Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Las vacas ya no son sagradas

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Los cubanos no pierden tiempo en ponerle al mal tiempo buena cara. El humor, puede demostrarse científicamente, es parte esencial del espectacular arsenal de «resiliencia» —palabra tan sofisticada como resiliente ahora mismo— de los habitantes de este archipiélago.

Por ello no asombra que el hilarante humorismo nuestro, aderezado ahora por el «memelismo» —versión del choteo en la era de los enredos en las redes— pusiera diana reciente en el otrora «animal prohibido», desde que se anunció que podrá darse un saltico, en directo y con menos traumas —porque algunos tardarán en superarse—, de los potreros a los platos.

No debería extrañarnos que entre las más de 60 medidas anunciadas por el Gobierno nacional, la mayoría de mayor peso y calado estructural, esta se lleve el «premio de la popularidad».

No es poca cosa que el comercio y el consumo de un tipo de carne por la que algunos dicen haber perdido hasta el gusto —incluso la fuerza de voluntad para su masticación— deje de ser un delito para convertirse en un manjar apetecible —y accesible— sobre la mesa de las familias.

Salvando las distancias, porque las hay, esta decisión puede equipararse con el desmantelamiento paulatino de prohibiciones absurdas que ha caracterizado la reconfiguración del modelo socialista, desde que se iniciara, allá por el año 2011, la actualización del modelo económico y social de desarrollo socialista.

Gracias a ese proceso —no exento de lentitudes y zigzagueos, como acaba de reconocerse en el 8vo. Congreso del Partido—, se quitaron del medio, entre otras imposibilidades, la compra y venta de casas y de autos, la estancia de nacionales en las instalaciones hoteleras, la imposibilidad de viajar al exterior, las ojerizas hacia los negocios privados y la inversión extranjera y las limitaciones para el acceso a Internet, por mencionar las más notorias. Todas pueden anotarse al legado transformador de Raúl Castro Ruz.

Es muy esperanzador, aún en medio de las duras condiciones económicas y pandémicas actuales, que pongamos cada vez más distancia a cierto culto a la dureza, la inflexibilidad y la intolerancia que nos caracterizaron por años.

Tampoco olvidemos que esa manera de pensar, actuar y decidir estuvo condicionada por las propias circunstancias de agresión en las que debió sobrevivir el país, los errores de visión y cálculo en distintos ámbitos, y hasta por las inflamaciones de idealismo, como reconoció en su momento el líder de la Revolución, Fidel Castro Ruz. Estas sirvieron de estímulo, de paso, a una burocratización desmedida y a otras «desmedidas» que ahora zarandeamos.

No es para nada ocioso reiterar que resulta muy alentador ese acento en promover los incentivos, en vez de las prohibiciones, en las políticas públicas que remodelan el proyecto socialista, como acaba de ocurrir con las 30 medidas más acuciantes anunciadas para dinamizar el sector agropecuario, que son imposibles de repasar en un espacio como este, pero responden a la mencionada filosofía.

Como apunté en otro momento, una de las grandes bendiciones del proceso actualizador de nuestra sociedad, favorecidas por los últimos congresos del Partido Comunista de Cuba, es la de buscar devolver a la Revolución uno de sus sentidos fundacionales, el de abrir oportunidades, muchas oportunidades, que es como abrirle la llave a las esperanzas.

Cuando las revoluciones persisten en crear incentivos, en vez de generar impedimentos, alcanzan una fórmula especial de perdurabilidad, refería hace unos años, cuando todavía no se veían claramente las salidas a esta contradicción, cuyas delicadas consecuencias se pagaron con creces en otras experiencias socialistas.

Eran los tiempos en que, por mencionar un ejemplo, la palabra emprendimiento o emprendedores parecían vocablos malditos en nuestro ámbito, asumidos hoy con mayor naturalidad, pese a los intentos de no pocos enemigos de la Revolución de manipularlos con insidiosos fines políticos o los rezagos de la llamada vieja mentalidad.

Entonces decía que no faltan quienes tuercen el sentido del emprendimiento, con todo lo que de este vocablo se deriva, presentándolo como una cualidad solo aplicable a un determinado sector social, cuando en realidad debía ser una condición generalizada, tanto del ámbito público como privado y cooperativo. Sin emprendedores ni emprendimientos es muy dudoso el éxito de cualquier organización y en consecuencia de cualquier nación.

Por ello, como acaba de ocurrir en el sector agrario, es sensato seguir preguntándose sobre el daño que provocan los enfoques coercitivos, en vez de los preventivos y salvadores que se derivan de los incentivos.

Es preciso seguir dinamitando viejas y absurdas trabas y poner la mentalidad innovadora y transformadora, a la que tanta fuerza queremos ofrecer ahora, en función de incitar unas fuerzas productivas urgidas de los mencionados y de otros poderosos estímulos para acabar de romper sus nudos gordianos.

El anunciado, como esperado, salto del potrero al plato de la vaquita es otro buen paso, pero lo que se adeuda, espera y sueña es mucho más amplio y sagrado.

 

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