Nací a finales del siglo XX, en los difíciles años del período especial. Tras el derrumbe del campo socialista soviético nos habíamos quedado solos, con las herramientas gastadas de un país que intentaba mantenerse en pie mientras aprendía a caminar sobre los escombros.
En aquella época, cuando muchas cosas comenzaron a faltar, mi padre encontró un oficio al que entregó toda su energía. Con las cabillas que otros usaban para levantar paredes, él hacía herraduras y clavos. El hierro destinado a sostener el concreto terminaba convertido en el mecanismo para alimentar a la familia. Nunca lo escuché quejarse, desear otro oficio, aunque estoy convencido de que en el fondo hubiese querido ser maestro, médico o historiador.
Recuerdo que se levantaba bien temprano y con él despertaba todo el barrio. El martillo daba en el yunque con tal fuerza que parecían campanadas anunciando la lucha de un hombre contra las necesidades de su tiempo.
Aquellos pedazos de hierro moldeado sobre las patas de los caballos eran verdaderas obras de arte. Los animales se impacientaban mientras mi padre contraía sus músculos para inmovilizarlos y ponerles firmes en los cascos las herraduras con las que podrían tirar a toda fuerza su galope contra el terreno empedrado.
Lo recuerdo sudado, con las manos ásperas y negras de carbón. Recuerdo las chispas, que saltaban como pequeñas estrellas heridas y le quemaban los pelos de los brazos. Hasta bien entrada la noche, cuando las casas comenzaban a cerrarse una por una, seguían escuchándose los golpes del metal siendo domado por sus manos.
Eran los años 90 y el país parecía vivir esperando el próximo golpe. Para ayudarnos a entender aquel tiempo, Fidel Castro aparecía en la televisión y hablaba durante horas sobre los mecanismos de la sobrevida. A mí me molestaba que interrumpieran los dibujos animados para transmitir por los dos canales —los únicos dos canales— aquellos discursos que, desde mi edad, parecían interminables.
Recuerdo cómo mi padre dejaba a un lado lo que estuviera haciendo para sentarse frente al televisor a escucharlo. Una fila enorme de personas esperaba por su trabajo y él allí, inamovible frente a aquel televisor pequeñísimo, escuchando a Fidel hablar sobre cómo todos juntos debíamos luchar para salvar a Cuba.
De esa época lo único que lamento es haber sido muy niño para entender la dimensión de aquel hombre que iba de un sitio a otro ordenando los destinos de la humanidad. Sin embargo, y muy a pesar de los intereses de cada uno de los miembros de nuestra familia, cuando Fidel aparecía en televisión, en la casa no se hacía otra cosa que escucharlo.
A mi padre nunca le interesó la política. En el pequeño pueblo donde vivíamos había preocupaciones más urgentes: sembrar, reparar cosas, construir, buscar qué poner sobre la mesa cada día. Pero mi padre, como casi todos los hombres de aquel pueblo, tenía un líder.
No porque esperara que le resolviera la vida. Él tenía demasiados callos en sus manos como para creer que alguien podía trabajar por él. Lo admiraba porque encontraba en aquel hombre la misma obstinación y voluntad que reconocía en los hombres de campo.
Una tarde le oí decir que cuando Fidel no estuviera íbamos a echar de menos su impaciencia y sus discursos. Dijo, además, que el pueblo se llenaría de ausencias. Siempre me quedó la duda de por qué mi padre mencionaba lo de las ausencias.
Los años fueron dejando espacios vacíos en el pueblo. Se fueron los muchachos de mi generación y con ellos el sueño de juntar nuestros niños en el parque. Luego se fue mi padre, sus amigos y los amigos de sus amigos, el yunque y el martillo con el que rompía el silencio de la alta noche.
También se fue Fidel. Y creo que de algún modo todo tuvo que ver con su ausencia. Ahora el televisor de la casa tiene muchos canales, y en algunos, de vez en cuando, ponen fragmentos de sus discursos. Me quedo mirando como quien espera un milagro. Con la sensación de que me observa a poca distancia anhelando que también sea yo, como él a mi edad, protagonista de la obra buena.
Antes de que Fidel faltara, también faltó Martí. La historia de Cuba está llena de generaciones que tuvieron que aprender a levantarse tras la ausencia del líder. En definitiva, las luchas por el bien común de los hombres no pertenecen únicamente a quienes las han iniciado.
Cien años después del nacimiento de Martí, Cuba parecía caminar entre sombras. Una nación cansada y sometida buscaba respuestas mientras el futuro parecía demasiado abrupto. Algunos jóvenes interpretaron el centenario del Apóstol como una señal. Una manera de recordarle a esta isla que las ideas no están condenadas a desaparecer cuando desaparecen los hombres que las pronuncian.
Entre esos jóvenes estuvo ese Fidel que conocí en la herrería de mi padre, en aquel hombre sencillo que cada mañana encendía la fragua y convertía pedazos de metal en obras de arte.
Fidel, que también hoy llega a su centenario, que desde algún sitio espera impaciente que los de mi generación apuesten todas sus fuerzas para idear mecanismos y salvar a Cuba. Porque Cuba solo podrá salvarse mientras encuentre jóvenes dispuestos a doblegar el hierro y ser protagonistas de la obra buena.