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45to. Festival del Caribe: Poesía, es decir, luz

Autor:

Reinaldo Cedeño Pineda

En su poemario El gran zoo (1971), Nicolás Guillén reservó unos versos para un animal enigmático y marítimo: «Tiene una cresta de cristal,/ el lomo azul, la cola verde,/ vientre de compacto coral,/ grises aletas de ciclón». Es El Caribe.

Esa mixtura de colores y espíritus, esa inquietud ciclónica, sacude cada julio las calles e instituciones de Santiago de Cuba. El Caribe se funde en sabores, saberes, sudores. El Festival del Caribe ha devenido olimpiada cultural, bajo la premisa de uno de sus dioses tutelares, Joel James, de que la independencia de nuestros pueblos pasa indefectiblemente por la defensa de su cultura popular y tradicional.

El Caribe, es visto aquí sin los designios geográficos de la estrechez, sino desde un pensamiento profundamente espiritual que puede aparecer en cualquier lugar del mundo.

Recuerdo la presencia, a mediados de los noventa del Nobel de Aracataca, Gabriel García Márquez. Entonces nos confesó que estaba orgulloso de su nación con orilla en dos océanos, pero que quería pensar que Colombia estaba en el Caribe, que era también el Caribe. Justamente la Fiesta del Fuego estuvo dedicada a la diversidad  cultural y étnica de Colombia.

Fue una hazaña organizar este convite en medio de todas las restricciones que conmueven a Cuba, pero tres días (3 al 5 de julio) bastaron para seguir con la esperanza en ristre. El Caribe no es tierra de melindres, sino de perpetuo cimarronaje.

El Salón del Caribe abrió su muestra en el mismísimo corazón de la ciudad, la Galería Oriente, frente al parque de Céspedes. Alberto Lescay, Premio Nacional de Artes Plásticas inauguró su exposición en la Casa del Caribe, matriz del Festival; mientras Fátima Patterson, Premio Nacional de Teatro, compartió las tablas con sus invitados. El Festival es vitrina de la academia y del folclor, artesa donde se mezclan la danza y la religiosidad popular, taller de las expresiones más arraigadas y de las más contemporáneas. 

Uno de los eventos con mayor arraigo es el Encuentro de Poetas del Caribe y el Mundo, que lleva justamente el nombre de Jesús Cos Causse, tributo a quien lo animó, a quien nucleó gente de todas partes durante tantos años. Porque memoria y poesía van juntos, en este 2026 se rindió homenaje a los ochenta años del natalicio de dos poetas imprescindibles, Marino Wilson Jay y Antonio Desquirón Oliva.

A quienes abren caminos, jamás les podemos olvidar.

La Casa Natal de José María Heredia conserva un aire especial. Su actual directora, Ericka Castellanos, ha hecho florecer los naranjos. En ese patio, los poetas siguen demostrando que la poesía es ala y cobija. Reunirse allí, en la sede de la Uneac o en la Librería Ateneo, para festejar la poesía, para decirla, para escucharla, es un acto de fe.

«Poesía es lo que nos salva», me dijo rotundamente una tarde la novia de Matanzas, Carilda Oliver Labra.

En esas rondas, uno puede encontrarse la poesía en hogares de ancianos y hospitales, en los versos de la navegante e  intelectual francesa Arelie Ondine Menninger, en los sacudimientos metafórico-musicales de Yori Andino, o en  Bocetos de una familia (Libertad Ediciones), el primer libro del joven y talentoso Claudio Cruz.

El actual coordinador del Encuentro, el poeta y editor León Estrada, declaró en las palabras de apertura que «la Poesía será testigo y argumento del tiempo que nos toca, porque hoy ya mañana será ayer y habrá que recordar la vida, siempre la vida, la que importa y late a la luz de la naturaleza, que no será escrita en lo oscuro, donde trabaja la maldad (…) No habrá fuerza humana o divina ni logaritmo ni inteligencia artificial que pueda con la Poesía ni con su verdad».

«Palabra de poeta» es el espacio para compartir de una manera plural, estilos y maneras de decir. Es un lugar de descubrimientos, un mosaico vivo. El verso libre, el rapto epigramático, la poesía filosófica, la décima. He sido partícipe de esta llama durante mucho tiempo y cada julio lugareños y foráneos, se las arreglan para avivarla. Jesús Cos Causse, el Quijote Negro, lo dejó escrito: «La poesía es la lámpara del mundo».

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