Diciembre siempre llega sin avisar mientras una está distraída. De pronto aparece el último mes como un recordatorio, no solo de lo que pasó, sino de lo que no pasó o queda por hacer. De los planes que quedaron a medias, de los deseos que nos habita.
Hay algo que activa recuerdos sin pedir permiso. Porque diciembre tiene la costumbre de abrir cajones internos que quizá preferiríamos mantener cerrados. Y ahí aparecen los rostros que no vemos hace meses, los mensajes que quedaron sin responder, los abrazos que se pospusieron «hasta que se pueda».
Pienso en quienes están lejos. En los que viven en ciudades donde el frío muerde, en los que trabajan turnos interminables, en los que se fueron buscando algo que todavía no encuentran. En quienes avanzan sin saber si llegarán a algún sitio. En quienes atraviesan una guerra que no eligieron y aun así siguen moviéndose para sobrevivir. Pienso en ellos y ellas porque diciembre, con toda su carga, los hace más presentes que nunca.
Para mi, cuando hablo de la distancia no me refiero solo a aquella que se mide en kilómetros, sino también la distancia de uno mismo. Esa que aparece cuando reviso el año y descubro que quizás no cumplí todos los propósitos que me prometí, pero que aun así he seguido intentando sin bajar la cabeza.
A pesar de eso, diciembre no es un mes triste. Es honesto.
Con esa honestidad que obliga a mirarse sin adornos, sin excusas. Un mes que nos recuerda que seguimos aquí, con todas las luces y sombras que nos acompañaron.
He visto cómo la gente se las ingenia para sostener vínculos en este tiempo. Una amiga que manda fotos de su ciudad decorada para hacernos parte de ella. Un hermano que escribe de madrugada porque «allá» es otro huso horario. Un amigo que confiesa que tampoco logró lo que quería este año, pero igualmente sigue adelante. Pequeños gestos que quizá no solucionan nada, pero acompañan.
Diciembre también tiene su belleza; rara, imperfecta. La belleza de lo que está por terminar, pero todavía respira. La belleza de saber que aún queda un mes para intentar cosas nuevas, aunque sean pequeñas, por soñar. La belleza de aceptar que no todo salió bien, pero tampoco todo salió mal.
Viene a recordarnos que seguimos de camino. Que todavía hay tiempo y siempre lo habrá. Que los kilómetros pesan, pero no tanto como la voluntad de seguir conectados. Porque a veces, en este mes que abre heridas y también las cura, eso es suficiente.