Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La noticia de mayo

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

La noticia, por fin, llegó al terminar el mes de mayo. Lo que parecía inalcanzable, un sueño, quizá un recuerdo ya un poco lejano —el de volver a andar por las calles a rostro descubierto—, se convirtió en una realidad.

Con las últimas decisiones del Ministerio de Salud Pública, la mascarilla dejó de ser una obligación permanente para convertirse en objeto de uso a decisión personal para todas las actividades sociales, excepto en aquellos lugares o situaciones establecidas: hospitales o por padecer alguna situación gripal o respiratoria.

El anuncio es una especie de aire fresco, porque la verdad es que han sido unos años muy intensos, en los que el forcejeo para cambiar tantos hábitos y estilos de vida en tan poco tiempo resultó demasiado fuerte.

Dentro de esas transformaciones —saluda con el puño o los codos, anda con desinfectante, lávate las manos constantemente, mantén la separación, tírame un besito a distancia y sueña con hacer otras cositas también a distancia— ese antifaz protector estaba a la orden del día y posiblemente era o es el sello distintivo en la lucha contra la pandemia.

Fíjense si es así, que nadie se atrevía a salir de la casa sin nasobuco, y cuando esto ocurría era como sentir los primeros temblores de un gran terremoto. Un colega lo sufrió en los primeros días de la COVID-19, cuando partió muy orondo de su hogar, concentrado en lo que debía hacer en el día, para darse cuenta de que en la calle todo el mundo lo miraba horrorizado. Primero fueron unas miradas contrahechas y después unos gestos de asombro. Pero, al final, mientras caminaba, eran tantas las personas que lo observaban y hasta los que se apartaban, que él se preguntó: «¿Qué estará pasando?».

Unos gestos de aviso lo hicieron tocarse la cara para descubrir con espanto que andaba descubierto. El acto de retirada se cumplió de inmediato y a toda velocidad, y ya delante de la computadora confesó por las redes sociales: «Fue como si hubiera salido a la calle sin calzoncillos».

Esas piezas tienen historias y hasta ciertos misterios del criollismo nacional. Todavía hoy muchos se preguntan por qué en Cuba el nombre más utilizado para identificarlas, incluso a niveles oficiales, fue el de nasobuco —con lo cual los emparentaba, fonéticamente, con el de Nabocodunosor o (toco madera) el de eunuco—, mientras que otros se mantuvieron con cierta discreción, a pesar de estar más extendidos a nivel internacional, como el de barbijo.

El asunto no quedó ahí y se extendió a su diseño. Cuando la pandemia dio señales de que iba para largo, muchas personas empezaron a buscarlos por el color y modelo que pudiera combinarse con sus ropas. Otros se fueron por la grande en las innovaciones y anduvieron por la vía pública con determinados atuendos, que ya no eran nasobucos, sino verdaderos «trapobucos» o «sábanas-nasobuco».

Pero detrás de ese folclorismo hay otras historias, en cierta medida públicas, pero mucho más íntimas. Y son las de esas manos, muchas de ellas arrugadas por la dignidad del tiempo, que sacaron el hilo y la tela de donde no había para armar esas piezas a golpe de máquinas de coser para proteger a sus seres queridos o regalarlas en plena calle.

Eran esas viejecitas, merecedoras de todos los besos del mundo, que, a lo largo de las tardes llenas de silencio, en medio de ciudades y poblados adormecidos por las restricciones y el aislamiento sanitario, te abrían la puerta de sus casas para hacerte una mascarilla con el pedazo de tejido que les llevabas o que ellas buscaban por los rincones de sus escaparates.

Solo así y por la unión, además de mucha gente, se puede comprender cómo un país se llenó de mascarillas sanitarias de la noche a la mañana, y sin tener dónde comprarlas. Algunos por estos días en las redes sociales han propuesto que al nasobuco se le haga un monumento.

Y, en verdad, de alguna manera habrá que hacerlo, porque esos pedazos de tela, en todas sus formas y colores, han derivado en un símbolo: el de los deseos de un pueblo entero, que en medio de terribles carencias y dificultades, no perdió nunca los deseos de vivir.

 

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