El locuaz silencio de Baldrich

Como vivió, sin alardes, falleció este 31 de octubre Ángel González Baldrich, el gran fotógrafo que hizo resplandecer a Juventud Rebelde durante cuatro décadas

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Recibiendo un homenaje como fundador de JR, en octubre de 2005. Foto: Angelito Baldrich Ángel González Baldrich, un gran fotógrafo que hizo resplandecer a Juventud Rebelde por más de cuatro décadas con su lente, se ha ido calladamente, así como vivió: sin alardes ni altisonancias.

El impune cangrejo, ducho en metástasis, pretendió retrotraer una vida digna, cimentada en la honestidad y en esa sencilla manera de prodigarse en las obras y los actos, sin palabrería hueca ni ambiciones ascencionales que no fueran la belleza de la imagen atrapada, el misterio de la luz y el contraste.

Silencioso contumaz, introvertido y algo solitario, Baldrich prefirió confesárnoslo todo desde la fotografía, que era su grito de libertad y su ofrenda por los semejantes. Nunca nos falló en el sacerdocio del reporterismo ni se cansó de testimoniar los claroscuros y los matices de años tan vertiginosos para la Revolución.

Ahí está para la eternidad la poesía insólita que esos ojos sagaces descubrían en un cañaveral o en las profundidades de una mina; en las multitudes de anónimos. O los rostros elocuentes que le usurpaba a personajes notorios, en entrevistas de personalidad.

Tan humilde y ajeno a los alardes, ha dejado para siempre una imagen de Fidel tan sutil, tan estremecedora en su laconismo, que de seguro pasará a la posteridad tanto como el Che de Korda. Es ese Fidel íntimo y esencial, apenas delineado en un contraluz por una fina hebra de plata conformando su perfil.

En los itinerarios periodísticos por parajes insólitos de Cuba —¡qué tiempos de grumetes reporteriles, de soñadores!— Baldrich llevaba regularmente un libro. Y luego del pesquisaje por campos y poblados, en la noche, leía intensamente acostado boca abajo en el lecho, y con el libro a distancia, tirado en el piso.

Quizá por eso, por su sed de saber y de pensar, por la emoción que le imprimía a su trabajo y que sabía disimular, era el fotógrafo ideal para congeniar con el redactor y enriquecerlo. Siempre que íbamos al objetivo periodístico, te solicitaba antes el propósito esencial, la tesis que enfebrecía tu mente.

Ya en el terreno, Baldrich se soltaba y no hacían falta indicaciones. Se respetaba mucho profesionalmente, con esa intuición para la esencia que solo tienen los lúcidos. Luego te llevaba al laboratorio y te hacía cómplice, casi partero de aquellas sorprendentes imágenes, que iban definiéndose con la magia y el misterio que les falta hoy a esas cámaras digitales tácitas, inmediatas.

Se imbuía tanto de la esencia del reportaje o la entrevista, que, de una manera muy inteligente, hacía sus aportes con preguntas muy agudas que no eran intrusas. Y luego te enriquecía con sus juicios profundos y originales de lo vivido allí. Era, en aquel caballero silencioso y recogido, la manera de expresar su generosidad y compañerismo.

Siempre lo recordaré con su cámara en ristre, con esa líquida mirada de los raros y tristes, de los que siempre se asombran y se conmueven, pero están a tu lado incondicionalmente. Baldrich vivió, amó y compartió intensamente, desde la locuacidad de sus silencios. Desde sus imágenes.

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