Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

El Maine, la galleta y las bombas

Autor:

Osviel Castro Medel

Nunca he olvidado las imágenes de aquellos adolescentes, vecinos entre sí, que estaban sentados en el único banco del parque. La escena era de paz hasta que el más grande, uno de esos muchachos corpulentos que sobresalen por su físico y son temidos a su alrededor, resbaló y cayó a tierra. Al levantarse, con soberbia, le dijo al otro: «Mira lo que me hiciste, te voy a dar una galleta».

En realidad, el pequeño ni siquiera lo había rozado, pero el grandulón terminó soltando el golpe prometido, con el que provocó una herida en el rostro de su rival inventado. Desde entonces, nunca se reconciliaron.

Acudo al relato, por más infantil o sencillo que parezca, precisamente porque este 15 de febrero se cumplen 128 años de uno de los hechos que, poniendo a un lado las distancias, sirven para demostrar que la filosofía del «mira lo que me hiciste» (con la consiguiente reacción) ha estado presente en nuestro entorno desde hace mucho tiempo.

Sí, aquel 15 de febrero de 1898, una explosión hizo retumbar la bahía de La Habana. El acorazado norteamericano
Maine era despedazado con unos 350 tripulantes a bordo; por desgracia, más de 260 perdieron la vida.

La causa real de la tragedia sigue siendo, hasta hoy, un misterio. Pero no es misterio ver cómo se usó el siniestro con fines «mayores», para que el Águila terminara de justificar su vehemente deseo de entrar a la guerra entre España y Cuba y saborear, al fin, «la fruta madura». Personajes ligados al naciente periodismo amarillo, como William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer desataron una campaña desde influyentes periódicos estadounidenses que convirtieron las dudas en certezas.

Casi 80 años después el almirante norteamericano Hyman Rickover y un grupo de expertos llegaron a la
conclusión de que jamás hubo una explosión externa contra el Maine, algo que echó por tierra la hipótesis de «una mina española».

Sin embargo, ya era tarde. La falsedad del pretexto qué importaba. Lo importante era —y es la «eficacia informativa»—: una mentira repetida a todo volumen, en muchos titulares, durante suficientes días, que terminó siendo más real que cualquier peritaje serio.

Acaso lo más doloroso en esta historia es que quienes convirtieron un accidente en casus belli nunca pagaron, como tampoco lo hicieron los que fabricaron y fabrican pretextos para expandirse «con esa fuerza más» sobre numerosas tierras, no solo de América.

También hiere comprobar hoy que la operación se repite con otros nombres y situaciones. Existe una «amenaza inusual y extraordinaria» que debe combatirse buscando el colapso, fracturando la espina dorsal, sometiendo a terceros, ahogando, dando mucho más que galletas en el rostro.

Se trata casi de la misma lógica del muchacho aquel: primero se inventa la ofensa, luego se golpea, y por último se explica el golpe como defensa propia para «salvaguardar…» cualquier cosa.

Sería irresponsable plantear que cada grieta o problema del presente están ligadas únicamente a la asfixia promovida desde afuera. Pero ninguna persona seria y sensata podría negar que, desde hace muchísimo tiempo, con pretextos muy parecidos al del Maine, nos están cayendo inmensas bombas silenciosas, que traen penurias y sufrimientos, zozobra y tinieblas, confusión y amargura.

¿Cuánto tiempo durará ese bombardeo sobre Cuba? ¿Cuántas vidas seguirán quedando en el camino? ¿Viviremos la necesaria reconciliación después de tantos golpes y galletas? ¿Qué pasará después del fin de esta guerra? Son preguntas que encierran dramas tremendos. Todas invitan a mirar la historia y a analizar sin orejeras qué pasó después de aquella lamentable voladura del Maine.

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