Invitación a la memoria juvenil

Juventud Rebelde publica una muestra de los mejores trabajos del Concurso convocado por este periódico con motivo del aniversario 45 de la Unión de Jóvenes Comunistas

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Cincuenta y cinco lectores respondieron en tiempo y unos cuantos más enviaron tarde su memoria al Concurso 45, convocado por Juventud Rebelde en su columna Tecla Ocurrente. Juana Carrasco, José Alejandro Rodríguez y Luis Sexto — colegas de columnas—, asumieron gozosos la tarea de seleccionar los mejores frutos, bajo la batuta de Sarita, del Departamento de Atención a los Lectores y Análisis del periódico.

Estas que siguen son instantáneas de vidas, caleidoscopio del andar por la UJC. Solo publicamos unas muestras, sintetizadas: son más de mil líneas y en estas páginas caben 300. Los 45 finalistas recibirán su premio.

EL VECINO TOMÁS

Lucelia Borges Cuní

A cada rato Tomás, el vecino, después de tomarse un traguito de aguardiente y encender un tabaquito torcido sobre el muslo, se las arregla para atrapar a alguien con sus historias. Unas veces son de aparecidos y otras de cómo se abrió camino en la vida. Esta vez me habría tocado a mí bostezar hasta el cansancio de no ser porque la historia me agarró los párpados, aunque la boca no la pude cerrar luego de que el hombre comenzó a poner una idea tras otra sin márgenes ni sangría.

—Cuarenta y cinco años, cará —dijo— Me parece que fue ayer cuando los celebré con uno de estos. ¿Nunca te he contado lo que me pasó en San Simón de las Cuchillas?

—No creo, es que son tantas... —me disculpé por dudar.

—Ya no digas más y escucha. Fue por el año 60, o tal vez 61. Nos encontrábamos en las labores del proceso, aunque éramos un grupito de campesinos sin otro vínculo laboral, pero bastaba con tener ganas de hacer revolución que no es más que agradecer el pan que no falta en la mesa, dentro de otras cosas. Militábamos en la AJR, nos daban tareas de choque, aquel día estuve vendiendo unos libritos muy delgados que no recuerdo cómo eran, si tenían propaganda antiimperialista, por 25 centavos cada uno. Con tanto analfabeto por esos montes nadie entendía lo escrito. Hubo varios que pidieron que leyera para ellos, y yo, renunciando a la posibilidad de recaudar fondos, leía una y otra vez cumpliendo la tarea más importante, dar a conocer la cara del enemigo. Eran momentos de definición, el imperialismo cada día trataba de confundir al pueblo. Ya pasaban de las doce y el sol del mediodía arreciando en mi garganta la dejó maltrecha. Entonces apareció aquel viejo con un sombrerón de guano que he envidiado todos los días de mi vida.

—Buen día, ¿qué hace usted por estos rumbos?

—Buenos días, compañero, tal vez sepa leer, ¿le interesa un libro? Déjeme presentarme, soy Tomás Padrón, pertenezco a la AJR. ¿Me compra uno?

—Respire compadre, lo sé, pero lamento decirle que nunca he visto ni mi nombre pintado en un pedazo de tierra, si tuviera dinero se lo daría, pero tampoco tengo. ¿Será mucha aprovechadera mía pedirle que me lea esos papeles?

Puse cara de perro sin pulgas, saqué el papel y leí. El viejo notó mi desilusión y mi agotamiento, y entonces dijo:

—Gracias, creo que te puedo pagar de alguna forma.

Abrí mucho los ojos, jadeando todavía por la lectura.

—Déjame explicarte, no tengo ni un kilo, pero siento por el tono de tu voz que se arruga por momentos que esa garganta necesita agua. Te voy a mandar a un arroyo milagroso, quien bebe de su agua anhelando algo bueno será bien recompensado, si deseas encontrar la felicidad para tu gente busca a lo largo del hilo de agua un nudo, en él clava una bandera, hijo, para que se mantenga el milagro de la revolución hasta que este viejo pueda leerte esos papeles.

Le di las gracias por indicarme el camino, pero lo que más agradecí fue que nos bendijera, como necesitaba Fidel. Bajé al arroyo y a pesar de no creer en lo de los milagros me empeñé en encontrar el nudo, a unos tres metros saltaba el agua por encima de una piedra quebrándose en el rizo del salto. Ese es, pensé, agarrando una rama de marabú verde, le anudé con el cordón de mi bota una bandera que traía en la mochila. Traté de encajar varias veces la rama, en el forcejeo cayeron los papeles corriente abajo.

«Mal rayo me parta», me maldije. «¿Quién carajo dijo que la revolución necesita milagros?» Dejé caer la rama que estaba trabada ya con la piedra, por eso se levantó ofreciéndome un botellón que estaba debajo, enterrado por las aguas. Tenía monedas antiguas. ¡Una botija! Me mordí la lengua y bebí todo lo que pude, creo que se entendió que pretendí una disculpa pero ya no podía llevar más agua en la panza. Me habría hecho rico de haberme quedado con aquel dinero, y lo soy porque con él levantamos tres o cuatro escuelitas con lo necesario para los muchachos de la Conrado Benítez, no era mucho, pero sirvió para que los guajiros aprendieran a leer. Aquel fue el último trabajo que hice con la AJR porque me pasaron a las recién nacida UJC. Aprendí del viejo que los milagros existen, él sabía que yo iba a encontrar un tesoro, el de saberme cubano, de apreciar la utilidad de la virtud y servir a mi patria. Nosotros vivimos tiempos de efervescencia cuando todos salíamos cantando «La ORI, la ORI la ORI es la candela, no le digan ORI, díganle candela».

Así se fue cantando Tomás, ligerito hasta la mesa del dominó. El ingenuo disfrutó tanto sus inicios que olvidó decirme que esos coritos fueron censurados por Fidel, eran fruto de la falta de experiencia política, y pudieron haber sido tergiversadas por el enemigo, no eran tiempos de dividir, sino de multiplicar. Era claro que no eran mal intencionados y sin dudas te vibraban de los pies a la cabeza. Hace unos días llegué al encuentro con unos amigos con aquel estribillo pegado en la boca, alguien me preguntó de dónde lo había sacado, contesté jocosamente: «Este lo aprendí de un amigo, para cuando vaya a enterrar banderas».

LA REUNIÓN

Orestes González Caballero

Los cinco Lambdas entraron por la boca de la bahía con estruendo de pitadas y los radios al máximo de volumen, sintonizados en la misma emisora con música de los Van Van.

Sus tripulantes se agolpaban en la proa en la ilusión de acercar el momento en que saltarían al muelle para regresar a casa después de 60 días de sol, salitre y trabajo con el palangre en las aguas de la Sonda de Campeche.

Desde la azotea de un edificio frente al Puerto Pesquero de La Habana, una docena de jóvenes contemplaba la escena.

—¿Quién fue a recibir esa flotilla? —preguntó un joven de piel cetrina, sin dirigirse a alguien en particular.

—El Secretario Organizador de la Flota —contestó otro.

—Bueno —respondió el primero— vamos a comenzar que ahorita oscurece y la reunión promete ser larga.

La sede del Comité Regional de la UJC en la Pesca, era de estreno. Hasta el año 1972 dispuso de un local en los muelles frente al convento de San Francisco, pero unos meses atrás, había recibido las nuevas oficinas que, calle por medio, lo situaba junto a los atracaderos, donde los barcos entregaban sus capturas o se avituallaban para nuevas campañas.

Acomodados alrededor de una mesa ovalada, los presentes, se dispusieron a escuchar la intervención del representante del puerto de Macío al sur de La Habana, mientras Rosita, que junto a Yasmín eran las únicas mujeres integrantes del Comité, terminaba de preparar un té y se incorporaba a la reunión. Eran doce jóvenes que representaban a las principales empresas de la pesca en La Habana.

—Tiene la palabra el compañero Gaitán —dijo Marcelo, el joven de piel cetrina, que ocupaba el cargo de Secretario General.

—Bien, compañeros, el caso es el siguiente: la secretaria general de uno de nuestros comités de base en Macío, ha incurrido en serios problemas morales que le han hecho perder prestigio ante su colectivo y su comunidad y el comité de base propuso la separación de las filas de esa compañera, según pueden ver en el resumen del acta que les estamos entregando a ustedes. El centro del problema es que la compañera quedó en estado de su novio.

Varios de los presentes se revolvieron en su asiento como si de pronto, a las butacas les hubieran salido espinas.

Salazar, un negro de cara redonda, que por su complexión física bien podía catalogarse como un boxeador de pesos pesados, se inclinó hacia delante y mirando muy fijo al que acababa de hablar, formuló lentamente su pregunta:

—¿Lo que tú quieres decir es que estamos aquí para ratificar o no la sanción a una muchacha embarazada de su novio?

Los doce jóvenes empezaron a hablar a la vez y solo hicieron silencio cuando Marcelo llamó al orden. Rosita y Yasmín, irritadas, demoraron más en aplacarse.

Gaitán argumentó su posición:

—Miren, caballeros, el pueblo donde vive, trabaja y hace su vida política esta muchacha no es La Rampa en el Vedado. Allí viven familias trabajadoras y la mayoría pescadores; muchas amas de casa. Las condiciones objetivas del lugar, y sus tradiciones, identifican el problema como falta de moral.

«¿Cómo esta muchacha va a movilizar a nadie para las distintas tareas si la mayoría de sus propios compañeros de militancia consideran que no está en condiciones de ofrecer un buen ejemplo en su trabajo y su comunidad?»

Marcelo volvió a aplacar las voces que se levantaron al unísono después que Gaitán terminó de hablar. Era de esas personas que no organizaban los análisis a partir de él, sino que promovía el intercambio entre los presentes y solo mediaba para mantener el cauce de la discusión o incorporar, con preguntas intencionadas, nuevos elementos a la misma.

Danilo, del área de frigoríficos del Puerto Pesquero, pidió la palabra. Se caracterizaba por hablar poco, pero cuando lo hacía sus palabras eran verdaderos ladrillos.

—Ven acá mi´jo. Esta muchacha ¿cumple con todas las tareas?

—Sí —contestó Gaitán a la defensiva—, es controladora de la calidad y lo hace bien.

—¿Alguien la ha visto en la calle con el novio en apretaderas públicas o algo así?

—No.

—Antes que le hicieran la barriga, ¿qué opinión había de ella?

—No, si lo puse en el acta, era una buena compañera —respondió Gaitán, mostrando el resumen del acta.

—Entonces, viejo —concluyó Danilo desgranando cada palabra—, ¿por qué no resolviste el problema en Macío y tuviste que traernos a nosotros un asunto que podías haber terminado en la base, convenciendo a los militantes del error que estaban cometiendo?

El rostro de Gaitán se puso púrpura de la indignación. Como impulsado por un resorte, alzó el brazo pidiendo la palabra, y sin esperar a que se la concedieran, gritó:

—¡Para ti es muy fácil decir eso!

—¡Un momento! —intervino Marcelo— ¡vamos a bajar el tono!

—Gaitán —continuó Marcelo—, trata de que no se te vaya la zapatilla y tú, Danilo, en cualquier caso es aquí adonde hay que traer este análisis que los compañeros en la base consideran complicado; y te aseguro que lo es. Arriba, Gaitán. Dí lo que ibas a decir.

—Ustedes saben perfectamente —prosiguió Gaitán ya más calmado— que atiendo 300 jóvenes al sur de la provincia incluyendo a casi 100 de la Columna Juvenil del Mar que se han incorporado recientemente a las unidades del Combinado.

«Mi tiempo lo divido en atender el trabajo de la UJC y moverme en la zona de pesca. De buenas a primeras, acababa de llegar de la corrida de la biajaiba en los cayos de Diego Pérez, y me informan que hay un mal ambiente en el Macío y cuando voy me encuentro que el novio de la compañera, se había liado a puñetazos con otro que se puso a hablar de ella.

«Para colmo de males, el padre de la muchacha, un viejo y respetado pescador del pueblo, le retiró la palabra a la hija y hasta amenazó, con botarla de la casa».

Yasmín, que levantaba el acta de la reunión, soltó el lápiz. «¡Qué bestia!», exclamó para que todos la oyeran.

Abel, del Centro de Tecnologías Pesqueras, que hasta ese momento se había dedicado a escuchar, mientras hacía círculos con su bolígrafo sobre un papel, pidió hablar.

—No podemos sancionar a esa joven por estar embarazada de su novio, eso sería una injusticia; podemos modificar la solicitud de sanción pero lo más importante es convencer a ese comité de base de que esa no es una decisión correcta.

Gaitán terció con ironía: «Acuérdate que también tienes que convencer al pueblo, incluyendo a su padre. ¿Por qué no vas tú a Macío y me avisas para ver cómo lo haces?»

De nuevo la reunión se descompuso, mientras Abel sintió que la mirada de Rosita lo acariciaba como un bálsamo por lo que dijo. Pensó por un momento lo bueno que sería que a él lo estuvieran analizando por haber embarazado a aquella mulata linda e inteligente.

Marcelo tomó la palabra y como acostumbraba a hacer en los momentos más complicados, creó un paréntesis para refrescar el ambiente.

—Vamos a tomarnos el té que ya debe estar frío, pero primero hagamos un resumen de lo que tenemos hasta ahora.

«Por un lado una buena militante que por las razones explicadas ha dejado de ser considerada por la mayoría de sus compañeros y de su comunidad como ejemplar, lo que prácticamente la anula para influir positivamente entre los jóvenes. Por el otro, una muchacha intachable según se ha explicado aquí, que tendría que sufrir una sanción por causas que nada tienen que ver con su condición moral o política tal y como nosotros entendemos esos conceptos. En esos términos está planteado el problema. Vamos a hacer un receso».

Diez minutos después prosiguió la reunión.

Cerca de las 9 de la noche, Marcelo dio por terminado el análisis y quedaron definidas las acciones a tomar, incluyendo el nombramiento de una comisión encargada de ir a Macío para discutir el problema.

A la semana siguiente, Abel preparaba su salida por un mes hacia el Golfo de México en viaje de prospección pesquera. Después de instalarse en el barco, cruzó la avenida que separa los atracaderos del puerto con el local de la UJC. En la oficina, Rosita terminaba unos papeles antes de irse a almorzar.

—¿Qué dice la mulata más linda de la flota?

—No empieces, que estoy apurada. ¿Cuándo sales?

—En un par de horas, cuando el barco termine de hacer víveres —respondió Abel.

—¿Ya te informaron cómo concluyó lo de Macío?

—¿Cómo fue la cosa? —preguntó Abel, al tiempo que se sentaba.

—Niño, pues Danilo se reunió con el comité de base para explicarles por qué no la íbamos a sancionar. Tú sabes que él no tiene pelos en la lengua y les entró preguntándoles cuántos de ellos tenían hermanas o novias decentes.

«¡Imagínate! Aquello fue el acabóse. Y por ahí mismo los cogió en la contradicción de si las embarazan ya no son decentes y las botan de la casa, y si las querían hasta ayer y entonces hoy ya no las quieren por algo que hicieron entre los dos. En general entendieron, aunque algunos no transaron» —concluyó Rosita.

—¿Y la muchacha?

—No, ella no fue citada a la reunión para no hacerla pasar por ese rato desagradable. Gaitán, además, logró con la dirección de la empresa que la reubicaran en la oficina del Combinado Pesquero. Pero lo más sorprendente fue lo del padre.

—¿También discutieron con él? —preguntó Abel.

—No hizo falta. Su mujer se encargó de llamarlo a capítulo —dijo Rosita muerta de risa.

«Resulta que la madre de la muchacha, cuando vio que el marido quería sacar a la hija de la casa, se le plantó por primera vez en su vida y le recordó que siendo casi una niña, él se la había llevado, la embarazó sin casarse con ella y a duras penas, antes de que pariera, le terminó un rancho que construyó con tablas recogidas en los cayos. Nada, que esa historia da para una película».

—Aquí la única película es la que yo quiero filmar contigo cuando regrese del viaje —le dijo Abel en un susurro, poniéndose de pie.

—Te dije que no empezaras, y me voy que se me hace tarde —respondió la muchacha al tiempo que le daba un beso en la mejilla—. Abel la vio cruzar la calle y esperó a que llegara a la parada de la ruta 6, llena de gente.

—¡Rosita!

—¿Qué? —respondió ella desde el otro lado de la vía.

—¿Hasta cuándo vas a tenerme durmiendo en el sofá, abusadora?

Rosita abrió la boca con una expresión incrédula, mientras las personas en la parada la miraban maliciosamente de reojo.

—¡Por tu madre, Abel! —gritó, más divertida que molesta—. ¡Acaba de subirte en el barco...!

SENCILLAMENTE JUAN

Georgelina Mejías Reyes

Como miembro de la AJR formé parte de las brigadas Conrado Benitez en 1961, ubicada en la colonia La Cuchilla, Jobo y Meneses de la provincia de Sancti Spíritus. Entre mis alumnos estaba Juan, tosco, alto, delgado, de piel trigueña y poco hablar. Ni en clases se quitaba el sombrero. Yo llegaba con mi cartilla y manual luego de recorrer largos caminos y Reynaldo, el dueño de la casa donde dormía, me regañaba porque había alzados en la zona.

Tenía entonces 18 años pero mi delgadez aparentaba 12. Un día Juan me preguntó si había comido jutía; le respondí que no, y me invitó a comer un enchilado delicioso.

El lunes Loyola, un señor que atendía a los brigadistas, me localizó para decirme que debía acompañarlo a Meneses. Durante el trayecto me miraba y nada decía. Nos dirigimos a la estación de policía. Allí, en el calabozo, estaba Juan, destruido y cabizbajo. Por las noches realizaba actos contrarrevolucionarios. Según Loyola, Juan informó a la policía que él me había salvado la vida al decirle a los alzados que yo era su maestra. El impacto fue terrible, pero es bueno entregar a conciencia la propia juventud, para crecer haciendo.

DIGNA

EDUARDO MORA MAESTRE

Estábamos enfrascados un grupo de militantes y no militantes de la Empresa Consolidada de la Minería, en Empedrado y Aguiar, en las actividades que se nos ocurrían como apoyo al Festival de la Juventud en Helsinki; eran tiempos de una gran efervescencia revolucionaria, donde nos parecía poco todo lo que hacíamos y con tremenda tranquilidad nos cambiábamos la ropa de trabajar en la oficina para ponernos la del trabajo voluntario. Estando en esos trajines, se nos apareció una muchachita pequeñita con deseos de hacer un coro y tanto fue su poder de persuasión que empezamos a ensayar nuestra Coral de la UJC. Lamentablemente no éramos buenos en eso y aquello fue decayendo.

Hace unos años me sentí muy feliz al ver que aquella muchachita se había convertido en la directora del Coro Nacional. Ella es Digna Guerra.

DÉCADA DE LOS AÑOS CINCUENTA

Georgina Crespo Pérez

Entrada de Camilo a La Habana: Por la Avenida 45 pasaban sus tropas. ¡Qué emoción! Veía a aquellos hombres jóvenes con barbas, vestidos de verde olivo y mis ojos recibieron con amor y belleza este color en sus retinas.

«Columna Nro. 2, Invasora desde la Sierra Maestra bajo el mando de Camilo Cienfuegos, Comandante y siendo yo uno de los que lo seguí, hoy con amor te firmo. Lidiel Martinez».

«En la palma de mi mano quisiera yo retratarte para cuando no te vea abrir mi mano y mirarte, del combatiente Miguel A. Rojas. Columna Nro. 2 Antonio Maceo».

Son palabras que escribieron para mí estos jóvenes en la tarjeta del cursillo de la Escuela Profesional de Comercio y que aún guardo entre mis papeles queridos.

¿Cómo relatarles ese 1959-60, ardiente, loco en mi vida? Tanto quería realizar, ansiaba ser la heroína de mis libros y trabajar por este nuevo mundo que se abría y descubrir mis fuerzas ante el empuje de la nueva era que me ponía a mí como mujer en lo más alto de mis anhelos.

En la calle 114 entre avenida 41 y avenida 49 se encontraba el Regional Marianao de la AJR y hacia allí encaminé mis pasos. ¿Qué encontré? Un mundo abierto, tentador, creador, sin hora ni espacio; se abarcaba desde avenida 51 y 26 hasta Boyeros en el entronque de la salida del Wajay, inmenso territorio y no se daba tregua en el trabajo. Comparo mi vida de esos momentos como un carrusel que giraba alrededor de pequeños en las escuelas que atendíamos y de los jóvenes que enseñábamos en la comprensión de nuestro quehacer político.

¿Mi espacio preferido? Una escuela primaria en las afueras de Arroyo Arenas. Me desdoblaba en el quehacer con los niños y de esa forma los cuentos, los cantos, los juegos que compartí con ellos resuenan aún en lo profundo de mi mente. Mi jefe por aquel entonces se llamaba Campito, pequeño de estatura pero grande de acción.

Me hice en este andar y andar. Eran mis pies (no había dinero para guagua), mi mente y mi amor lo que logró hacer de mí un eterno joven comunista. El trabajo en la AJR fue decisivo en mi vida. Con orgullo guardo mi carné de la UJC Nro. 31971 del 14 de febrero de 1966, firmado por su secretario general, Jaime Crombet, carné antecesor de lo que tres años después sería la integración a las filas de mi glorioso Partido.

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