Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Aprendiz de jubilado

Autor:

Juan Morales Agüero

Mi amigo Rodolfo se ha acogido a la jubilación. No estaba conminado a hacerlo porque, en honor a la verdad, tiene una salud de hierro y una lucidez envidiable en sus 69 febreros vividos. Pero la tentación fue irresistible: «Aprovecha, el retiro ahora lo calculan por lo que ganaste el año pasado», lo embullaron parientes, amigos, vecinos, colegas y cuanta persona supo de su edad. Así que decidió decir «hasta aquí llegué» y ya tiene hasta tarjeta magnética para cobrar.

No resultó un paseo ir tras la chequera. En el viacrucis de tres meses, lidió contra la burocracia y convivió con el estrés. Sus papeles fueron sometidos a un escrutinio total: años de servicio, firmas completas, dinero devengado… Cuando su paciencia claudicaba —nunca ha tenido mucha—, le avisaron: «Puede venir a recogerla». Acudió, la examinó, la colocó en la billetera, y al otro día fue con un nieto hasta un cajero automático, a cobrar su primera «tierrita» de jubilado.

Pero las rutinas sedimentadas en tantos años de amaneceres se niegan a «retirarse». Así, antes de que despunte el alba, y a pesar de que ahora puede remolonear cuando quiera entre las sábanas, ya Rodolfo está en pie, trajinando en la cocina y colando el primer café del día. Se lo bebe a pequeños sorbos en el patio, junto a la mata de mango, con el pensamiento puesto en lo que le reserva el futuro. ¿Extrañará la caja de herramientas de su taller? ¿Y las piezas recuperadas en el torno? ¿Y los debates sobre pelota con sus compañeros?

«Bah, ¡uno se acostumbra!», se dice, a guisa de consuelo, en tanto planifica qué hará en lo adelante con tanto tiempo disponible.

En la casa hay mucho por hacer: pintar el cuarto de la nieta, reparar la turbina de la cisterna, arreglar la tubería del baño, limpiar al patio lleno de tarecos… Podría sacar una patente como mecánico de motos y ganarse una platita extra. O dedicarse a llevar mandados a domicilio…

Eso sí, lamentaría que le ocurriera como a Roberto, jubilado hace dos años y de quien nadie en su antiguo centro laboral se acuerda, no obstante haberle dedicado a su gestión más de la mitad de su existencia. No lo invitan a los aniversarios, ni lo felicitan por su cumpleaños, ni lo tienen en cuenta en las festividades… Cada cierto tiempo le tocan a la puerta los miembros de una «comisión», le preguntan —¡pura formalidad!— cómo está de salud, se despiden y… ¡acuerdo cumplido!

Por su cabeza no pasa continuar insertado a ultranza en un contexto que ya forma parte de su pasado. Comprende que es ley de la dialéctica la sucesión  generacional. Simplemente, se daría por satisfecho si la experiencia acumulada durante tantos años «al pie del cañón» se aprovechara. En más de una ocasión, él y varios de sus colegas —hoy también jubilados— evitaron con sus efectivas y oportunas innovaciones que la fábrica interrumpiera su producción. ¿Por qué no crear con ellos un grupo asesor? ¿Por qué nunca se les consulta?

Rodolfo sabe de centros de trabajo donde los jubilados son escuchados y participan en decisiones. Su experiencia comulga allí con la teoría recién horneada en la academia, y esa simbiosis se revierte en conocimientos. ¡Todos se benefician! Recordó una frase que le escuchó decir a alguien: «El talento individual gana partidos, pero el trabajo en equipo gana campeonatos». En efecto, la inclusión descarta la derrota.

Apura el último sorbo de café, friega la tacita y «aterriza» en su nueva realidad. Dentro de un rato irá a comprar el pan, verificará si llegó algo a la bodega, hará la colita para comprar el periódico, le preguntará a la vieja si hay algo urgente por hacer y luego se llegará a la otra cuadra, a jugar un rato dominó con otros jubilados que, como él, suspiran de nostalgia por lo que fueron y ya no son.

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