Antes de nuestra era, cuando se hablaba de transformar la gastronomía estatal —por ineficiente, corrupta, atrasada y burocrática—, la tabla de salvación que aparecía en el horizonte, al inicio de manera más o menos tenue, era la de caminar hacia la privatización.
Lo que se sugería era que la alternativa privada sería el remedio que automáticamente, por ley natural de la economía, del mercado y el sentido de lo propio, solucionaría con rapidez los males que proliferaban por diversos puntos de los establecimientos estatales.
Es decir (dándole para atrás a la máquina del tiempo), lo privado terminaría con un buen listado de disfuncionalidades o distorsiones, como se dice hoy.
Llegada la época actual, la segadora de la transformación no entendió ni de colectivos vanguardia nacional, ni de cafeterías en las cuales, mal que bien, salvabas el juego a cualquier hora del día o de la noche con cuatro kilos en los bolsillos. Es decir, lo bueno metido en el mismo saco con lo malo, y despachados todos, como buenos amiguitos, vía expreso, con la boca bien amarrada, camino a la Fosa de Bartlett para que ni se le ocurriera volver.
¿Dónde quedaron aquellas cafeterías, restaurantes y dulcerías del bulevar de Bayamo, por ejemplo? El caso es que ahora hay muchos puntos de gastronomía, que no se diferencian mucho en la oferta y hasta parecen mellizos con los precios y sus alturas.
A ello se le suma la oración permanente, la que no puede faltar: «¿Aceptan ustedes el pago por transferencia?».
Vale precisar que el desorden financiero no es responsabilidad de la nueva gastronomía. Más bien ella lo expresa y lo padece. Lo que hay actores que lo disfrutan; sobre todo cuando te miran de reojo, extrañados, tratando de descubrir de dónde salió esa cosa antes de responder: «No, aquí no se aceptan transferencias».
Pero si bien la autoría del walpurgis de la bancarización no les pertenece, determinadas «innovaciones» sí corren a su cuenta. Una de ellas es la que vivió una lectora, después de comer en un restaurante con su familia. Cuando llegó la cuenta, en el papelillo aparecía el listado de lo consumido, el pago de una comisión o impuesto que todavía andan averiguando qué es, más la propina. Así, como lo leen: bien recogidito, con todas sus letras: la propina.
La otra la vivió quien les escribe, a las 3:00 p.m., en el centro de Ciego de Ávila, con un solecito y una sed sacados de la película Lawrence de Arabia y con un Peter O’Toole cruzando el Sinaí. A esa hora, cuando sabes que no hay agua, la lengua se hincha más, y no es lo áspera que se vuelve la boca, sino el dolor que aparece en la garganta.
Sin embargo, la agonía mayor llega con el casi convencimiento de que no hay un lugar donde pedir agua. No la de botellita —la cómica, la fina, la muy chic—, sino la otra: la de la llave. Y la certeza viene, sencillamente, porque con tanto precio alto y mercado, esa gratuidad no camina.
Pero, bueno, lo último que se pierde son las esperanzas. Y allá vas, a una otrora cafetería estatal, donde antes podías comerte tu pizza y tu helado. Llegas, pides, de favor, un poco de agua de la llave y te miran como un extraterrestre acabado de aterrizar. Al fondo del pasillo ves una nevera funcionando y la superficie de la barra se nota húmeda, porque le acabaron de pasar un paño mojado.
Hay esperanzas, piensas; pero lo que oyes al otro lado de una pared es una voz que dice: «No, no tenemos agua». La dependienta te mira con pena. «No tenemos agua», murmura. «Lo que tenemos es refresco», aclara la voz. La dependienta te mira cariacontecida: «¿Quiere uno?».
A esa hora te acuerdas de que no tienes efectivo. Que no aceptan transferencias, porque ya «todas se dieron por la mañana». Que el refresco que tienen es el de latica, y ese cuesta casi una bolsita de arroz. Así que lo tomas o lo dejas: el arroz o la sed. Respiras hondo y contestas: «No, gracias». Miras el mismo lugar, donde antes te daban un vaso de agua, aunque fuera caliente y dices: «Adiós».