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Las vitales enseñanzas de Framingham

En 2018 un estudio muy importante cumplió 70 años. Él se erige como una de las contribuciones epidemiológicas más trascendentales sobre las enfermedades cardiovasculares

Autor:

Julio César Hernández Perera

En las primeras décadas del siglo XX un mal empezaba a tomar visos de epidemia al ser una de las principales causas de muertes y, crecientemente, a edades más tempranas. Nos referimos a las enfermedades cardiovasculares.

Sabemos que existen factores (de riesgo) que favorecen el aumento de estos males. Son el sedentarismo, la obesidad, el hábito de fumar, los malos hábitos dietéticos, y el inadecuado control de la diabetes mellitus y de la hipertensión arterial. Hace siete décadas se desconocían dichos factores. Los médicos de antaño se veían forzados a aceptar la derrota frente a una muerte prematura por enfermedades del corazón en muchos de sus pacientes.

La muerte de Roosevelt

Una de las personalidades de la historia que padeció de enfermedades cardiovasculares sin conocer qué factores impulsaban el acelerado desarrollo de este mal que finalmente lo llevaría a la muerte, fue el presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt (1882-1945). Él padecía de insuficiencia cardiaca y su fallecimiento sirve para ilustrar el grado de desconocimiento que a mediados del siglo XX existía acerca de este grupo de afecciones.

Se ha documentado cómo en muchas oportunidades se le probaron al citado Presidente cifras muy elevadas de tensión arterial —consideradas en aquel entonces como normales— y que nunca fueron tratadas. Tal fue la falta de comprensión de las afecciones cardiovasculares, que al año de ser elegido como Presidente en su último mandato se eligió como médico personal a un otorrinolaringólogo (médico que se ocupa de las enfermedades de la garganta, la nariz y los oídos). Se pensaba que los dolores de cabeza y la sinusitis serían los principales padecimientos que podrían limitar a Roosevelt en su vida política y social.

Entre 1935 y 1941 se hacía evidente para muchos el deterioro físico del Presidente norteamericano. Sin embargo, su médico personal insistía en que era sano a pesar de experimentar un aumento gradual y mantenido de la presión arterial.

El 27 de marzo del año 1944 fue ingresado por falta de aire al realizar pequeños esfuerzos. Fue un joven cardiólogo, el doctor Howard G. Bruenn, quien advirtió que el paciente tenía más de 180/100 milímetros de mercurio (mmHg) de tensión arterial, le parecía ligeramente cianótico y que el corazón de Roosevelt, visto a través de una radiografía de tórax, estaba muy agrandado. El diagnóstico emitido esta vez fue «hipertensión arterial, enfermedad cardiaca hipertensiva e insuficiencia cardiaca».

Sin embargo, pocas opciones terapéuticas efectivas pudieron ser ofrecidas. El presidente Roosevelt murió el 12 de abril de 1945, a la edad de 63 años, de una hemorragia cerebral con una presión arterial de 300/190 mmHg. Al igual que muchos otros estadounidenses, había sucumbido a la nueva «epidemia de enfermedades cardiovasculares».

Se asegura por muchos investigadores que aquel evento desafió a las autoridades sanitarias y fue determinante en la creación del estudio del corazón de Framingham, en 1948.

Framingham

A raíz de la muerte del Presidente norteamericano se diseñó un estudio epidemiológico del corazón que debía durar 20 años. Después de valorar varios lugares, se abogó finalmente por la realización del estudio en la ciudad de Framingham, localizada al norte de Massachusetts.

Esta urbe fue escogida por su población estable y la proximidad geográfica con la Escuela de Medicina de Harvard. Además, dos décadas antes, los residentes de esa localidad habían colaborado exitosamente en un estudio de tuberculosis.

El 11 de octubre de 1948 el estudio examinó oficialmente a su primer participante y de este modo se sentaron las bases para el seguimiento de los estilos de vida e historial médico a lo largo del tiempo en personas (aparentemente) sanas, con el fin de detectar precozmente las enfermedades cardiacas.

Entre 1948 y 1952 el estudio reclutó a 5 209 personas, entre 28 y 62 años, y las mujeres conformaron más de la mitad de todos los participantes. Habría que resaltar este último dato si se tiene en cuenta que la inclusión de mujeres en el estudio contrastó con estudios epidemiológicos precedentes que llegaban incluso a excluir a las féminas.

Los primeros hallazgos importantes del estudio se publicaron en 1957, casi una década después de iniciada la investigación. En esta publicación se definió la hipertensión como una presión arterial sistólica (conocida popularmente como máxima) y diastólica (presión mínima) mayor o igual a 160 y 95 mmHg, respectivamente.

Se encontró, además, como los pacientes hipertensos, comparados con los no hipertensos, tenían un riesgo cuatro veces superior de padecer una enfermedad coronaria. Unos años más tarde notaron que el derrame cerebral también era una consecuencia importante de la presión arterial alta.

Este estudio contribuyó de manera importante al cambio en la forma de enfrentar un problema, dirigido ahora principalmente a la prevención, sobre todo en aquellas personas con riesgos. De hecho, el término «factor de riesgo» fue popularizado en el argot médico a raíz de los resultados de las primeras investigaciones emprendidas en esta investigación.

A los 20 años el estudio no culminó, como se tenía planificado, por lo que en 1971 se reclutó a una segunda generación, con hijos e hijas (y sus cónyuges) del estudio inicial. En 2002 se incorporó una tercera generación. Después de cumplir 70 años, el estudio continúa, con mayor interés y fuerza en fenómenos relacionados con el apasionante campo de la genética.

Hoy las enfermedades cardiovasculares ocupan el primer lugar en mortalidad en casi las dos terceras partes de la población mundial. Cuba no escapa a esta situación y por eso se realizan igualmente en la Isla estudios de promoción y prevención como la Tercera encuesta de factores de riesgo de enfermedades no transmisibles y actividades preventivas realizadas en el período de 2010 a 2011, con el fin de reducir en la población cubana la carga de mortalidad, morbilidad y discapacidad asociadas a enfermedades como las cardiovasculares.

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