Aún está a tiempo…

Alan Rivera Yero (Goicuría 638, apto 3, entre Acosta y Aranguren, 10 de Octubre, La Habana) ha decidido retomar una demanda que ya había abandonado por cansancio, porque cree que «aún quedan oídos receptivos y personas dispuestas a plantear y resolver los problemas del pueblo».

No es para menos. El asunto es el aún salvable —algún día irreparable— estado del edificio donde reside junto a su esposa y dos hijos. Un edificio donde la mayoría de los inquilinos son personas de la tercera edad, que ya no tendrán oportunidad ni bríos para reemprender el azaroso y difícil camino de agenciarse una vivienda. A Alan le queda la esperanza de que el 638 se puede salvar a tiempo.

Cuenta que el inmueble data del año 40 del pasado siglo. Y tiene un sótano con dos garajes que se encuentran bastante por debajo del nivel de la calle y de la conductora maestra que pasa por Goicuría. Dos garajes ya inservibles, sin puertas apenas y prácticamente abandonados a su suerte, llenos de lodo, aguas sucias y hierbas. Cuando llueve, se inundan, y acumulan suciedades y agua estancada. Un peligro para la salud de los vecinos.

Pero lo más delicado del asunto, según Alan, es que el edificio se está hundiendo o cediendo. Las columnas y arquitrabes se están agrietando y rajando. De no atenderse a tiempo—y aún está a tiempo— los inquilinos correrían el peligro de una desgracia, o de engrosar la larga lista de albergados en la capital, muchos acogidos en casas de familiares y amigos, porque las capacidades de los albergues no satisfacen aún la demanda.

El problema, según Alan, es del conocimiento de todas las instancias locales y provinciales. Y de cuanto personaje y delegado ha pasado por allí en más de 15 años.  Fue motivo de un reportaje en la revista Bohemia. Y todo sigue igual. O peor.

«No le hablo de unos días, recalca, son más de 15 años con esta situación. Y nunca se le ha dado solución o respuesta a este problema» que, dice, «genera pudrición, sinsabores y enfermedades», entre las cuales cita como probable el reciente ingreso de su hijo de nueve años con dengue hemorrágico.

«Tengo suficientes pruebas, además, deben constar en actas levantadas en las ya innumerables reuniones y asambleas de todo tipo y testigos de todo esto. Yo pudiera hacer un libro de todo lo que hemos pasado. Pero no sería publicable. Solo espero que nuevamente este tema no quede en el olvido, o simplemente tendremos que esperar a que muera alguien de una enfermedad o que se derrumbe el edificio, y los que queden vivos terminen sus días en un albergue», concluye Alan.

En este y otros edificios de la capital, que aún pueden recuperarse, ¿no sería más saludable, lógico y justo neutralizar a tiempo el problema que dejarlo acumular, con los consiguientes peligros para la vida, y cuando mejor suceda, engrosar las filas de las familias sin vivienda?

Con la asesoría técnica y el apoyo de las entidades correspondientes, hasta los propios vecinos, con fórmulas de ejecución comunitarias, cooperativas y solidarias, podrían rescatar del olvido y la indolencia su edificio. ¿Dejaremos que se desplome desde los cimientos lo que tanto ha costado levantar, incluidas la seguridad y la confianza en las instituciones?

A prueba de sismos…

Rafael Samada Arruebo arribó con dudas el 18 de enero pasado al Hospital Oftalmológico de Santiago de Cuba. Persistentes sismos convulsionaban la ciudad, y el paciente, con turno para operarse, imaginó que lo devolverían. Esperaba ver rostros cansados e inquietos, después de horas y horas de tensión.

Pero la devoción se impuso por sobre la lógica. Lo primero fue el saludo espontáneo y solidario del portero. La sonrisa y cordialidad de paramédicos, enfermeras y médicos que caminaban por pasillos y salas. Los gestos evidenciaban que ese comportamiento es habitual, por encima de cualquier contratiempo.

«Fui operado por un equipo magnífico a los que agradezco haber recuperado mi visión, afirma. De manera especial mi familia y yo reconocemos la profesionalidad de la doctora Alina, la que realizó la parte más importante. Comprobé que no hay grandes dificultades para los santiagueros, y el colectivo de trabajadores del Hospital Oftalmológico es un ejemplo», sentencia Rafael desde Calle 1ra. Nro. 6, Leyte Vidal, Mayarí, provincia de Holguín.

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