Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cuando lo más grande se pierde

Autor:

Ana María Domínguez Cruz

 

Ella sufre todavía, aunque ha transcurrido más de un año. La comprendo. No sé si se aferró a demasiadas expectativas y por eso no supo ver, realmente, la esencia de él, pero lo cierto es que ya no puede confiar.

Cada vez que me habla del tema, recuerdo la canción Lágrimas de soledad, de Danay Suárez, al sentenciar: «Cuando la confianza se pierde, no solo se pierde la confianza, lo más grande se pierde…Cuando las mentiras te duermen, no existen palabras que te vuelvan a hacer fuerte». ¿Acaso es posible reconstruir la confianza que alguna vez existió?, me pregunto, y no solo pienso en las parejas que han vivido ese sinsabor, sino también en los amigos y compañeros de trabajo. 

La confianza es uno de los pilares fundamentales de las relaciones humanas, por eso cuando se rompe, debido a una mentira o una traición, no es posible imaginar qué sucederá después, al menos no rápidamente, porque para restaurar la confianza, el camino es arduo y requiere esfuerzo de ambas partes.

Es importante entender que confiar en alguien implica sentir seguridad en su palabra, acciones e intenciones. Una mentira o un acto de traición puede quebrar este sentimiento, dejando en su lugar incertidumbre, dolor y desconfianza. Ante una situación así, muchas personas optan por terminar la relación, del tipo que sea, ya que sienten que recuperar esa conexión genuina es imposible. Sin embargo, no siempre tiene que ser el final.

Lo primero es admitir la responsabilidad. Es crucial que la persona que incurrió en la mentira o traición reconozca su error sin intentar justificarlo ni minimizarlo. Creo que es un acto de humildad y honestidad que abre una puerta para iniciar el diálogo. Al mismo tiempo, la parte afectada debe ser honesta sobre sus emociones, expresando de manera clara cómo se sintió y cuáles son las consecuencias de ese acto.

Entonces, se supone que luego exista un compromiso hacia un cambio, y que se traduzca en acciones concretas, no solo en una disculpa o una promesa. Eso sí, hace falta paciencia, porque de la noche a la mañana no se restablece lo que se destruyó, y quien sufrió el desagravio necesita reafirmaciones constantes para volver a creer. Las heridas emocionales necesitan tiempo para sanar.

Incluso, en el ámbito profesional, la confianza sigue siendo necesaria para trabajar en equipo. La capacidad de redimirse y restaurar la credibilidad puede depender mucho de los resultados tangibles y la profesionalidad demostrada.

Sin embargo, ella me dice que no podrá recuperar la confianza. Y la comprendo. Hay casos en los que, pese a todos los intentos, la confianza se torna irrecuperable. Hay mentiras o traiciones tan profundas que el daño emocional es irreparable. En estos escenarios, lo más saludable puede ser aceptar que la relación ha cambiado definitivamente y buscar maneras de avanzar, incluso si ello significa dejarla atrás.

Y sé que no se trata de predisposición alguna, al contrario. Ella quería perdonar, aunque no olvidara. Ella sabe que la confianza sí puede reconstruirse, pero es muy difícil, sobre todo porque lo consensuado en un principio se violó tácitamente, sin pensar en las consecuencias. Ya ni siquiera es el rencor lo que la inunda, sino la desilusión.

No puedo aconsejarla, nadie puede. Se trata de un gran desafío al que no todas las personas logran sobrevivir, y trazar un nuevo camino de entendimiento y respeto. En todo caso, solo me queda decirle, desde mi humilde opinión, que también ella puede cargar con cierta dosis de responsabilidad. No de la traición de la que fue blanco, sino de esa imagen perfecta que colocó en los hombros de aquel. ¿Quién dijo que alguien lo es? Sé que nadie espera un golpe de ese tipo, pero cuando pensamos que alguien es «lo mejor y más grande del mundo», ya estamos dando por sentado que jamás se equivocará, y eso solo está en nuestra mente.

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