Los conflictos de Arturo, uno de los personajes más controversiales de la novela cubana de turno Ojo de agua, no son caprichos del colectivo realizador y, mucho menos, obra de la imaginación. En el pequeño adolescente conviven muchas realidades que incluso trascienden su grupo etario. ¿Dolorosas?, sí. ¿Preocupantes?, también. Y bien difíciles de manejar, como sucede con las complejidades de la vida.
Él visibiliza un problema global: la adicción al celular o, como ha sido denominado más científicamente, nomofobia, fenómeno que consiste en el miedo irracional a no tener el móvil o verse imposibilitado de conectarse a internet. Sea cual sea la definición del término, las alarmas, a partir del aumento de personas, sobre todo menores de edad, dependientes de los dispositivos tecnológicos, urgen ser escuchadas.
No se trata de negar el uso de las plataformas digitales porque está demostrado que hoy son esenciales para acceder a informaciones y comunicarnos, en tanto resultan también adecuadas y efectivas herramientas en los procesos docente-educativos. Mas se convierte en problema cuando su uso se vuelve desmedido e irresponsable y hasta llega a afectar la salud mental de sus consumidores.
Todo ello nos lo muestra Arturo, el personaje de la novela. Miente convulsivamente. Roba. Desatiende sus deberes escolares. Falta el respeto a las personas mayores. Todo por una única razón: su «necesidad» por el celular.
Tal y como lo describe la literatura especializada, el uso excesivo del aparato tecnológico provoca trastornos de sueño, agotamiento, falta de atención, ansiedad, cambios de humor y bajo rendimiento académico o laboral, en el caso de las personas adultas.
Lo experimentan en carne propia no pocas familias e instituciones educativas. Incluso, mucho más después de los difíciles años pandémicos, cuando, para disipar un tanto las huellas del aislamiento, se volvió recurrente «hacer vida» en el escenario digital.
Además de las secuelas mencionadas, pueden aparecer en las primeras edades trastornos del lenguaje severos tras la exposición prolongada a contenidos divorciados de sus niveles. También sucede que asumen como propios términos o acentos extranjerizantes, vocabulario soez o frases vulgares.
Y en esa «cotidianidad digital», sin supervisión adulta, se corren otros muchos peligros, entre ellos el intercambio de informaciones ajenas a las necesidades e intereses, sobre todo de menores, como pornografía o incitación a actos que de rebeldía no tienen un pelo y sí de vandalismo o de hechos donde se vulneran los derechos sexuales.
Para evitar que prolifere este problema global y del que no escapamos en Cuba urge estar atentos a todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Hay una verdad de Perogrullo: los límites entre el hábito y la dependencia son casi imperceptibles. De ahí que la mínima señal de cambio en las rutinas precisa acompañamiento y supervisión especializada.
Tampoco se trata de adoptar imposiciones o extremismos y, mucho menos, satanizar las tecnologías. Usarlas con conciencia, controlar su uso en los menores de edad y poner límites permitirá frenar un tanto la aparición de situaciones como las que vive Arturo, quien legitima que la adicción es como un demonio que no se puede dejar al libre albedrío.