Por estos días, Adolf Hitler, el cabecilla del fascismo alemán, vuelve a ser noticia. El pasado 4 de noviembre, el Canal 4 del Reino Unido transmitió el documental Hitler’s DNA: Blueprint of a Dictator, basado en un estudio dirigido por Turi King, la arqueóloga y genetista que en 2012 identificó los restos del rey Ricardo III, el mismo que inspiró a William Shakespeare a escribir una de sus obras de teatro más famosas.
Ya sea para atraer nuevas audiencias o porque sinceramente se lo creen, el caso es que la transmisión de la película levantó su polvareda al anunciarse con datos que, según los despachos de prensa, iban a cambiar la Historia. Llegados a ese punto, cualquiera tendría el derecho a preguntarse: pasados 80 años y con tantas páginas escritas, con tantas películas filmadas y con tantos estudios hechos, ¿qué de nuevo nos iban a poner por delante?
Pero el caso es que sí. Que dicho y hecho, y a las pantallas de los televisores se fue el documental para revelar, a partir del material genético tomado del sofá donde se suicidó, que Hitler sufría del síndrome Kallmann, una rara enfermedad, la cual solo la padece uno entre 8 000 hombres y una mujer entre 40 000 a nivel mundial.
Según los especialistas, los efectos de la dolencia incluyen ausencia o retraso severo de la pubertad, niveles bajos de testosterona, un sentido del olfato poco desarrollado, testículos no descendidos y una mayor probabilidad de desarrollar un micropene u otras anomalías genitales.
Por demás, el estudio concluyó con una revelación que, ya en plena Segunda Guerra Mundial, sicólogos y siquiatras lo habían detectado sin examinar ADN alguno, y es que Hitler tenía un riesgo muy elevado de padecer esquizofrenia y trastorno bipolar. Solo que ahora la genética indica que la causa profunda de esos males estuvo en un trastorno hormonal, el cual puso a un individuo a compensar su fragilidad con los delirios de grandeza.
Y es aquí cuando, inevitablemente, aparece la otra pregunta: ¿pueden las anomalías biológicas explicar por sí solas la inclinación al sadismo, mostrada por numerosos individuos a lo largo del tiempo? En el caso de Hitler y el fascismo la interrogante se hace más sensible, cuando se recuerdan los millones de muertes ocurridas por sus decisiones; algunas tan cobardes como aquella de enviar a seres indefensos a las cámaras de gas.
Es posible que el punto en cuestión —y de ahí el motivo de tantos materiales— esté en el hecho de que la humanidad todavía permanece ante la encrucijada por descifrar cuál es el verdadero origen del mal. La pregunta nos ha acompañado a lo largo de los siglos y todo parece indicar que lo seguirá haciendo por un buen rato.
De hecho, ella fue una de las incógnitas que guio a los especialistas que trataron a los cabecillas nazis juzgados por el Tribunal Internacional de Núremberg entre 1945 y 1946. Para encontrar la verdad, sostuvieron largas conversaciones con los detenidos y les aplicaron cuantas pruebas de personalidad eran posibles hacer para al final descubrir la realidad más sencilla: no estaban locos, eran seres afectivos con las personas cercanas, confiables desde el punto de vista intelectual y con defectos posibles de encontrar en otras personas. Desde el punto de vista clínico eran unos tipos normales.
Entonces, ¿cómo llegaron a ser los monstruos que fueron? O, para mirarlo desde otro ángulo, ¿cómo un ser humano puede ser capaz de sepultar sus virtudes para terminar convertido en un demonio, capaz de arrasar con cuanto tiene delante para lograr sus fines?
Es muy probable que las repuestas terminen por encontrarse en muchas partes, pero sobre todo que ellas aparezcan al observar el bienestar o la desesperación de las sociedades. En los niveles auténticos de participación de sus ciudadanías y el diálogo honesto entre gobernantes y gobernados. En educaciones que privilegien la humildad y el respeto a los otros por encima de las arrogancias y las vanidades. En pensar un poco en los demás y no siempre en uno solo. Quizá, entonces, los progenitores no tendrían que llegar al punto de darle cuatro responsos a sus hijos, como tal vez en su momento ciertos padres debieron hacer con un individuo llamado Adolf Hitler.