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El mundo recibe 2024 con muchas deudas

Las manos atadas de la ONU son el reflejo de cómo anda el orden mundial, mientras la justicia y la observancia de las normas de convivencia en el orbe sufren el ultraje

Autor:

Marina Menéndez Quintero

La muerte impune en Gaza restará alegría a los brindis esta noche. Cierra 2023 con un manto de luto que ha puesto en la palestra las muchas deudas con que el mundo recibe el nuevo año.

La inoperancia de la comunidad internacional para detener un crimen convertido en masacre contra una población entera, confirma que los postulados de la ONU serán agua de borrajas mientras no se cambien las reglas dentro del sistema de Naciones Unidas; esas que han otorgado a Estados Unidos la oportunidad de sostener al agresor, su aliado, gracias al poder del veto.

Las manos atadas de la ONU son precisamente el reflejo de cómo anda el orden mundial: el atascamiento de sus facultades en torno a Gaza deja lecciones que es preciso anotar, porque mañana podría ser cualquiera de nosotros. La humanidad sigue mirando horrorizada, pero impotente, la tragedia. 

Otra vez, la justicia y la observancia de las normas de la convivencia internacional están siendo ultrajadas, y el respeto a los derechos humanos vuelve a ser letra muerta. Ello demuestra que las convenciones no bastan para asegurarlos mientras las potencias sigan aplicando el doble rasero.

La agresión israelí contra los palestinos constituye el más macabro y triste símbolo de las amenazas que persisten sobre la humanidad. El año 2023 dice adiós con la advertencia de que la paz seguirá siendo una aspiración difícil de alcanzar, mientras persistan los poderíos omnímodos.

Otras amenazas

Frente a ese riesgo en que sigue la vida, hacer callar las armas no constituye el único reto. También es menester asegurar el desarrollo para todos y, en ese camino, la satisfacción de necesidades básicas para las ciudadanías de naciones enteras.

Sin embargo, ello sigue siendo difícil. La economía mundial no acaba de estabilizarse, si bien algo recuperada después de ese otro manotazo de la muerte que fue el azote de la COVID-19, como tampoco acaban de aprenderse sus enseñanzas acerca del efecto mortífero de la desigualdad, y la necesidad de extender la cooperación en todas las áreas.

En el año que llega, una vez más el mundo pobre seguirá cargando la peor parte.

Aunque la inflación, que tanto ha mermado los bolsillos de las capas menos favorecidas, disminuye con tendencia a que siga bajando —y esa es una buena noticia—, la economía global experimenta una lenta desaceleración auspiciada, precisamente, por el endurecimiento de las medidas aplicadas para reducir los índices inflacionarios. Según el Fondo Monetario Internacional, se espera que esa política «enfríe la actividad económica de ahora en adelante».

En el último informe emitido este año por uno de los organismos financieros internacionales más criticados —ya que está entre los responsables del desorden financiero y económico—, el FMI advirtió en octubre que la economía mundial descenderá al cierre de 2023 a 3,0 por ciento, cinco décimas menos que lo registrado el año anterior. Y en 2024 será un poquito peor, porque disminuirá a 2,9 por ciento.

También el Banco Mundial había advertido de la baja que atribuyó desde enero pasado, además, al descenso de las inversiones y el aumento en las tasas de interés.

Ese último elemento fue señalado también por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) como una de las razones de la caída que, consecuentemente con el resto del planeta, experimentará la región —su PIB transitará de tres por ciento el año pasado a 2,2 por ciento en este—, junto a la merma en el dinamismo del crecimiento económico y el comercio globales.

Ello ocurre, además, como resultado de un limitado impulso desde la economía mundial, y significará una desaceleración en la creación de empleos y la persistencia de la informalidad y de las brechas de género, entre otros efectos, advirtió.

Tales previsiones ponen puntos negros a los pronósticos del FMI, quizá menos acuciosos, para los países que eufemísticamente son denominados «en desarrollo». Según sus expertos, el decrecimiento esperado sería menos ostensible en las economías de esas naciones.

Pero, como se ve, los próximos 12 meses no serán de albricias para ellos. Mucho menos cuando el Fondo vuelve a recomendar una consolidación fiscal «necesaria» para abordar la escalada —reconoce— de los niveles de
deuda que, según el Banco Mundial (BM), han crecido de modo nunca visto.

En ese contexto, el FMI considera las reformas estructurales como «cruciales». Y ya sabemos lo que ellas implican en materia de recorte social, con tal de poner a flote el orden de las finanzas y la macroeconomía.

David Malpass, presidente del Grupo BM, alertó desde enero que las naciones emergentes y en desarrollo se enfrentan a un período de varios años de crecimiento lento impulsado por la pesada carga de la deuda y las escasas inversiones. Mientras, dijo, el capital mundial es absorbido por las economías avanzadas, que enfrentan niveles de deuda pública extremadamente altos y tasas de interés crecientes.

«Ello agravará los retrocesos en materia de educación, salud, pobreza e infraestructura, que ya son devastadores, así como las crecientes demandas derivadas del cambio climático», alertó.

Por la paz y el cese del chantaje

Mientras, en lo que pudiera considerarse «el otro lado del mundo», Occidente también encara restricciones financieras entre cuyas causas figuran las derivadas, en alguna medida, de sus decisiones políticas.

A tenor con los análisis de la Comisión Europea, la economía del bloque sigue creciendo «aunque con menor impulso», y lo hará con un modesto 0,8 por ciento este año.

Entre las causas mencionó el endurecimiento de las condiciones monetarias
impuesto por el Banco Central Europeo, el debilitamiento del consumo y la ralentización de los créditos, así como los fenómenos climatológicos que azotaron la zona.

Pero también incluyó lo que llamó «la incertidumbre» desatada por la guerra en Ucrania, una afirmación insoslayable que alude al costo para el continente de una guerra en cuya prolongación ha pesado su apoyo bélico a Ucrania y, más puntualmente, el impacto de las sanciones  impuestas a Moscú por el bloque y EE. UU. Ellas han encarecido el acceso de las naciones de la Unión Europea a los combustibles y la adquisición de materias primas como el trigo, lo que contribuyó a la inflación.

Según el Mapa Geopolítico de Sanciones del Observatorio Venezolano Antibloqueo, Rusia es el país más castigado con un 67 por ciento del total de casi 27 000 medidas punitivas vigentes hoy contra 30 naciones, lo que incluye a empresas y personas, y tiene un peso ineludible en las economías… aunque eso no figure en los récords elaborados por las instituciones. Tampoco se cuenta su carácter injerencista.

La aplicación de las medidas coercitivas unilaterales, siempre con fines políticos, constituye una estrategia de presión cuyo fin ha demandado insistentemente el sur. Ello constituye otra deuda para 2024.

El mundo también desea que en el año que llega, segundo de los enfrentamientos  en Ucrania, se despejen las vías que pongan fin al conflicto bélico.

Más multipolar

Pero 2023 también ha confirmado pasos importantes en el tránsito, iniciado ya y para algunos indetenible, hacia una multipolaridad que permitirá una vida más justa en el planeta.

El avance económico de China y su peso, junto a Rusia y pese a la guerra, en el otro platillo de la balanza frente a Estados Unidos y Occidente, horada su hegemonía y promete tiempos en que se seguirá escuchando, con renovada fuerza, la voz de los excluidos, más audible ya durante este año con la intensa actividad desplegada por el Grupo de los 77 y China, bajo la presidencia pro tempore de Cuba.

El declive del dólar como moneda casi única en las relaciones financieras internacionales ha dado paso a un comercio binacional que, en muchos casos ya, ha sustituido al billete verde por las monedas locales, lo que posibilita más diversidad y justeza en los intercambios, que no dependen entonces de la presencia del dólar en las, generalmente, menguadas reservas de los países emergentes.

Mientras, la potencialidad demostrada por el grupo Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), que inaugura este enero con la entrada de siete nuevos miembros, significa asideros que hacen más fuerte al sur.

Su Banco de Desarrollo constituye hoy una esperanza de apoyo a proyectos de cooperación que significan una colaboración auténtica, sin intromisión en las decisiones soberanas de las naciones beneficiadas, ni condicionamientos.

Habrá avatares. Sea el brindis por superarlos con éxito, y por lo bueno que hemos alcanzado.

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