Evoco la fecha y me imagino enseguida a Bartolomé Masó ensillando su caballo a los 64 años. Tenía la edad de un abuelo, inmensas cicatrices en el alma y aun así se fue a la manigua, desde su finca de Bayate, estimulando a unos pocos seguidores, que crecieron después por el respeto que inspiraba ese jefe insurrecto, segundo de Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua.
También me dibujo en la mente al bravo Guillermón Moncada, quien se levantó aquel 24 de febrero de 1895 sabiendo que, a sus pulmones, destrozados por la tuberculosis, les quedaba poco tiempo. Podía haberse retirado a un rincón por la enfermedad devastadora; sin embargo, tomó rumbo al monte para espolear la guerra y remover conciencias con su ejemplo.
Murió el 5 de abril de 1895, apenas 40 días después del alzamiento. Su partida prueba de qué madera estaban hechos aquellos seres humanos, capaces de exponer al máximo la vida sin ninguna retribución personal o familiar.
Al cabo de 131 años uno se pregunta con cuánta agitación habrán vivido el levantamiento en la finca La Confianza, en tierras guantanameras. Allí Pedro Agustín Pérez —Periquito Pérez, otro excelso general cuya obra necesita de mayor estudio— también secundó el volcán independentista.
Y en Baire, Saturnino Lora encabezó a los patriotas que sacudieron la localidad y mucho más allá. Fue tal el torbellino que muchos acuñaron el «Grito de Baire», aunque la verdad es que hubo gritos por unos cuantos puntos de nuestra geografía.
Habían pasado 17 años desde el Zanjón, esa herida que no terminaba de cicatrizar. Los escépticos, después del fracaso de La Fernandina, creyeron que la guerra se había ido a bolina. Pero los buenos cubanos demostraron todo lo contrario aquel domingo de carnavales, en el que los machetes mambises volvieron a cantar.
Detrás de todos, invisible, pero presente, estaba José Julián Martí Pérez. ¿Cómo habrá pasado esas jornadas el Delegado al enterarse del arresto de Juan Gualberto Gómez, de Julio Sanguily, de Antonio López Coloma —lamentablemente ejecutado— y de otros complotados? De seguro sufrió al máximo. Pero unos días después estaría llegando a Cuba para entrar honrosamente y sin complejos a los campos de batalla.
No deberíamos restringir el 24 de febrero a los levantamientos simultáneos, que iniciaron la Guerra Necesaria, en la que se juntaron nuevos y veteranos, como lo soñaba el Apóstol.
Esa fecha, como escribí hace un tiempo, es marca imborrable, día de continuidad, hilo y permanencia. Un hilo que prosiguió con la fundación de Radio Rebelde (1958), la entrega del título de Héroe de la República de Cuba a Los Cinco (2015), la aprobación del referendo constitucional (2019), entre otros sucesos indelebles.
Precisamente el 24 de febrero, unos días después del triunfo de 1959, Fidel nos dejó una brillante sentencia, que no debemos dejar morir nunca: la Revolución o se hace bien o, simplemente, se pierde.
Tal reto, más que complicado, sigue vivo en estos tiempos y es un recordatorio constante a los que volvieron a gritar en el reinicio de nuestras gestas: «¡Independencia o muerte!».