 2024-25 con 29 dianas, vio reducida su cuenta a siete goles en toda la temporada, su peor registro en nueve años en Merseyside.
El técnico holandés, desbordado, llegó a emplear tácticas de «modo supervivencia», con defensas de cinco y repliegues masivos que recordaban más a un equipo recién ascendido que al campeón vigente. Las eliminaciones a las primeras de cambio en todas las copas certificaron el desastre. Y para completar el cuadro, el vestuario estalló. Salah criticó abiertamente las decisiones tácticas de Slot y abandonó el club al término de la temporada. El Liverpool terminó quinto, con 60 puntos, su cifra más baja desde la 2015-16, a 25 puntos del campeón Arsenal. El 30 de mayo, al día siguiente de la final de la Champions, el club anunció la destitución de Arne Slot.
Y sin embargo, la esperanza de un futuro mejor
La temporada terminó con los dos grandes de Inglaterra noqueados, pero no noqueados del todo. Chelsea y Liverpool comparten ahora la misma pregunta: ¿cómo levantarse de un año para olvidar?
En Stamford Bridge, la respuesta se llama Xabi Alonso. El técnico español, que hizo historia con el Bayer Leverkusen, ha firmado un contrato de cuatro años y se espera que inicie una reconstrucción total del equipo, empezando por una purga de los fichajes fallidos. En Anfield, el elegido es Andoni Iraola, el técnico vasco que ha llevado al Bournemouth a su primera clasificación europea y que ahora deberá insuflar nueva vida a unos Reds que necesitan recuperar su identidad. Porque a veces, buscar un imposible puede ser tan bello que merezca la pena el fracaso.
La próxima campaña será la prueba del algodón. El Chelsea deberá demostrar que el dinero, bien gestionado, puede forjar un imperio. El Liverpool, que la caída no fue más que un espejismo, una anécdota en el camino de regreso a la élite. Ambos equipos, vestidos de rojo y azul, colores de la decepción esta temporada, volverán a saltar al césped con la ilusión intacta. Porque el fútbol, como la vida, siempre concede una segunda oportunidad. Y si no tienes nada que celebrar, no te preocupes, siempre puedes esperar.
