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La guerra por la inteligencia artificial entra en una nueva fase

Un mensaje de Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, aparece en un momento especialmente delicado para la industria tecnológica

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

Mientras Washington endurece su competencia estratégica con China, OpenAI y Anthropic alertan sobre los riesgos de sistemas cada vez más poderosos y los Gobiernos comienzan a debatir nuevas regulaciones, Mark Zuckerberg decidió lanzar esta semana una propuesta que desafía buena parte del consenso emergente en torno a la inteligencia artificial (IA).

Su idea es sencilla de explicar y difícil de ejecutar: abrir la superinteligencia al mundo.

El fundador de Meta publicó esta semana un extenso manifiesto en el que defendió la expansión de los modelos abiertos de inteligencia artificial y reclamó menos obstáculos para que las empresas estadounidenses compitan en una carrera tecnológica que no se libra solo entre compañías, sino entre potencias. Al mismo tiempo, anunció nuevos modelos capaces de ejecutarse en computadoras personales y cuyos parámetros estarán disponibles para desarrolladores e investigadores.

La declaración puede parecer un episodio más dentro de la inagotable batalla entre gigantes tecnológicos. Sin embargo, detrás de este manifiesto, surge la interrogante sobre quién controlará la tecnología más influyente del siglo XXI y bajo qué reglas.

De Silicon Valley a Beijing

Durante años, la IA pareció una competencia casi exclusiva entre compañías de Estados Unidos. OpenAI transformó la conversación global con ChatGPT. Google aceleró el desarrollo de Gemini. Anthropic ganó protagonismo con Claude. Microsoft, Amazon y Meta comenzaron a invertir cifras que hace apenas una década habrían parecido imposibles.

Pero, ese escenario cambió. En los últimos meses, compañías chinas como Alibaba, DeepSeek y Moonshot han presentado modelos abiertos cada vez más sofisticados y con costos inferiores a los de muchos competidores occidentales. El fenómeno provocó una reducción de precios en el mercado y obligó a las firmas de EE. UU. a replantearse algunas estrategias.

La situación recuerda, en cierta medida, a lo ocurrido con las telecomunicaciones o los paneles solares. Estados Unidos conserva una ventaja considerable, pero China ha demostrado que posee capacidad para competir en sectores tecnológicos considerados estratégicos.

Para Zuckerberg, la respuesta no consiste en restringir el acceso a los modelos extranjeros. Su apuesta es otra: construir modelos abiertos estadounidenses tan competitivos que se conviertan en la referencia mundial.

La posición contrasta con sectores políticos y empresariales que promueven mayores barreras para limitar el avance tecnológico chino. Lo que está en juego va mucho más allá de las ganancias corporativas.

Los modelos de inteligencia artificial se están convirtiendo en infraestructura estratégica. Igual que ocurrió con internet, los sistemas operativos o los procesadores, quien logre imponer su tecnología también ejercerá influencia económica, científica y política.

Fractura dentro de la industria

La propuesta de Meta también revela una división cada vez más visible entre los principales laboratorios de inteligencia artificial.

Por un lado, están quienes defienden los modelos abiertos. Meta sostiene que la innovación avanza con mayor rapidez cuando investigadores, universidades, empresas y desarrolladores pueden estudiar y modificar los sistemas. Según esta visión, concentrar las capacidades más avanzadas en unas pocas corporaciones terminaría creando una dependencia tecnológica global.

Por el otro, aparecen OpenAI y Anthropic. Aunque ambas compañías nacieron con discursos favorables a la democratización de la inteligencia artificial, en los últimos años han optado por modelos mucho más controlados. Sus sistemas más avanzados permanecen alojados en infraestructuras propias y los usuarios acceden a ellos, mediante servicios gestionados por las empresas.

La diferencia no es menor. En la práctica, Meta propone distribuir el motor. OpenAI y Anthropic prefieren ofrecer el vehículo terminado. Cada enfoque tiene ventajas y riesgos.

Los modelos abiertos favorecen la investigación independiente, reducen barreras de entrada y dificultan que una sola empresa monopolice el mercado. Los modelos cerrados permiten controlar mejor las actualizaciones, supervisar usos indebidos y limitar ciertas capacidades consideradas peligrosas.

Este es un debate, además, que no solo se queda en lo tecnológico, abarca lo económico. Cada decisión sobre apertura o restricción define quién captura valor, quién controla los datos y quién establece las normas que regirán la próxima generación de herramientas digitales.

El problema de la superinteligencia

Sin embargo, la mayor controversia aparece cuando la conversación abandona el terreno comercial y entra en el de la seguridad.

Zuckerberg describe un futuro —como siempre le gusta, tal y como hizo con el Metaverso, donde todos deberíamos estar viviendo ya— donde la inteligencia artificial ayuda a descubrir medicamentos, acelera la investigación científica, impulsa nuevos negocios y amplía las capacidades humanas. En esa visión, la superinteligencia se convierte en una herramienta de progreso distribuida entre millones de personas.

Sus críticos observan otro escenario posible. Durante años, figuras como Sam Altman y Dario Amodei, cofundadores de OpenAI y Anthropic, respectivamente, han advertido sobre los riesgos asociados a sistemas capaces de superar el desempeño humano en múltiples tareas complejas. Ambos ejecutivos han hablado de posibles impactos sobre el empleo, la estabilidad política, la seguridad digital e, incluso, la capacidad humana para mantener el control sobre sistemas extremadamente avanzados.

Es una preocupación que ha dejado de pertenecer al ámbito de la ciencia ficción. Gobiernos, universidades y laboratorios investigan cómo garantizar que futuros sistemas actúen de acuerdo con objetivos humanos. Al mismo tiempo, aumentan los debates sobre posibles usos militares, operaciones de influencia, ataques cibernéticos automatizados y aplicaciones biológicas.

El propio manifiesto de Zuckerberg reconoce algunos de esos riesgos, aunque insiste en que la mayor amenaza consiste en quedarse rezagado frente a competidores extranjeros.

No todos comparten esa evaluación. Más de un millar de trabajadores e investigadores vinculados con empresas líderes del sector han pedido marcos de supervisión más robustos y mecanismos de gobernanza capaces de acompañar el ritmo de desarrollo tecnológico.

No se trata ahora de cuestionarnos si la IA transformará la sociedad, porque ya lo está haciendo. Lo que no sabemos es si las instituciones políticas, regulatorias y sociales podrán adaptarse con suficiente rapidez.

Discusión en ciernes

Resulta tentador presentar la situación actual como un enfrentamiento entre optimistas y pesimistas. La realidad es más compleja. Meta tiene razones legítimas para defender la apertura tecnológica. También tiene intereses comerciales evidentes. OpenAI y Anthropic plantean preocupaciones válidas sobre seguridad. Al mismo tiempo, sus modelos de negocio se benefician de ecosistemas más cerrados y controlados.

Aquí la disputa se centra, en todo caso, en qué riesgos estamos dispuestos a aceptar y qué grado de concentración tecnológica consideramos aceptable. Mientras tanto, la carrera continúa.

Estados Unidos y China aumentan inversiones. Los centros de datos se multiplican. Los modelos ganan capacidades a una velocidad que sorprende, incluso, a muchos especialistas. Y los Gobiernos comienzan a descubrir que la inteligencia artificial no es únicamente una cuestión tecnológica, sino también económica, energética, militar y geopolítica.

Por todo eso, el manifiesto de Zuckerberg merece atención. No ofrece respuestas definitivas, pero refleja una realidad cada vez más evidente: la discusión sobre la inteligencia artificial ha dejado de centrarse en los chatbots y las aplicaciones de productividad.

Ahora trata sobre poder. Quién desarrollará los sistemas más avanzados y podrá emplearlos. Y, sobre todo, quién tendrá la autoridad para decidir hasta dónde deben llegar.

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