Ningún proyecto, desde lo personal hasta lo colectivo, es esquemáticamente lineal. Quien piense lo contrario, tal vez, coquetee con la fina línea de las objetividades. La historia se asemeja a un latir arrítmico, a las altas y bajas que muestra, en un delgado papel, cualquier ecocardiograma. Bien sabemos que, sobre esas páginas abiertas, solo pueden escribir desde su conciencia las sociedades, los hombres y mujeres que se consagran a transformar cada proyecto-nación.
Dentro del proceso evolutivo de los pueblos, ese que contempla avances y contracciones inherentes, nada es más radical y auténtico que las revoluciones. Estas por sí solas encienden la llamarada del cambio y enfilan su brújula hacia las raíces populares.
Justo ahí radica su osadía y «peligro» de subsistencia, frente a las cúpulas hegemónicas que las amenazan a cada instante con una muerte súbita.
Decía Marx que la Revolución era fundamental e inevitable para el progreso de la humanidad. Sin embargo, esta posee un halo exclusivo que se reserva a las más auténticas, las que resisten y luchan de forma permanente. No todas llegan a feliz término, y algunas son tan pasajeras y fugaces que desnudan al final sus carencias morales y estructurales.
La irreverencia cuesta años de sacrificio, incluso sangre, heridas y balas. Es un alto costo, sin duda, pero la soberanía lleva implícita audacia, cuando se vive entre amenazas. Que se lo digan a este pueblo, capaz de permanecer durante décadas en el tejido desafiante de la historia.
La nuestra ha sido una Revolución de amasijo, no perfecta ni exenta de errores y vacilantes, pero sí capaz de resistir los embates del tiempo y las huellas profundas que causa aún una guerra abierta desde todos los flancos, de norte a sur.
Lo hermoso, diría el trovador, nos cuesta la vida. Ha sido esa, más allá de lo poético, una filosofía de la Revolución Cubana. Todavía hay quienes se preguntan: dónde radica su mística; cómo es posible que, bajo el asedio encarnado, a solo 90 millas, de la mayor potencia extranjera, siga vivo un sentimiento de consagración a las ideas.
El pecado de las revoluciones estaría en no dar los pasos certeros, en no moverse ni cambiar con las circunstancias que dicten los nuevos tiempos. Su tiro de gracia sería desconectarse de esa confianza popular que le ha otorgado esencia y carácter.
En cambio, el temor de quienes la amenazan a viva voz sigue siendo uno solo: que prevalezca su instinto de salvación, de saltar cada barricada, de echar la pelea que corresponda, desde la unidad, el consenso y la continuidad que nos ha traído hasta aquí. Firmes. Victoriosos. Sin renunciar a los principios que defendemos desde aquel enero de 1959.
La legitimidad de un proceso histórico como el nuestro, profundamente popular, descansa también en el centro de las ideas que defiende, tan justas como irreverentes, tan humanas como consecuentes. Quizá, por eso, este proyecto permanece en pie, aún en las más duras circunstancias que le imponen vivir.
Cuando los cánticos anuncian cual ave de rapiña que estamos destinados a desaparecer, que en escasas semanas la «Revolución se viene abajo», un país sigue fiel a sus instintos y, como cada día, toma la palabra.