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El láser que desnudó al Amazonas

Nuevos mapas trazados con pulsos de luz desde el aire revelan que el Amazonas albergó sociedades con millones de personas. El hallazgo de la civilización Aquiry y las ciudades jardín del Upano entierra por fin la idea de una selva prístina y vacía

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

El Amazonas ya no guarda sus secretos bajo llave. Una cortina de rayos láser rasga hoy el dosel verde para mostrar lo que siempre estuvo allí: ciudades de barro, plazas simétricas y caminos de tierra apisonada que se extienden hasta el horizonte. Durante siglos, la narrativa oficial dibujó esta cuenca como un «paraíso falsificado», un vasto desierto verde donde el suelo pobre prohibía cualquier sueño de grandeza social. No obstante, los datos que arroja la tecnología LiDAR —acrónimo de Light Detection and Ranging— fracturan esos cimientos y obligan a reescribir la historia del continente americano.

Martti Pärssinen, arqueólogo de la Universidad de Helsinki, relata, en un reciente estudio de la revista Nature, un descubrimiento que deja sin aliento a la comunidad científica. Bajo los espesos bosques de Acre, en Brasil, late el corazón de la civilización Aquiry, una red multicultural de comunidades que floreció entre el año 600 a.n.e. y 850 d.n.e.

Los mapas láser no mienten: lo que antes se creía un bosque virgen resulta ser un inmenso jardín abandonado, una obra de ingeniería humana a escala continental.

Radiografía de una metrópolis invisible

La tecnología LiDAR funciona como una radiografía de alta precisión. Desde aviones que vuelan a baja altura, miles de pulsos de luz rebotan contra el suelo y filtran la vegetación para generar modelos tridimensionales del terreno. El resultado posee un rigor absoluto. Según narra el medio ScienceAlert, donde antes los satélites ópticos solo identificaban 30 estructuras, el láser detectó 156. En total, se han localizado ya cerca de 400 geoglifos vinculados con los Aquiry: recintos geométricos con fosos que alcanzan los cinco metros de profundidad.

Estas estructuras no son caprichos estéticos. La civilización Aquiry —un nombre que los pueblos indígenas actuales daban al río Acre— construyó centros ceremoniales donde se celebraban festividades, asambleas políticas y certámenes atléticos.

Lo más asombroso reside en la demografía. Mientras que los modelos antiguos sugerían una presencia humana casi imperceptible, las nuevas proyecciones sitúan la población de este territorio entre el millón y los tres millones de personas. Si se extrapolan estos datos al resto de la cuenca, surge la posibilidad de que el Amazonas albergara a decenas de millones de habitantes antes de la llegada de los europeos.

Este urbanismo no se limita a Brasil. En el Valle del Upano, en las estribaciones de los Andes ecuatorianos, el arqueólogo Stéphen Rostain —director de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia— ha documentado un sistema de ciudades jardín que rivaliza en complejidad con los asentamientos mayas.

Rostain confiesa a la revista Science su sorpresa ante la magnitud del hallazgo: más de 6 000 plataformas de tierra alineadas a lo largo de calles hundidas y conectadas por carreteras que recorren decenas de kilómetros.

Múltiples evidencias de los Aquiry en la amazonía. Foto: Nature

Arquitectos de un suelo eterno

¿Cómo pudo tal cantidad de gente sobrevivir en una selva de tierras ácidas? La respuesta se oculta en el suelo mismo. Los antiguos amazónicos eran los arquitectos de la selva en que habitaban. La famosa Terra Preta de Índio constituye el mayor legado tecnológico de estas culturas. Surge como un tipo de suelo oscuro y fértil creado por la actividad humana a lo largo de milenios. Al mezclar carbón vegetal, desechos orgánicos y fragmentos de cerámica, los indígenas transformaron tierras estériles en huertos capaces de sostener tres cosechas anuales.

Este manejo forestal no terminó en el suelo. Los investigadores han identificado 53 especies de árboles domesticados, cuya presencia en la selva actual coincide de forma exacta con la ubicación de las antiguas obras de tierra. El cacao, la castaña de Pará y el pijuayo no crecen de esa forma por azar; son la herencia de arquitectos forestales que promovieron la dispersión de plantas útiles. La selva, por tanto, encarna un sistema socioecológico antiguo, un paisaje que incrementó su biodiversidad, gracias a la mano del hombre en lugar de sufrir una degradación.

William Denevan, geógrafo de la Universidad de Wisconsin, define esta revelación como el fin del «mito prístino». En 1492, el Amazonas no era una naturaleza virgen, sino un territorio poblado y transformado con rigor. El paisaje que encontraron los primeros exploradores del siglo XVIII —vacío y salvaje— representaba en realidad una fase de recuperación, tras una catástrofe demográfica provocada por las enfermedades del Viejo Mundo.

El síncope de las Américas

Pese a su poderío, la civilización Aquiry desapareció de forma súbita alrededor del año 850 de nuestra era. Los arqueólogos subrayan con asombro que este colapso coincide con el declive de la civilización maya clásica y de las culturas Tiwanaku y Wari en los Andes.

La causa más probable, según explica el portal La Brújula Verde, apunta a variaciones drásticas en el sistema del monzón de América del Sur que desencadenaron megasequías severas en todo el continente.

Para una sociedad que dependía de la agricultura intensiva de maíz y mandioca, la falta de lluvia resultó fatal. El hambre minó el prestigio de los jefes, cuyas alianzas se fragmentaron ante la escasez. Sin embargo, los Aquiry no se extinguieron del todo. Sus herederos —como el pueblo indígena Apurinã— mantienen vivas tradiciones orales que hablan de aquellas grandes asambleas en los geoglifos. Estas historias, que durante siglos se tildaron de leyendas salvajes, poseen hoy el respaldo de los datos históricos.

El pasado amazónico lanza ahora un aviso urgente al presente. Eduardo Neves, arqueólogo de la Universidad de São Paulo, advierte a través del diario El Litoral que este patrimonio corre un riesgo de destrucción total, debido a la expansión de la soja y la ganadería mecanizada. Cada geoglifo borrado por una excavadora constituye la pérdida de una lección de sostenibilidad milenaria.

El Amazonas figura hoy no solo como un pulmón para el planeta, sino como un archivo vivo de cómo una población masiva puede prosperar en armonía con el bosque, sin reducirlo a cenizas. Escuchar a las naciones indígenas actuales y proteger los restos que el LiDAR ha puesto al descubierto, representa nuestra última oportunidad de salvar un futuro que ya fue posible hace 2 000 años.

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