LA exigente titular de la Comisión Europea, Úrsula Von Der Leyen, y hasta Donald Trump, deben estar de plácemes. Según cifras publicadas el jueves por la Alianza Atlántica con estimados que se basan en los datos recopilados hasta junio, por primera vez los socios del Viejo Continente y Canadá, conseguirán este año dedicar el dos por ciento de su PIB al rubro de la defensa.
El hecho es noticia que se considera récord histórico, porque desde 2014 estaba pendiente el cum-
plimiento de ese acuerdo y ocurre, además, cuando el Presidente de Estados Unidos les subió la parada a los europeos, de modo que en su más reciente cita cumbre de la OTAN, estos no tuvieron de otra que comprometerse a dedicar el cinco por ciento de su PIB a prepararse para las guerras, cuando este convulso mundo arribe a 2035.
El incremento de esa cota no ha sido solo una exigencia directa de Trump. Va de la mano con la conciencia que tienen ya en la UE de que Washington, al menos por ahora, no le sacará más las castañas del fuego.
El fracaso de Occidente —contando con una Casa Blanca entonces regida por Joseph Biden—, en el deseo de golpear a Rusia alimentando el deseo y las posibilidades militares de Ucrania para mantenerla en guerra, ha sido uno de los primeros
resortes para que los altos dirigentes del bloque se sientan no solo relegados en una negociación mediada por Trump en la que son ignorados. Además, se sienten débiles.
El retiro de la ayuda militar estadounidense para respaldar las acciones bélicas de Kiev ha conducido a Volodímir Zelenski a la mesa de conversaciones, aunque con reticencias, y ha demostrado a Europa que en lo adelante debe resolver sus problemas bélicos, sola.
Enarbolar el supuesto de una posible agresión de Rusia ha sido la justificación de titulares al estilo de Von Der Leyen o de Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, al llamar a sus vecinos a entregar más dinero para lo que es interpretado como el desarrollo de una nueva carrera armamentista.
En el mismo sentido se ubican las posturas del funcionario más directamente relacionado con este asunto, el holandés Marc Rutte, secretario general de la OTAN, quien este miércoles sumó a China al motivo de las «preocupaciones» con que promueve la producción de armas en Europa.
Durante una alocución cuando visitaba la planta de la empresa armamentística Rheinmetall en Unterluss, Alemania, Rutte afirmó que «Rusia y China están expandiendo sus ejércitos y capacidades a gran velocidad y habilidad»; según él, «con poca
transparencia» y «a un ritmo vertiginoso» para «asegurar esferas de influencia, proyectar
poder y socavar el orden internacional basado en reglas».
Sus estimaciones bien podrían aplicarse al socio mayor que bajo el mandato de Trump ha dejado a Europa con un palmo de narices, y no precisamente a Moscú y Beijing. Occidente no acaba de entender que sus políticas netamente agresivas o de asfixia económica, solo obligan a la contraparte a fortalecerse. Ellas, Rusia y China, sí están siendo obligadas a la defensa.
Casualmente, el «alerta» del jefe de la OTAN tuvo lugar cuando se difundía el anuncio de la visita de cuatro días que el presidente ruso, Vladímir Putin, realizará a China, considerada de antemano histórica, para un encuentro con su homólogo Xi Jinping que ampliará nexos concebidos bajo la convicción de ambos países de que su alianza es estratégica.
Pese a sanciones, guerras comerciales y amenazas a la seguridad territorial como la que combate Rusia frente al inicial deseo de la OTAN de emplazar sus tropas a las puertas de Moscú, dándole entrada a Ucrania a la Alianza, las dos naciones tiran del tren que ansiamos abordar todas las naciones del expoliado sur global. Ellas constituyen la mampara para debilitar los golpes imperiales contra la periferia, y son quienes impulsan la multipolaridad.
El que un prestigio analista mexicano, Alfredo Jalife-Rahme, ha llamado «grupo de los Dos», tiene la responsabilidad histórica de avanzar todavía más.