Secuelas de un malnacido

Es como empezar de nuevo. Todo el mobiliario urbano está dañado y una buena parte desaparecido, afirmó a este diario Teresa Pascual, jefa del Plan Maestro de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey

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Juventud Rebelde

Un remolino de limpieza se adueña de las calles camagüeyanas. CAMAGÜEY.— Recorrer la ciudad agramontina después de la indeseada visita del «sísmico Ike», es mucho más que desentrañar los viejos recuerdos de los más pasaditos de edad, cuando hablan de su pariente el Flora o del bisabuelo Ciclón del 32.

Este «malnacido», como le dicen por acá, barrió por todos lados: entró por el norte, caminó por el centro y salió por el mismo sur de la barriga del caimán.

Ya se alejaba por el mar y todavía su furia remató con penetraciones del mar en el sur y torrenciales aguaceros que dejaron ríos convertidos en océanos en medio de esta ciudad.

Por eso no fue hasta el amanecer del pasado martes 9 que la calma vino a renacer, después de un domingo y lunes en ascuas: «¿Cuándo podré regresar a mi casa? ¿Cuándo sabré de mi familia que vive al otro lado de los ríos Tínima y Hatibonico?»... preguntaban quienes comienzan a restablecerse de los golpes de Ike.

Hombres y mujeres de Camagüey ya dan sus primeros pasos, que para algunos es el inicio del volver a comenzar...

Entre gotas de sudor

Quienes deseen entrar a la Ciudad de los Tinajones tienen que hacerlo atravesando los dos parques que le dan la entrada: el de las Leyendas y el de Caballero Rojo.

En ellos se ensañó Ike como si supiera que ambos lugares emblemáticos nunca le darían la bienvenida: chapeó árboles, luminarias, señales guías, bancos y hasta las losas levantó.

«Es como empezar de nuevo. Todo el mobiliario urbano está dañado y una buena parte desaparecido», afirmaba a este diario Teresa Pascual, jefa del Plan Maestro de la Oficina del Historiador, mientras su colectivo de trabajo, el mismo que investiga horas enteras los más mínimos detalles acerca del Camagüey legendario, ahora limpia los escombros que Ike les dejó.

Pero la tarea no es fácil. No es solo trabajar hasta 16 horas ajustando cables y empatando líneas para reponer el servicio telefónico, es mucho más: «Es un huracán que atravesó la provincia, y por donde pasó no dejó árbol en pie, y con ellos los cables telefónicos, que junto a los de la electricidad cayeron también. Es tanto el daño en tantos lugares a la vez, que solo pensar lo que falta por reparar te quita el sueño», comentó Miguel Ortega, quien tiene 42 años en el sector de las Comunicaciones.

Un remolino de limpieza se adueña de las calles. «El pueblo nos exige que lleguemos a sus cuadras, pero es tanto el volumen de escombros que la tarea de limpieza parece lenta, aunque estamos desde el mismo martes eliminando cientos de pilas. Lo mismo cargamos una mata de plátano, un tronco gigante, un armario podrido, que los escombros de una tapia», argumentó Osmany Conde, trabajador de la Empresa Provincial Integral de Mantenimiento.

Cerca de 15 horas permanecen los hombres de esta empresa y muchos otros sumados a esta labor, apilando, cargando, alzando y descargando cuanto escombro hay en las calles y avenidas de toda la provincia.

Los vecinos también cooperan. Las mujeres con escobas, los hombres con lo que tengan en casa, pero también, y de vez en cuando, un refresco por aquí, agua por allá y hasta unos panecitos son la merienda colectiva nacida del aporte individual de cada hogar.

Así transcurren los días en la llanura principeña, entre gotas de sudor y mucho esfuerzo tendrá que resurgir una ciudad que tiene que abrirse camino a pie de obra y con empeño por rescatar lo que el viento se llevó.

Experiencias para contar

Caminar por calles tan singulares como Funda El Catre es como adentrarse en la época colonial, pues este callejón tiene el honor de ser uno de los más estrechos de la trama urbana, al punto de que los vecinos se dan las manos desde los balcones de los segundos pisos.

Resulta que Lili Jiménez escuchó gritos de su amiga del frente Yaimé Rodríguez: «Todos pensábamos que era el terror a los fuertes vientos, pero no fue así. Vimos desde la rendija volar el techo de Yaimé con la lámpara y hasta con el mecedor del bebé», recordó asustada Lili.

«Lo acababa de levantar para resguardarnos en la parte de placa de la casa, cuando aquello salió volando. Mi Edgar volvió a nacer, pues él hubiera volado también», comentó sollozando la madre, quien jamás esperará tanto para resguardarse ante un ciclón.

Hay de todo para contar, desde los pozos solidarios de Orlando Álvarez, en la Plazoleta de Triana, y de Alfredo López en Calle Palma.

Ambos vecinos no duermen, pues desde el martes llevan la responsabilidad espontánea de brindar agua a todo el que llegue sin pedir nada a cambio.

Lo mismo ocurre con Tamara Villanueva, quien debe cocinarse a varias casas de la suya, pero antes en el medio del ciclón albergó a 20 personas en su segundo piso. Y qué decir de la Escuela de Linieros de la Empresa Eléctrica de esta ciudad, que desde el domingo en la mañana hasta hoy cuidó más de 50 refrigeradores y cerca de 40 televisores.

Mas no todas las experiencias tienen un matiz alentador, pues lo sucedido en el reparto La Norma, donde el agua del río Hatibonico llegó a niveles nunca vistos, ha dejado una lección.

Yusleydi Domínguez, vecina de calle Central, de La Norma, fue ayudada por un bombero, junto a su esposo, a salir de su hogar con el agua al pecho: «No nos queríamos ir por temor de perder las cosas, hasta que casi nos tapa la casa. Nunca más hago esto, porque tuvimos que enfrentar un remolino que podía tragarnos».

Pero lo de Yosvany Romeo no tiene comparación, fue sacado de su hogar prácticamente «por la fuerza», y no había llegado a la esquina con los hombres de la Defensa Civil, cuando su casa fue barrida por una violenta corriente del Hatibonico.

Ike nos ha dejado atónitos, cuenta Reyna Sánchez. Ella narra como arrancó de su patio matas de guayaba, mango, limón y aguacate. «Y como si fuera poco la placa se cimbró con una mata de coco». Mas la experiencia es su mayor «regalo», pues desde ahora pocos permanecerán tranquilos cuando escuchen la noticia de la cercanía de un nuevo huracán.

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