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El mapa de la infidelidad

Es imposible achacar la infidelidad a un único detonante y se habla más bien de vertientes, asociadas a emociones que en unas personas llevan a ese desenlace y en otras no: depende de la madurez y motivación de quien las atraviesa

Autor:

Mileyda Menéndez Dávila

A raíz de una consulta publicada en la columna Pregunte sin pena hace pocas semanas, un joven lector nos escribió para confesar que no se decide a formalizar relaciones con nadie por miedo a que lo traicionen.

La infidelidad es un mal de familia, dice él, y como no quiere ser ni víctima ni victimario, ha elegido por norma no intimar con ninguna muchacha, más allá del ocasional encuentro erótico de una vez y «si te he visto ni me acuerdo».

Pero ya pasa las tres décadas de vida y le gustaría tener hijos, además de una compañera con quien disfrutar ilusiones y proyectos. Quiere lo bueno de la estabilidad conyugal sin correr riesgos, dice, y está consciente de lo irracional de ese deseo, pero es como una obsesión para él: «Ando a la búsqueda de un tesoro cuyo mapa me avise dónde pudiera estar lo que más temo».

Si interpretamos bien su metafórico pedido, este joven granmense quiere saber los marcadores más probables de traición para evitarlos a toda costa, en el caso de que encuentre una persona con la que compartir su existencia.

Nuestra primera observación para él es que tendría más sentido poner su energía en las razones por las que se uniría a alguien (amor, gusto, interés, buena compañía…), pero ya que le asusta tanto la infidelidad, aquí le van las causas más comunes en relaciones más o menos estándares, si es que eso existe en el gran mosaico de la sexualidad humana.   

Empieza por ti  

Aunque la sicología moderna suele apoyarse en las estadísticas para predecir conductas y diseñar terapias, sus acciones parten del principio de que cada persona, pareja y familia son mundos dinámicos muy diferentes.

Por eso es imposible achacar la infidelidad a un único detonante y se habla más bien de vertientes, asociadas a emociones que en unas personas llevan a ese desenlace y en otras no: depende de la madurez y motivación de quien las atraviesa. Esas serían las pistas a evitar en el mapa de nuestro lector.

Tomemos como primera causa la ira en todas sus variantes: enojo, despecho, rabia, frustración… y su consabido remedo de antídoto, que es la venganza. Si tu pareja te hirió con una traición previa, o con maltratos de cualquier naturaleza, es más fácil que te prestes para una conducta dañina a sus valores, e incluso planees una confesión para humillarle.

Esa ira puede ser sorpresiva o estar precedida por otra causa: la sensación de negligencia. Si tu pareja te ignora, no te incluye en su cotidianidad, no toma en cuenta tus criterios o minimiza tus logros, tu autoestima puede verse afectada y es más probable que reacciones favorablemente a los requiebros de un tercero que basa su estrategia de conquista en levantarte el ánimo y llenar tu vacío emocional.

Esto nos lleva a las siguientes dos causas, falta de amor y falta de compromiso. La ecuación es simple: si no ves que te aman como esperabas, o si cualquier otra cosa tiene más prioridad que tú (trabajo, hobby, mascota, amistades…), la voluntad de ser siempre fiel se erosiona. ¿Cómo mantener tu lealtad a quien no ofrece lo mismo? Esa es una relación con fecha temprana de caducidad.

Igual puede pasar que ambos no estén en la misma página y en ese caso deberían revisar su libro de vida juntos. ¿Tienen claras las reglas y límites desde el principio? ¿Su relación tiene nombre (noviazgo, matrimonio, aminovios…) o es algo indefinible que solo uno de los dos valora? ¿La exclusividad sexual quedó pactada desde el principio o se dio por hecho?

De todas formas, hay otras causas que no están en el terreno del otro, sino de quien comete la falta, como un deseo sexual que no se agota en la relación, por cantidad o por variedad, e incluso porque los tabúes impiden satisfacer con la pareja fantasías que se consideran inapropiadas (las parafilias). En estos casos la persona no siente que traiciona, solo «complementa» su vida sexual, sin restar amor o devoción a su familia.

Están también los factores situacionales, como la embriaguez, un viaje a un sitio inspirador, un gran susto o el estrés de la vida cotidiana (sobre todo si es monótona). En estos casos el deseo nace de la adrenalina, más que de la empatía, y es una infidelidad «a medias» para quien la comete, porque no hay sentimientos que enganchen y prolonguen la traición. 

De igual modo, hay quien usa las aventuras para nutrir su ego, para sentir que alguien más le desea, para aprender nuevas técnicas y sorprender en casa… Aunque a veces se arrepientan de esos devaneos, no los evitan, y mientras no se enganchen con nadie, pasan a la siguiente infidelidad, física o de coqueteo virtual, como si se tratara de un deporte.

Las estadísticas dicen que una de cada cuatro parejas ha pasado por un triángulo erótico o amoroso, y menos de la mitad de esas situaciones salen a la luz, así que preocuparse por el mapa minado es como apostar al galgo perdedor.

Las mujeres suelen perdonar con más frecuencia, pero también lo hacen muchos hombres, siempre que el hecho no sea muy notorio entre sus amistades o colegas, y obtengan ciertas garantías de no repetición.

En estos tiempos de redes digitales, es más abundante el engaño virtual que el físico, con el agregado de que se pueden tener a la vez más «amantes», y es más fácil llevar varios amoríos en paralelo desde avatares diferentes.

Un dato curioso: algunos sitios para citas discretas tienen algoritmos que conectan a los usuarios según sus perfiles y aspiraciones, pero conservando su anonimato. Es un mecanismo que invita a la infidelidad y destruye relaciones, dicen voces conservadoras, pero se han dado casos, y no pocos, en que los conectados en la red deciden dar un paso más y conocerse en persona, alentados por el nivel de afinidad lograda, y al llegar a la cita comprueban… eso mismo: que estaban «traicionando» con su propia pareja. 

 

 

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