La nueva adaptación de las novelas de A. J. Quinnell llega a Netflix con un protagonista roto por la guerra, un Río de Janeiro convertido en personaje y un motivo central: ¿qué ocurre cuando los héroes de acción ya no pueden ocultar sus heridas?
Durante décadas, Hollywood encontró una fórmula infalible para fabricar héroes. Bastaba con un hombre armado, una tragedia personal y una lista de enemigos por eliminar. El dolor era combustible. La violencia, la respuesta. Y el público salía «satisfecho» cuando el protagonista terminaba su misión.
John Creasy siempre perteneció a esa tradición. Lo hizo en las novelas de A. J. Quinnell y en la adaptación de Tony Scott de 2004, donde Denzel Washington convirtió al personaje en una máquina de venganza tan implacable como atormentada.
La sorpresa de Man on Fire (Hombre en llamas), la serie estrenada por Netflix en abril último, consiste en que no intenta repetir aquella fórmula. La utiliza como punto de partida para hablar de algo distinto.
Esta vez el fuego no está en las explosiones, sino dentro del protagonista. Interpretado por Yahya Abdul-Mateen II (Wonder Man), Creasy aparece desde el primer episodio como un hombre derrotado. Un operativo de élite marcado por una misión fallida, incapaz de convivir con sus recuerdos, y atrapado en un trastorno de estrés postraumático que ha destruido cualquier posibilidad de vida normal. La serie dedica buena parte de su tiempo a mostrar esa caída antes de ponerlo nuevamente en movimiento. No es una decisión casual.
En los últimos años, las plataformas productoras de series han comenzado a desmontar el modelo clásico del héroe de acción. Personajes como Jack Reacher, Frank Castle o Joel Miller siguen siendo hombres capaces de ejercer violencia extrema, pero las historias se interesan cada vez más por las consecuencias sicológicas de esa violencia. Creasy forma parte de esa evolución.
Kyle Killen, creador de la serie, decidió alejarse de la película de Tony Scott y construir una adaptación más cercana al drama emocional que al espectáculo de acción. Su intención declarada fue encontrar la misma verdad emocional de la historia por caminos diferentes.
El resultado se nos presenta un tanto divisorio.
Por un parte, se espera una sucesión de persecuciones, tiroteos y venganzas espectaculares, muy al estilo de lo que proponen las novelas y la película previas. En cambio, nos encontramos con una serie más lenta, interesada en la culpa, el duelo y la redención. Aunque es una apuesta que tiene su valor, el ritmo se resiente y la narrativa pierde intensidad frente al largometraje de 2004. Pero esto, quizá, oculta el aspecto más interesante de la producción.
En la película protagonizada por Washington, Ciudad de México era el escenario de una historia sobre secuestros y violencia urbana. La serie traslada la acción a Río de Janeiro. El cambio, en apariencia geográfico, en realidad es político.
Las favelas, las diferencias sociales extremas y la coexistencia entre riqueza y exclusión forman parte del relato. Río deja de ser una simple postal para convertirse en un espacio donde la violencia tiene raíces económicas y sociales visibles.
No significa que la serie logre escapar por completo de los viejos problemas de representación. Más bien reproduce estereotipos habituales sobre Brasil y las favelas latinoamericanas.
Sin embargo, la producción intenta otorgar al entorno una presencia que va más allá de la decoración exótica. La fotografía de Alejandro Martínez y Paula Huidobro utiliza grandes panorámicas urbanas, contrastes de luz y espacios cerrados para construir una sensación constante de amenaza.
Se trata de una estrategia frecuente en la televisión contemporánea: convertir la ciudad en un personaje más. Lo hicieron Narcos con Medellín, Gomorrah con Nápoles o Top Boy con Londres. Man on Fire intenta hacer algo similar con Río, aunque con resultados irregulares.
La verdadera fuerza de la serie no está en su conspiración criminal ni en sus escenas de acción. Se encarna en la manera en que observa a Creasy.
Yahya Abdul-Mateen II evita copiar a Denzel Washington. En lugar de reproducir aquella mezcla de dureza y carisma, construye un personaje más vulnerable, aislado y menos seguro de sí mismo. Su interpretación sostiene gran parte de la temporada, incluso cuando el guion pierde impulso. La decisión encaja con una transformación cultural más amplia.
Durante décadas, el cine de acción presentó hombres que sobrevivían a cualquier trauma sin consecuencias visibles. La televisión contemporánea parece interesada en lo contrario: personajes que continúan adelante pese a las cicatrices. Creasy ya no aparece como un héroe que busca venganza. Intenta reconstruirse.
Por eso, la relación con Poe, la adolescente a la que debe proteger, ocupa el centro emocional de la historia. La serie insiste en presentar ese vínculo como una forma de paternidad sustituta y como una oportunidad de redención para ambos personajes.
No siempre funciona. La química entre ambos está lejos de alcanzar la intensidad que lograron Denzel Washington y Dakota Fanning hace más de 20 años.
Pero, incluso, en sus momentos menos convincentes, la serie deja claro su objetivo. No quiere que admiremos a Creasy. Quiere que entendamos cuánto le cuesta seguir viviendo. Esa diferencia puede parecer pequeña. No lo es.
Habla de cómo han cambiado las historias de acción y nuestra forma de mirar a sus protagonistas. Los héroes invencibles todavía existen, pero cada vez resulta más difícil creer en ellos. Las audiencias contemporáneas parecen interesadas en otra cosa: personajes que sangran, dudan y se rompen.
Man on Fire no siempre encuentra el equilibrio entre thriller, drama sicológico y comentario social. Tampoco alcanza la fuerza cultural de la película que inevitablemente la persigue.
Pero deja una cuestión interesante. Si el héroe clásico se definía por su capacidad para destruir enemigos, ¿qué ocurre cuando la batalla más difícil sucede dentro de él?