Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El parrandero mayor

Autor:

Lisandra Gómez Guerra

Cuando los acordes muy propios de la Parranda Típica de Arroyo Blanco Los Sánchez, portadora del punto cubano más antiguo de la Isla, suenan, las manos desafían la artrosis. Los dedos buscan el acomodo en la pose del violín y las melodías brotan naturales.

Así le sucede siempre a Rubén Sánchez, el único fundador vivo de la agrupación identitaria de una tradición única en el mundo, legada desde el siglo XIX, cuando en su terruño natal, Arroyo Blanco, se sucedían las parrandas, unas fiestas que no encontraban fin entre comidas, cantos, bailes y bebidas.

Nieto de Esteban Sánchez, hermano del mayor general Serafín Sánchez Valdivia, «bebió» de la algarabía de las celebraciones de su familia que durante días estremecían el pequeño poblado, perteneciente al actual municipio de Jatibonico.

Precisamente, tales componentes del ADN impulsaron a Rubén Sánchez, junto a Carlos Jorge Pelegrín, a sumar a otros amantes del punto cubano más antiguo para gestar lo que aún se conoce como la Parranda Típica de Arroyo Blanco Los Sánchez, capaz de mantener con vida una tradición musical autóctona y que sea aplaudida en diferentes escenarios como México, durante el Primer Encuentro Continental de la Pluralidad; La Habana; Las Tunas…

Pero, mucho antes su incursión en el mundo artístico había levantado los oídos de quienes conocían los secretos de las notas musicales. Sin recibir ninguna guía especializada aprendió a «domar» el violín. Complacer a un viejo amor resultó el pretexto perfecto para lanzarse en una tarea considerada como descabellada para quienes le rodeaban entonces.

«Hice uno de forma rústica porque era carpintero en el entonces central Patria. El problema estaba en el arco. Velé a una yegua mientras comía y le arranqué del rabo unos cuantos pelos y así lo armé», cuenta, mientras sonríe al rememorar el rostro de Elsa, la joven que le robaba entonces el aliento y que como caprichoso deseaba bailar al ritmo del enigmático instrumento musical.

Después de sacarle bastantes sonidos, pujó el sueño de su familia: no dejar morir un punto que cuando se escucha con detenimiento se percibe que cada quien toca una nota diferente. «Es el aire que le damos. El resto de las parrandas nos imita, pero nadie lo llega a hacer igual», añade.

Desde entonces, muchos San José lo vieron crecerse sobre el escenario. A la vuelta de sus casi 97 años, recuerda cada instante con una nitidez perfecta. Sonríe al rememorar su desconfianza ante la promesa de una directiva nacional del Movimiento de Artistas Aficionados, quien le prometió un violín de fábrica al verlo tocar con el improvisado por sus propias manos. Un año después llegó y, desde que el médico le anunció que la artrosis no le dejaría hacer música lo conserva en su estuche como su más preciado tesoro.

Mas, se sabe satisfecho porque su legado se transpira. Tal y como lo disfrutó al recibir el reconocimiento Tesoro vivo de la comunidad, otorgado por el Centro Provincial de Casas de Cultura de Sancti Spíritus. Hasta el Hogar Provincial del Adulto Mayor Ever Riverol, en la ciudad del Yayabo, donde reside desde hace unos meses, llegaron sus amigos y representantes de la institución cultural para, a ritmo de parranda, festejar el merecido premio a tantos años de consagración.

«Cuando oigo sonar mi música me da mucha tristeza, porque no puedo aguantar el desespero que me entra por tocar. Me moriré siendo un parrandero», refiere, mientras se deja llevar por los compases de sus dedos al aire.

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