Afganistán: el que a hierro mata…

En Afganistán, las fuerzas especiales estadounidenses están llevando a cabo una guerra contra la insurgencia talibán en la que se les permite todo, y se complementa con la actuación «impersonal» de los drones, cuyos bombardeos dejan decenas de víctimas, sin rastros de victimarios porque son los aviones robots.

Para los militares estadounidenses la ventaja ha sido un prolongado conflicto bélico de más de diez años donde sus bajas han sido mínimas, pero en la noche del 5 al 6 de agosto de 2011 se han encontrado con la segunda parte del refrán que dice «el que a hierro mata… a hierro muere».

Estados Unidos acaba de sufrir la pérdida más numerosa en una sola acción de guerra, cuando la insurgencia derribó un helicóptero Chinook en la provincia de Wardak, al occidente de Kabul, y han muerto 31 efectivos de las fuerzas especiales (los Navy Seals), además de siete soldados afganos.

Los dos presidentes se pronunciaron. Hamid Karzai anunciando la caída de la nave y las pérdidas humanas, y Barack Obama con una intervención dramática sobre los supuestos valores por los que sacrificaron la vida estos militares, por el objetivo de «un futuro más pacífico y esperanzador» para Afganistán.

La guerra contra esa nación está montada sobre esa propaganda, al punto de que una de las nuevas viudas estadounidenses en esa guerra innecesaria ratifi-

có su carácter de cruzada antis-

lámica, pues según publicó el diario británico The Independent, desde su lógico dolor, la mujer declaró que su esposo era «un guerrero de Cristo» y «un guerrero de nuestro país». El análisis frío de esa clasificación demuestra cómo se ha manipulado a una ciudadanía y se ocultan las verdaderas razones de esa guerra, que pasa por el control de uno de los pasos sustanciales del petróleo mundial y punto militar estratégico centroasiático, colindante con algunos de los más poderosos del Oriente: China, Rusia, India, Paquistán…

También el periódico alerta que los ataques de la coalición, en especial los aéreos, dejan una estela de muertos civiles, incluso niños, a cuyos familiares nadie personaliza ni entrevista para conocer su sufrimiento, y cita de ejemplo la confirmación como víctimas de cinco niños afganos la pasada semana, por el ataque de un helicóptero Apache británico. Los números de la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán son contundentes: de

enero a junio de este año, aun cuando la ISAF (Fuerza Internacional para la Asistencia de Seguridad) dice que han rediseñado sus tácticas para minimizar los riesgos para los civiles, han muerto 1 462 en esos ataques…

Ahora bien, los Seals yanquis que iban en ese Chinook abatido por una granada propulsada por un lanzacohetes y quienes corrieron peor suerte que los del mismo cuerpo militar que ejecutaron a Osama bin Laden, tenían otra misión secreta: capturar a un líder talibán en el distrito de Sayyidabad, donde la ISAF dice ahora que se estaba combatiendo contra las fuerzas insurgentes.

Hay un elemento particular en este hecho, ya no es solo el sur de Afganistán el teatro de las operaciones mayores de las fuerzas ocupantes, pues la provincia de Wardak está al este y supuestamente no era zona de acción bélica, así que la resistencia extiende su terreno, algo normal en un país de tribus que siempre han sido valladar para los ejércitos extranjeros; bien lo saben británicos y rusos, y con Estados Unidos y sus congéneres de la OTAN no iba a ser menos. Quien a hierro mata, a hierro muere…

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