Una de las primeras cosas que me preguntaron al llegar la semana última a Beijing, la capital de la República Popular China, donde me encuentro junto a otros cien colegas del mundo, resultó algo chocante. Fueron dos latinoamericanos quienes me soltaron una interrogante en forma de granada letal: «Cubano, ¿es cierto que Raúl murió?».
Ante la certeza de ambos, no pude evitar mirarlos con una leve sonrisa, tal vez contradictoria para ellos. «¿Dónde vieron eso?», les riposté aun sonriendo. «Casi todos los medios lo tienen», me dijeron. Y con absoluta ecuanimidad y pausado, les aseguré que esas noticias no eran más que otra «pantalla», otra sed de remover el panal a base de propaganda falsa.
Aun así, la cara de los dos colegas parecía seguir siendo dubitativa. Las fakenews son obtusas, penetran los sentidos y se alojan en el imaginario de la gente muchas veces con impunidad. No es algo nuevo, viene desde los tiempos de la propaganda nazi.
A ambos colegas, dos excelentes compañeros, siento que no logré convencerlos del todo sobre la desinformación que circulaba como río revuelto entre los más variopintos medios del continente y la contrarrevolución.
Pero como toda falsedad tiene patas cortas y es finita por mucho que se la infle, a la razón y la verdad les llegó su sábado. Las imágenes sí que no mienten, y, como todo un gladiador del tiempo al que han intentado noquear tantas veces sin éxito, el General de Ejército volvió a salir incólume, vital, firme, sonriente.
Vi las fotos del acto por el aniversario 65 de la integración de la Dirección de Seguridad Personal con la misma sonrisa con la que les respondí a mis colegas latinos; y no pude evitar recordar aquellos versos de la poetisa argentina María Elena Walsh que sublevan: «Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo, estoy aquí resucitando».
Raúl es un símbolo vivo de la Revolución, muy vivo, por si quedan dudas. Ya lo confirmaron también mis dos colegas, y, como ellos, este mundo que divide la balanza entre razón y odio. Nuestro último mambí galopa junto a su pueblo, y, mientras le corren la muerte a viva voz, él canta «al sol como la cigarra después de un año bajo la tierra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra».