Cuando se dice Oriente, asoma una guitarra, un machete, una montaña. Y desde el 28 de mayo de 1971, también un universo de libros. Ese día no solo se inauguró una editorial, sino, además, un sueño. Dotar a una ciudad, a una región, al país, de una institución de su tipo, más allá del entorno capitalino, fue una decisión sabia e imprescindible.
Que el aprendizaje fue recio, que la cosecha ha sido fértil, lo demuestra el acervo que la Editorial Oriente ha aportado, 55 años después, a las letras y la cultura cubanas. Hay manos, voces y razones para festejar.
Siempre me enorgulleció el tener como profesor al periodista Rolando Castillo Montoya, quien, junto a Rubén Castillo Ramos, escribió Uvero, el libro con que la Editorial Oriente entró al mundo. Desde entonces y hasta ahora, han demostrado que erigirse como «una editorial para todos» nunca fue lema, sino misión.
La Editorial Oriente perfiló su trabajo bajo la guía de la escritora Aida Bahr. Empezó a circular la revista Sic, convertida pronto en publicación cultural líder del territorio. Emergieron nuevas colecciones, y a finales de los 90, surgieron galardones literarios, devenidos en los prestigiosos Premios Oriente.
La multiplicidad de los intereses de esta casa editora se muestra en la existencia de colecciones que van desde las dedicadas al entorno familiar y al cuidado de la salud (En casa y Autoayuda), hasta las que aquilatan la huella femenina (Mariposa), la poesía (Heredia), la historia (Bronce) y el pensamiento (Diálogo). La narrativa tiene su espacio en Ficciones, mientras Ala y Espuela se definió para el destinatario infantil y juvenil. De estreno anda ahora mismo la colección Palenque, que acogerá las propuestas teatrales.
Aún recuerdo la primera vez que me atreví a proponer un texto de mi propia autoría. Temblé cuando ascendí aquella larga escalera en Castillo Duany 356, Santiago de Cuba; esos escalones que guardan los pasos de tanta gente ilustre. Temblé cuando deposité los papeles que llevaba en manos expertas.
Para aquellos que acogen tu idea, la filtran y atesoran, la convierten en esa maravilla que es un libro, no hay que escatimar el reconocimiento. La edición de un libro es una labor especializada, sutil y colectiva. Van muchos detalles, muchos desvelos, muchos amores.
En cinco décadas y media de trabajo, algunas personalidades resultan parte inseparable de sus memorias, como Reinaldo Cuesta, su primer director, y la editora Consuelo Muñiz, quien debió asumir responsabilidades en las diferentes etapas por las que ha pasado la institución. Y, por supuesto, el del Comandante Juan Almeida Bosque, impulsor de este y otros proyectos culturales en suelo oriental.
Oriente lleva en su pecho, con orgullo, el legado de la inolvidable Marta Mosquera y de Natividad Alfaro, cuyas sólidas trayectorias les merecieron el Premio Nacional de Diseño del Libro (2012) y el Premio Nacional de Edición (2022), respectivamente. Sin olvidar, jamás, a una de sus autoras más publicadas, la historiadora Olga Portuondo Zúñiga, Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas (2010).
Frente a mí tengo nombres sagrados. Fueron los escogidos para nombrar los Premios Oriente, que alternan sus convocatorias y que se entregan cada año en medio del festejo de mayo. José Soler Puig resultó el designado para el Premio Oriente de novela; José Manuel Poveda, el de poesía; Rafael Soler para cuento y Herminio Almendros, para la literatura infanto-juvenil. Los de ensayo se cobijan bajo las figuras de Emilio Bacardí, el histórico, y José Antonio Portuondo en la modalidad artístico-literaria.
Las épocas difíciles tiemplan el espíritu. La Editorial Oriente explora la senda digital y la del audiolibro, se ha ido en busca de nuevo público en espacios ya habituales como las peñas Oriente Edita y Léetelo. Busca relanzar la revista Letras de Oriente, retocó su imagen visual (marca del diseñador Carlos Javier Álvarez Bravo) y ha encontrado argumentos para su eslogan de estreno: «Editorial Oriente/Creciendo en cada página».
Reyna Gretchen Menéndez Rivas, al frente de este centro hace dos años, hace un tándem perfecto con el poeta Roberto Fournier, subdirector. No hay espacio para la retórica cuando ella habla: «Me gusta rodearme de locos-cuerdos que me sigan y este es un buen colectivo. Es importante que el trabajo se mantenga, que la ciudad lo reconozca, que los autores sigan confiando en nosotros».
Cuando se dice Oriente, asoma una guitarra, un machete, una montaña. Y desde el 28 de mayo de 1971, también un universo de libros.
