A poco de la aprobación del mayor proceso de reformas emprendido en Cuba desde 1959, uno de los grandes retos para el país parece seguir siendo el famoso cambio de mentalidad, algo que no resuelven los decretos, por más evolucionados que parezcan.
Semanas atrás, el 26 de junio, el colega Humberto Fuentes alertaba desde Matanzas en atinado comentario, publicado en el sitio digital Girón (Un puente sobre el río revuelto), que las transformaciones están chocando inicialmente contra formas de pensamiento estancado y arcaico, contra cerebros que ven en el progreso del sector privado a un enemigo, una amenaza o un posible «atropellador».
Sería ingenuo ignorar que durante décadas hubo ciertas tendencias a mirar los bolsillos individuales abultados como un pecado casi capital, aun cuando la riqueza hubiera llegado del emprendimiento honesto o el trabajo creador.
Esos recelos condicionaron a muchos, que crecieron con la idea de que la prosperidad personal era una mancha en el expediente de la igualdad, y el esfuerzo privado una especie de herejía. Por suerte —o por desdicha—, el tiempo y la necesidad se han encargado de desmentir tales preceptos, aunque no de desterrarlos.
Ahora están sobre la mesa numerosas transformaciones —concebidas en medio de un tremendísimo recrudecimiento del bloqueo—, que traen riesgos no menores y cargan con el lastre mental ya mencionado. Entre esos cambios se encuentran la apertura de las casas de cambio a la iniciativa privada, la autorización para crear grandes empresas, la inversión privada en la distribución de combustible, la reforma de la vivienda que permite a los ciudadanos ser propietarios de hasta dos viviendas, el redimensionamiento de los ministerios, la autonomía inmensa que se le otorga a la empresa estatal para fijar sus propios salarios y «búsquedas», la eliminación de los topes de precio...
Si bien la metamorfosis mental tiene que calar en las grandes masas para que las reformas comiencen a demostrar cuán efectivas son o no, también es verdad que los decisores necesitan creer que las medidas no son obligatoriamente infalibles; que pueden echarse atrás cuando no estén dando los resultados; que pueden rectificarse. Eso también va ligado al cerebro: ser flexibles, prácticos, abiertos.
Más de una vez, en el largo camino de la construcción de la «nueva sociedad», hemos visto que un desacierto se ha mantenido a contrapelo de las turbonadas sociales y la voz popular.
De hecho, estas líneas pretenden alertar modestamente que la rigidez es un lujo que este país no puede permitirse en medio de este inédito proceso de cambios. Porque las reformas, por más audaces que sean, no son un fin en sí mismas, sino herramientas para que la vida de los ciudadanos mejore al fin.
Aquel concepto fidelista de «cambiar todo lo que deba ser cambiado» también debería aplicarse en este dificilísimo camino que ha tomado la nación, y eso implica, por supuesto, la rectificación antes de la inflexibilidad, la comprensión de la realidad por encima de los dogmas, la mente abierta primero que el «esto es así».
En todo caso, el cambio de mentalidad no debería resultar una opción, sino la condición para que estas transformaciones no terminen siendo desencantos, promesas o ilusiones. Y claro que hemos de distinguir entre lo que sirve y lo que estorba, entre lo que se puede corregir y lo que ha de descartarse.
¿Podrá Cuba, esta vez, desmontar la telaraña de sus propias certezas y caminar sin miedo hacia lo que no conoce? No hay una respuesta segura, porque el futuro no se escribe con decretos, sino con la manera en que aprovechemos el tiempo y la oportunidad.
La historia —vale recordarlo— no la escriben los que nunca se equivocan, sino los que aprenden a rectificar, a arriesgarse y a pensar en grande.