Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Al menos, la honradez

Autor:

Luis Sexto

Los maestros del periodismo recomiendan que si alguna vez se abre una columna —espacio regular en su frecuencia, y caracterizado por los temas y un modo personal de enfocarlos y expresarlos—, es conveniente también cerrarla en términos estrictos. Esto es, respetar a los lectores, pocos o muchos, hasta el último día e informarles que el autor se retira del escenario prefijado.

Hoy, pues, escribo la última página bajo una advocación que pretendió dialogar hablando bajo, como entre amigos. ¿Pero significa esta decisión algo más que una circunstancia netamente profesional? ¿Me han pedido acaso que ponga el punto final? He de aclararlo, por si alguno piensa en clave de censura. Y, créanme, he tenido por el contrario que argumentar mi decisión para convencer a quienes incluían cada viernes mis textos en JR. Ya pesaba excesivamente a mi edad la obligación de concebir, relacionar y publicar los temas, como los esperaba hasta hoy el lector.

Fue en junio de 2002 cuando Coloquiando empezó a balbucear sus ideas sobre la sociedad cubana. Casi diez años más tarde, al juzgar el espacio consumido, uno se percata de que por lo general esta columna abogó por la transformación dialéctica de nuestra sociedad. Se propuso el autor reflexionar sobre las contradicciones, las insuficiencias, los vacíos que signaban nuestra vida cotidiana. Y si no lo acompañó el tino, al menos intentó interpretar el periodismo revolucionario como un instrumento crítico desde el ejercicio de la opinión, conducido por la honradez y los propósitos constructivos.

Para repetir pueden sobrar ganas. Para atreverse a cumplir lo que uno considera tanto un deber profesional como político, tal vez no alcancen las buenas intenciones. Hoy, pues, me despido en este espacio de los viernes. Me parece que ya cumplí un ciclo, con la fórmula que caracterizó a Coloquiando, en el reconfortante y a veces peliagudo oficio de ofrecer enfoques y sugerencias sobre los problemas que inquietan o afectan a mis compatriotas.

Escribir ha sido mi vocación. No escribo por vanidad, aunque algún colega o lector lo haya dicho o pensado. Me ha movido la convicción de que el periodismo no es oficio de pavo real, sino acto de servicio. Y por ello he pretendido escribir con efectividad, pero también con mesura, para edificar y convocar.

Gracias a JR por haber albergado en sus páginas esta columna. He disfrutado de la libertad del estilo y la confianza de decidir qué comentar y cómo pensar. Nunca agradeceré bastante haber defendido a mi patria desde unas letras que si no tuvieron filo, al menos fueron escritas con honradez.

Gracias también a cuantos me leyeron en estos años, y me enriquecieron con sus comentarios, incluso con sus discrepancias. De ese contacto he concluido que los lectores suelen ser más inteligentes que el periodista. Y por esa razón me esmeré para no entregarles un ajiaco batido, vuelto puré, dicho sea en metáfora gastronómica, sino un plato con el suficiente olor y sabor como para estimular el pensamiento y coadyuvar a la comprensión de cuanto hacemos para salvar la vocación socialista de nuestra república.

Posiblemente no logré ser tan buen cocinero como quise. Pero esa fue la guía de mis textos. Y lo seguirá siendo, porque, aunque suprimir un hábito equivale a introducir cierto vacío temporal, cierta nostalgia, la semana ofrece otros días para seguir haciendo lo único que este periodista quiere hacer en el tiempo que confía la vida le preste: intentar servir con la palabra. Mañana o pasado, por tanto, nos volveremos a encontrar aquí en JR. Y todo habrá sido como un modesto cambio de ropas.

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