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Andy, el grande

El matancero no entendió ovaciones en favor a su contrincante, el dominicano José Nova, y lo volteó con un ippon que electrizó al Pabellón de Judo del Complejo Olímpico Juan Pablo Duarte

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

 

SANTO DOMINGO, República Dominicana.— ¿Por qué tú peleas así, Andy Granda? Llegas al tatami tranquilo, impasible en medio de rugidos y toques de tambor en favor de tu oponente, José Novas. Estás en Dominicana, Andy. Así que ya sabes: la gritería tiene que ser fuerte, desquiciante, y más con las cornetas que venden a granel en cada instalación de estos Centroamericanos.

Y tú sigues así, impávido. Con el mentón en alto, desafiante. Si estuvieras en Cuba, dirían que eres un «rutinero». Te quitas los chanclos, balanceándote, como si fueras a entrar a un baile. ¿Acaso tú sabes bailar, Andy?

El caso es que el combate comienza y lo que aparece no es un bailador. Es un oso, que se encorva tranquilamente y, alejado de la lógica común del judo, toma a Novas por la parte trasera del cuello del kimono, mientras mantiene el brazo derecho libre.

A esa hora el dominicano debe sentir que le ha caído una tenaza de hierro encima. Se remueve, trata de zafarse y no puede. Lanza unos manotazos para atrapar tu kimono y no puede. A cada intento, tú lo apartas con otro manotazo. Tal parece que lo tienes colgado. Pero, ¿hasta cuándo, Andy? ¿Qué es lo que tú quieres hacer, compadre? Para colmo, el hombre trata de barrerte y no puede. Una vez, dos, intenta una tercera y tus piernas ni se enteran.

Termina pronto, viejo, que esta bulla no hay quién la aguante. Pero tú sigues ahí. Hasta te hacen señalamientos de que estás pasivo. Novas trata de voltearte y ahí te reviras. Lo que se ve es un forcejeo de miuras. Manotazos que el ojo humano no puede captar. Novas trata de levantarte. ¿Se volvió loco? Oye, hermano, que ese hombre pesa más de 200 libras y no son de grasa. Son de músculos. De piedra.

Y el oso, imperturbable, con los labios apretados, apenas mete la cadera y la espalda de Novas retumba contra el colchón. Un primer rugido se oye en el recinto. Tú, Andy, aprovechas, te lanzas arriba de él y le pegas bien la espalda a la lona, como una plancha, para que nadie dude ni proteste, y cuando se oye el pito del fin del combate se oye un grito bien grande, largo, interminable. Un grito salido de unas gargantas que no les importa reventarse. Un grito que se oye en todo el Pabellón y más allá. Un grito telúrico que dice un nombre. El que no puede faltar, Andy. El grito en lo que tú te has convertido ahora. Ese grito dice Cuba, feliz, lleno de orgullo, de fuerza. Y, en ese momento, la bulla no importa, porque ella no es dolor. Es felicidad.

 

 

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