Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Te apoyo, pero no te obligo

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

Se despierta entusiasmada, aunque ese día de la semana pudiera dormir un poco más en la mañana. Anhela vestirse y permanece inmóvil mientras el pelo se le estira y se le recoge en una redecilla, minutos antes de colocar las zapatillas en sus pies.

Es solo una hora de clase, pero al salir no deja de hablar de lo que aprendió, de lo que la maestra aconseja, de la música que escuchó… Y la orientación es tácita: se debe practicar todos los días porque la clave del éxito radica en la disciplina, la constancia, el rigor. No basta con poseer condiciones físicas ideales, es vital la dedicación y en ello resulta imprescindible la familia.

Cabe preguntarse si la aspiración es que la niña sea bailarina renombrada o si ella misma lo sueña, pero realmente es pronto, quizá, para adelantarse a los acontecimientos. Lo importante, considero, es haber detectado interés, talento, ciertas condiciones innatas y propiciar el apoyo familiar para desarrollar esas virtudes.

Recuerdo entonces la conversación sostenida con la sicóloga Roxanne Castellanos Cabrera en 2015, quien con un grupo de estudiantes de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana realizó una investigación sobre el fenómeno creciente en el mundo de los niños «agendas completas» y los riesgos asociados a esa práctica.

Lo publicado en este diario el 22 de marzo de ese año sobre el tema generó muchos comentarios y correos de padres que, con buenas intenciones, no imaginaban que podían dañar el desarrollo pleno de sus hijos al propiciarles un aprendizaje en diversas materias en horarios extraescolares.

La especialista precisó que promover la realización de actividades que complementaran la formación del menor y le potenciaran una habilidad específica era positivo, pero alertó sobre el peligro que representa que no dispongan de tiempo libre para jugar e interactuar con sus semejantes, además de que, en muchas ocasiones, los padres persiguen sentirse plenos a través de la vida que les proporcionan a sus hijos, exigiéndoles el cumplimiento de expectativas elevadas, sin pensar en sus verdaderos intereses.

Obviamente no se debe llegar a los extremos. Por eso —y vuelvo al inicio de estas líneas— lo mejor es descubrir en el niño o la niña un verdadero interés con relación a determinada actividad y fomentar su desarrollo, siempre tomando en cuenta el disfrute del infante. Y justo en esa detección de cierta habilidad o talento radica el punto esencial de la familia, sin forzar lo que al menor no le interesa verdaderamente.

Cada músico, deportista, pintor, escultor y científico, entre otros profesionales, tuvieron a su lado familias que le acompañaron en la vida y sin las cuales, objetivamente, no hubieran podido lograr lo que en la adultez los anima a vivir. Y aquellos que dedicaron parte de su infancia o adolescencia a alguna de esas actividades y no llegaron a convertirlas en el centro de sus vidas, también aprendieron sobre el empeño y la disciplina que hay que agregarle a cuanta cosa hagamos, ampliaron su cultura y conocimientos, y valoraron una victoria tanto como una derrota.

Los estudios son fundamentales y eso no se discute. Añadirle al menor otras actividades extraescolares para su crecimiento personal es loable, sin exceder los límites saludables que le permitan compensar también esas experiencias que naturalmente deben tener en esa etapa de su vida. Ignorar las virtudes que posean y puedan «explotarse» es lamentable. Reflexionemos.

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