Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Del debate hablamos

Autor:

Luis Sexto
Suele ocurrir que unos pocos pretendan por momentos asumir la tarea de pensar, invalidando el derecho y el entusiasmo de otros. Esa es una técnica de predominio antidemocrático en el ejercicio intelectual: para tener la razón basta decir que los demás no la tienen, porque a fin de cuentas estos son ilusos, ingenuos y todos los caracteres afines que distinguen a los que solo sirven para ejecutar lo que los «razonables», los elegidos por la «verdad», dictan en medio de un aura de privilegio infalible.

La discusión, incluso la polémica, es para estos una vía cerrada por inútil y por... incómoda. Porque, en el fondo, quienes esquivan el debate negando el derecho de otros a exponer distintos puntos de vista, parecen estar tan inseguros en sus argumentos que no los exponen a la prueba. El tufo llega a nuestras narices en un aire conocido: dogmatismo.

El debate y la discusión son hoy tan imprescindibles como impostergables. Con la caída del «socialismo real» —o «realmente existente»— en el siglo XX, las aspiraciones de una porción de la humanidad quedaron sin paradigma. ¿Dónde radica la esperanza de cambiar las relaciones de sumisión y explotación por relaciones de libertad y solidaridad? ¿Cuál es el modelo exacto, justo, efectivo y perdurable? Un modelo pensado, meditado, racionalmente posible, porque, al parecer, la construcción del socialismo no puede dejarse a los impulsos ciegos del voluntarismo que, en su torpeza, irá a parar presumiblemente al punto que intenta evadir.

Parece forzado precisar que el socialismo posee más de una definición. Y todas dependerán, en su alcance, de la posición desde donde se configuran sus términos. Para mí, en una generalización neutral, el socialismo sigue siendo una aspiración de la sociedad humana. Creo que será el sucesor del capitalismo y el vindicador de cuanta injusticia, desmán, catástrofe de lesa humanidad este nos deja.

No insistiré ahora en las formas en que los trabajadores han de tomar o tomaron el poder político, cuyo ejercicio es insoslayable para que socialismo no continúe siendo una aspiración más que una concreción. Lo que quiero decir, sin absolutizar mis referencias, es que el socialismo de cualquier denominación —«cristiano», «latinoamericano», «asiático»— tendrá que tener en cuenta los hallazgos fundamentales del marxismo y utilizarlos creadoramente, esto es, fuera de cualquier cercado dogmático, burocrático y, sobre todo, demagógico, esa actitud en la que el discurso y su ejecución no comparten la misma tienda.

Tampoco abundaré en cómo construir el socialismo. Los manuales han dado su mejor lección a partir de 1990: la inconfiabilidad de los manuales, incluso de la experiencia que discurrió de acuerdo con esos manuales. Solo creo entrever que el problema primordial de la construcción del socialismo radica en hallar la fórmula que les otorgue efectivamente a los trabajadores, en plena libertad, el papel dominante y la capacidad de resolver los problemas primordiales del vestir, comer y calzar. Lo demás ha de venir después.

Algunos se han opuesto a este debate, porque creen que se les ajusta las cuentas al socialismo del siglo XX y a la Unión Soviética. Claro, se equivocan. Si la Unión Soviética y el socialismo que ese gran país representaba se extinguieron, y con su disolución frustraron nuestras esperanzas, urge que «ajustemos las cuentas», es decir, que profundicemos con la crítica en las causas que los tiraron hacia vertederos de la historia. No se trata de echar campanas al aire por que hayan desaparecido, sino de indagar en las causas que condicionaron sus errores y limitaron lo que parecía estar llamado a la perdurabilidad.

Eso, me parece, es un ejercicio elemental, porque sin ese análisis el debate afrontaría el riesgo de escamotear lo sustancial. Porque muy poco de aquella experiencia deberá ser en un segundo intento como fue en el primero.

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