Los clamores por el pago de la deuda ecológica se escuchan con más fuerza en las principales ciudades del mundo. Foto: UNICEF Autor: Juventud Rebelde Publicado: 06/11/2026 | 02:48 pm
Las inundaciones devastadoras, las olas de calor mortales y las sequías prolongadas han marcado 2026, un año en el que la ciencia ha confirmado que superar el límite de calentamiento de 1,5 Celsius establecido en el Acuerdo de París es ya inevitable.
Con la amenaza de un potente fenómeno de El Niño que podría agravar la situación, representantes de más de 190 países se reunirán del 9 al 20 de noviembre en Antalya, Türkiye, para celebrar la COP31, la conferencia anual de las Naciones Unidas sobre el cambio climático.
La cita llega en un momento de grandes contradicciones. Mientras los combustibles fósiles siguen impulsando el calentamiento global, las alternativas para sustituirlos se multiplican. La energía solar bate récords, los vehículos eléctricos ganan terreno y las baterías permiten almacenar cada vez más electricidad.
Sin embargo, buena parte de estos avances se concentra en los países que pueden financiarlos, mientras otros siguen atrapados entre la deuda, los altos costos de inversión y la creciente necesidad de proteger a sus poblaciones de los efectos del cambio climático.
¿Cómo cerrar esa brecha? y ¿Qué pueden conseguir realmente dos semanas de negociaciones? Según declaró al sitio news.un.org Selwin Hart, asesor especial de las Naciones Unidas sobre Acción Climática y Transición Justa, se puede entender qué está en juego en Antalya y por qué, pese a la gravedad de la crisis, considera que existen razones para el optimismo.
Las Conferencias de las Partes, conocidas como COP por sus siglas en inglés, reúnen cada año a los países que forman parte de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.
Son el principal espacio de negociación internacional para hacer frente al calentamiento global. De estas reuniones surgió el Acuerdo de París de 2015, por el que los gobiernos se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura mundial muy por debajo de los 2° Celsius y a esforzarse por limitarlo a 1,5° Celsius respecto a los niveles preindustriales.
Pero el alcance de estas cumbres va mucho más allá de los acuerdos entre gobiernos. Científicos, empresas, pueblos indígenas, jóvenes y organizaciones de la sociedad civil participan también en la búsqueda de soluciones.
Cada año, la atención se concentra en las largas jornadas de negociación y en los acuerdos que los países consiguen, o no, alcanzar al cierre de la conferencia.
Sin embargo, Hart advierte que esperar un gran pacto capaz de resolver por sí solo la crisis climática es una visión equivocada de estas reuniones.
Para el asesor, las cumbres pueden impulsar avances en tres frentes:
Acuerdos internacionales: Los gobiernos negocian compromisos sobre reducción de emisiones, financiación y adaptación al cambio climático, aunque las tensiones geopolíticas dificultan los consensos.
Acciones concretas: Bancos de desarrollo, empresas, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil impulsan proyectos para ampliar las energías renovables, modernizar las redes eléctricas o reducir las emisiones de metano.
Decisiones nacionales: Los países presentan nuevos planes climáticos, anuncian medidas para reducir su dependencia de los combustibles fósiles y comprometen recursos para financiar la acción climática.
Este año, Türkiye acogerá y presidirá la conferencia, mientras Australia dirigirá las negociaciones en coordinación con los países insulares del Pacífico.
La presidencia turca quiere centrar los esfuerzos en convertir las promesas en resultados, con iniciativas sobre energías limpias, seguridad alimentaria, ciudades resilientes, industria, océanos y reducción de residuos.
Hart propone incluso cambiar el nombre de la Agenda de Acción, que reúne iniciativas voluntarias de gobiernos y otros actores.
Aunque la conferencia tendrá un fuerte enfoque en la aplicación de los acuerdos existentes, varias cuestiones siguen abiertas y podrían definir el resultado de Antalya.
La financiación climática volverá a ocupar un lugar central. Los países en desarrollo reclaman que las economías más ricas cumplan sus compromisos y faciliten el acceso a recursos para reducir emisiones y protegerse de los impactos climáticos. Persisten diferencias sobre quién debe aportar el dinero, cómo distribuirlo y cómo movilizar más inversiones.
La transición justa será otro de los asuntos clave. Tras acordar el año pasado la creación de un mecanismo para apoyar el cambio hacia economías más limpias, los países deberán definir cómo funcionará y cómo garantizar que la transformación no deje atrás a trabajadores y comunidades.
La adaptación también estará sobre la mesa, con negociaciones para medir los avances y nuevas demandas de apoyo financiero por parte de los países más vulnerables.
A ello se suma la necesidad de acelerar la reducción de emisiones, un terreno en el que siguen existiendo profundas diferencias sobre cómo cumplir y reforzar los compromisos asumidos.
La conferencia marcará, además, el inicio del segundo balance mundial del Acuerdo de París, un proceso para evaluar cuánto ha avanzado el planeta hacia sus objetivos climáticos y qué falta por hacer.
El mundo se encamina a superar temporalmente el umbral de 1,5 °Celsius de calentamiento establecido en el Acuerdo de París, una situación que los científicos denominan sobrepasamiento.
Pero rebasar ese límite no significa que todos los esfuerzos hayan fracasado. Cada fracción adicional de grado importa, y tanto la magnitud como la duración del sobrepasamiento dependerán de las emisiones que se consigan evitar en los próximos años.
Esa urgencia, explica, debe traducirse tanto en recortes más rápidos de las emisiones como en mayores inversiones para proteger a las poblaciones que ya sufren las consecuencias del calentamiento.
Y, aunque el panorama es preocupante, el asesor recuerda que la humanidad dispone hoy de herramientas que hace apenas una década parecían fuera de alcance.
El avance de las tecnologías limpias no ha venido acompañado de una distribución equitativa de las inversiones.
En 2025, las economías emergentes y en desarrollo, excluida China, recibieron apenas el 18 por ciento de la inversión mundial en energías limpias, pese a concentrar una enorme proporción de la población del planeta.
La desigualdad es especialmente evidente en África. El continente cuenta con algunos de los mayores recursos solares del mundo, pero atrae una parte mínima de las inversiones globales. Al mismo tiempo, unos 600 millones de personas siguen viviendo sin electricidad.
El problema no es solamente la falta de tecnología. También es el dinero necesario para instalarla.
Según Hart, financiar un proyecto de energía renovable en un país en desarrollo puede costar varias veces más que en una economía rica. Las instalaciones pueden ser idénticas, pero los intereses, los riesgos financieros y las condiciones de acceso al crédito son muy diferentes.
Esto significa que muchos países con un enorme potencial para producir energía limpia tienen que pagar mucho más para aprovecharlo.
La elevada deuda de numerosos países agrava el problema. Cuanto más dinero deben destinar los gobiernos a pagar sus obligaciones financieras, menos recursos tienen para invertir en hospitales, escuelas, infraestructuras o medidas de protección frente a desastres climáticos.
La COP31 no acabará con el calentamiento global en dos semanas. Pero puede contribuir a cambiar las condiciones que hoy impiden que muchos países aprovechen tecnologías que ya existen y funcionan.
Porque el desafío climático no consiste únicamente en desarrollar más soluciones. También en conseguir que lleguen a los lugares donde más falta hacen.
