A mí también me llegó. Como al resto de sus contactos, el mensaje apareció en la pantalla con un tono zalamero, impostando a la perfección a aquel compañero de trabajo. Pedía una transferencia a cambio de efectivo que presuntamente haría llegar a la oficina al día siguiente. «Tú sabes que conmigo no hay problema», remataba la frase, confiado. Y entonces, la emboscada.
Ese «otro yo», que nada comparte con el célebre alter ego de Benedetti, tiende el anzuelo con una paciencia artera. Los más avispados llamaron por otra vía a la persona real detrás del perfil; pero otros, muchos otros, no corrieron con esa suerte de la sospecha. Cayeron en la estafa más cómoda y rufianesca que nos acosa en estos tiempos digitales: perdieron el dinero atesorado en sus tarjetas, ese que costó horas de trabajo, desvelos y sacrificios. Son personas que solo llegaron a ese punto por ser contactos, por confiar.
Porque el modus operandi de este truco se asienta, precisamente, en la confianza. Confianza en que quien escribe es el conocido de carne y hueso; confianza en la seguridad de la aplicación, que parece infranqueable, pero no lo es. Basta con facilitar un código de verificación sin leer bien la letra pequeña, aceptar un aviso impulsivo, responder a un sospechoso informe de soporte técnico o picar en una propuesta de trabajo imperdible para que los delincuentes tomen el control de la cuenta y suplanten la identidad.
La inexperiencia tecnológica pasa una factura brutal a la gente honrada. Así, «el otro yo» le quitó una cifra considerable a la pobre vecina que lucha contra el cáncer y al primo que ahorraba cada moneda para comprar la cuna de su futuro bebé. Cayeron más, y el «verdadero yo», dueño legítimo del número, no sabía qué hacer, frenético, mientras veía cómo su nombre se usaba para saquear a sus propios seres queridos.
En abril de este año, las autoridades bancarias alertaban sobre un repunte de denuncias vinculadas a este tipo de fraudes. Sin embargo, meses después, lejos de contenerse, los intentos se multiplican y, por desgracia, también los afectados. Más allá de lo extendido de este engaño, la estafa deja cicatrices profundas en la economía familiar.
Las autoridades cuentan con pistas tangibles: números de tarjetas usados, líneas telefónicas de confirmación y el propio rastro de los perjudicados. Son elementos suficientes para que la respuesta legal sea contundente, ejemplarizante, y ponga freno a quienes buscan una vida fácil desde las sombras digitales.
Mientras esa justicia llega, la prevención sigue siendo el mejor escudo. Activar la verificación en dos pasos desde los ajustes de seguridad de WhatsApp, no compartir jamás con nadie el código de seis dígitos, llamar por otra vía al contacto que solicita dinero para confirmar su identidad, y no abrir enlaces ni responder a mensajes de visualización única de desconocidos, son prácticas que deben interiorizarse como un reflejo cotidiano.
Cuesta mucho a las familias cubanas generar ese sustento monetario que guardan en sus tarjetas, a menudo frustradas porque el salario o la pensión no alcanzan para todo. Pero ese fruto del esfuerzo pertenece únicamente al «yo verdadero». A ese otro que usurpa identidades y mercadea con la confianza y la inocencia, con toda la fuerza de la ley y la conciencia colectiva, hay que pararle los pies… o, mejor dicho, las manos con que teclea.