Así no se puede

Un caso típico de impunidad ante la indisciplina social, el descontrol y el irrespeto a las normas de convivencia es el que denuncia María Victoria Osorio, vecina de la calle Recreo 904, entre Fomento y Palmar, en el barrio de Palatino, del municipio capitalino de Cerro.

Refiere la remitente que al lado de su casa, hace nada más y nada menos 26 años que se construye un edificio de microbrigada de cinco plantas, que ha pasado por manos de varias instituciones.

María Victoria afirma que los materiales de la obra se almacenan en plena calle, frente a las viviendas de los vecinos.

«Hay vertimiento de agua potable permanente durante todo el horario en que se abastece de agua al barrio. La arena, el recebo y el polvo de piedra que ellos mismos mojan con el vertimiento lo secan en la parte de la calle que está libre, por donde pasan los vehículos. Todos esos materiales regados en la calle sin ningún tipo de protección, además de dilapidarse, contaminan la comunidad de forma despiadada, tupen los registros de alcantarillado y destruyen las válvulas de bombeo de las aguas albañales, que son bastante costosas».

Afirma María Victoria que poseen un contenedor donde almacenan cemento a granel. Y cada vez que vienen a depositarlo, la manguera tiene salideros; y todas las viviendas se llenan de cemento.

Como si fuera poco, señala, después que terminan su jornada, se quedan en la micro trabajadores que, según dicen, están allí albergados. Y asegura que se pone música a un volumen tal que en su casa, para conversar y poder entenderse, deben gritar.

«Ellos no tienen el más mínimo respeto ni consideración por los vecinos. No nos avisan si van a verter cemento o cualquier otro material, aunque vean que tenemos ropas tendidas. Depositan materiales sobre la acera, bloqueando el drenaje pluvial de mi patio, con peligro de inundar mi vivienda.

«Trajeron a vivir a la micro una perrita pequeña, que ladraba toda la noche sobre una pila de piedras que tienen junto a la ventana del cuarto mío y de mi suegra. Hicieron caso omiso a las quejas referidas a que la perrita no nos deja dormir. Ahora el animal está en celo, y tenemos a todos los perros del barrio ladrando, orinando y defecando.

«¿Tenemos que vivir en este estado de indefensión? Estoy apelando a las instituciones encargadas de velar por la tranquilidad de los ciudadanos, por cuidar el orden, las buenas relaciones de convivencia, la disciplina social, el respeto, la educación formal, el derecho de la familia a vivir en paz y armonía, en un entorno sano. ¿Dónde está la solidaridad entre los cubanos? ¿Quién me libera de este infierno?»

Ya es hora de que pasemos de las moralejas y los juicios a las acciones consecuentes y radicales. La historia narrada en esta columna puede ser la de otros sitios, y hay que preguntarse si no sería expresión de una tendencia que se esté registrando en algunas esferas de la sociedad cubana.

Para lograr ordenadamente los cambios, actualizaciones y reestructuraciones que se propone Cuba, hay que acabar de raíz con la impunidad y el descontrol; con la falta de autoridad que nos complica el camino trazado.

Así no se construye un edificio… ni una sociedad.

 

 

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