Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Raterismo viene de rata

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Ella recorre con la vista los precios inalcanzables, y con los 400 pesos que le quedan hasta la próxima mensualidad de jubilada, duda como aquella cucarachita Martina: ¿Qué me compraré? O más bien, ¡cuánto hay que no me puedo comprar!

Abre los ojos y suspira. Opta por un trozo de calabaza y dos malangas. Y retorna a casa, un localcito interior de 3 o 4 metros cuadrados. Cocina, baño y cuarto atropellados hasta la mínima dimensión. Pero es su reino, su diminuto reino.

Mientras avanza con paso ligero para sus 76 años, y ordena en su mente todo lo que debe hacer en el día, recuerda aquellos años lejanos en que laboró en el giro comercial. Lo que venía a la bodega por la libreta de racionamiento le daba para vivir con moderación; pero ahora «la caña se ha puesto a tres trozos».

Y no va a robar, ni a inventar. No se lo permiten sus santos. Tampoco la memoria de sus padres, desde una foto cuarteada y sepia en la pared, siempre con una ofrenda de marpacíficos. Pobres pero honrados, le decían. No se lo permite ella misma. Pasa el peine caliente, el viejo antecedente de la queratina. Y su esposo, jubilado también, hace guardias como sereno para buscarse unos pesos.

Le parece más ligera la jaba desde que salió del puesto de viandas. La jaba. Dicen que el cubano está compuesto por cabeza, tronco, extremidades, y una jaba como salvación. Le da gracia esa división anatómica. Pero aunque Dios aprieta, no ahoga. Toda su vida ha hecho el bien. Ayuda a los vecinos. Con ella se puede contar y siempre hay una mano que se tiende, un pozuelo de dulce, una latica de arroz o un sorbito de café cuando el dolor de cabeza arrecia.

Extraviada en sus pensamientos llega a casa, y cuando abre la jaba ahí están el trozo de calabaza y las dos malangas. Pero... ¡falta el monedero,  con el dinero que sobró, el carnet de identidad, la libreta de la bodega y la tarjeta magnética para cobrar su jubilación! Lo primero que lamenta es el enredo de colas y trámites burocráticos que le vienen encima para reponerlo todo. Después el dinero.

El viejo está dormido porque hizo su guardia en la madrugada. Lo observa rendido, con la inocencia casi infantil que repiten los ancianos. Una vida entera uno al lado del otro. Humildes entre los humildes. Pero ella se traga las lágrimas antes que él despierte: «Palante, que al final lo más importante es que estamos vivos, mi viejo».

Vuelve a salir y recorre en retrospectiva todos los sitios donde se detuvo en el barrio, como si sus orishas fueran a hacer el milagro de devolverle su
monedero, escondido bajo la hierba alta que inunda los abandonados parterries y compite con los basureros desbordados. Y no hay milagro.

«Pa’ allá, pa’ allá, pa’ atrás ni pa’ coger impulso. Hay que seguir luchando. Palante, carijo, que lo importante es que estamos vivos y ya saldremos de este hueco», me dice con palabras de lejanos años, cuando me la topo en la calle, siempre con su dignidad a prueba de todo. Sin quebrantos de viejita lastimera.

A estas horas, ya ha resarcido sus pérdidas a base de buchitos, puñados de arroz y otros socorridos gestos de generosidad, «porque quien siembra recoge en esta vida», me dice con una sonrisa pícara.

Aun así, robarle a una anciana humilde, que a simple vista por su talante se distingue lo poco que tiene, es, en momentos tan difíciles, una puñalada trapera. Una vileza de un ser despreciable. Latrocinio vil a pequeña escala, aunque no trascienda el tiempo. Y no digo quién es, porque de digna y orgullosa que es la señora, no me perdonaría que la presentara como una víctima.

Pero la necesidad nunca justificará el despojo ajeno. Raterismo viene de rata. Y no es de poca monta, más bien clasifica como la preparatoria o prueba de ingreso para la corrupción y el delito en el futuro. Ojo con los aprendices, que pueden llevárnoslo todo. Hasta el aire y la memoria.

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