Joven galeno cubano en difíciles misiones internacionalistas - Cuba

Joven galeno cubano en difíciles misiones internacionalistas

Autor:

Hedelberto López Blanch

Pocos médicos en Cuba pueden contar que llegaron a los 25 años con tres misiones internacionalistas. Ese privilegio lo tuvo el ortopédico Abel Valdés Díaz en Paquistán, Indonesia y Kiribati

Abel Valdés Díaz es ante todo un joven médico modesto que se siente sumamente orgulloso de haber aportado «un pequeño grano de arena por la Humanidad y a la vez recibir el reconocimiento de los pueblos hacia Cuba», durante las tres difíciles misiones que ha cumplido en los últimos tres años.

Nació en Bauta, provincia de La Habana, el 25 de julio de 1973, y sus padres le pusieron ese nombre en homenaje al mártir Abel Santamaría Cuadrado, segundo jefe del ataque en 1953 al Cuartel Moncada, asesinado tras ser tomado prisionero por fuerzas de la dictadura de Fulgencio Batista.

Joven de amena conversación, comenzó sus estudios de Medicina en 1991, se graduó en 1997 e inmediatamente inició la especialidad de Ortopedia en el hospital Frank País, donde se convirtió en especialista de primer grado en 2002.

Desde los primeros pasos en la Medicina, incursionó en la Ortopedia, porque siempre le gustó y «como dice el profesor Rodrigo Álvarez Cambras, director del Complejo Científico Ortopédico Frank País, el que se moja con yeso continúa esa carrera».

Un miércoles de octubre de 2005, cuando se hallaba en la consulta a las cuatro de la tarde, lo llamaron el doctor Álvarez Cambras y el subdirector Miguel Ángel Rodríguez, para informarle que en Paquistán había ocurrido un terremoto de gran envergadura y le propusieron que integrara la brigada médica que se estaba creando para ayudar a los heridos, y aunque pensó que la salida se iba a prolongar, esa misma noche partieron hacia la nación asiática.

De esa forma Abel se convirtió en integrante de la primera avanzada de la brigada Henry Reeve, que llevó siete galenos del Frank País y tres del hospital Fructuoso Rodríguez en la especialidad de Ortopedia.

En la ciudad perdida

«Para mí fue sorprendente integrarme a la brigada y estaba muy contento y orgulloso de que contaran conmigo. Al llegar a Paquistán, lo que observamos era imposible de narrar con palabras, pues fue el desastre natural más grande que he visto en mi vida», expresa Abel.

A los ortopédicos los ubicaron en el hospital central de Makintao, en Islamabad, y laboraron las 24 horas, pues dividieron a los especialistas en dos brigadas con 12 horas de labor cada una.

A los 15 días de estar en el hospital, a Abel lo trasladaron hacia las montañas de Balakó para atender a los heridos que no habían podido ser trasladados en helicóptero debido al mal tiempo. De Balakó se llegó a decir que era la ciudad perdida, pues desapareció casi en su totalidad. «Era como si le hubieran lanzado una bomba atómica, pues no quedó nada». Narra el joven galeno que atendieron a una inmensa cantidad de heridos. Continuamente se registraban réplicas del terremoto y como dormían en tiendas de campaña, en ocasiones despertaban por el ruido del choque de los balones de oxígeno ubicados en el improvisado salón de operaciones.

Durante ese tiempo, Abel realizó más de cien operaciones, sobre todo en miembros inferiores y superiores, pues las de columna eran remitidas hacia el hospital de Islamabad; y tras permanecer cuatro meses y medio en Paquistán, regresó a Cuba «con la satisfacción del deber cumplido, porque habíamos realizado un trabajo meritorio a favor de esa población».

Las virtudes de los ralca

A los dos meses de estar en Cuba lo vuelven a llamar para prestar servicio a los heridos del terremoto ocurrido en Indonesia. Ya en esta ocasión iba más preparado, porque contaba con la experiencia de la anterior misión y desde que llegó organizó el servicio de Ortopedia en una zona montañosa donde fue ubicado como el único especialista en esa rama. Allí comenzó a operar y colocar el fijador externo RALCA, creado por el doctor Álvarez Cambras.

En Indonesia realizó un trabajo más profundo, pues llevó datos estadísticos, dio seguimiento a los pacientes que se complicaban y presentó un estudio denominado «Uso de los fijadores externos del doctor Rodrigo Álvarez Cambras en tiempo de desastre», premiado en la Jornada Científica de la misión y encomiado por las autoridades locales.

Muchos pacientes que habían sido tratados anteriormente por médicos indonesios y veían que la recuperación era más rápida con los fijadores externos, querían que les colocaran los RALCA, pues con estos caminaban a la semana, mientras que con las cirugías donde se colocaba yeso el paciente debía permanecer un largo período en cama.

Es un método muy versátil, asegura Abel, con el cual el paciente se reincorporaba rápidamente a su medio fundamental, en esa zona de desastre donde las personas lo han perdido todo.

En tres meses Abel realizó decenas de operaciones y colocó 20 fijadores en el salón de campaña ubicado en un campamento en Claten, que pertenece a Yogyakarta.

El tercer «terremoto»

Cuando pensaba que estaba finalizando la misión en Indonesia, le avisaron desde La Habana que había sido designado para integrar la brigada médica que prestaría servicios en Kiribati y, sin pasar por Cuba, salió directamente hacia esa pequeña isla del Pacífico.

«No sabía qué era ni dónde se encontraba. Kiribati es un archipiélago del Pacífico, extremadamente pobre y pequeño. Son minúsculos atolones en medio del Océano. No íbamos para una situación de emergencia, pero el sistema de salud apenas existía, estaba muy desorganizado y llegamos a formar un servicio de Ortopedia en una nación donde nunca ha existido un especialista en esa rama», puntualiza Abel.

En Kiribati, los pacientes son en-viados a Nueva Zelanda y a Australia, y como esos servicios y los pasajes cuestan tan caros, resultan mínimos y muy escogidos los pocos casos a los que se les puede dar atención.

«Para mí —enfatiza el galeno— fue un gran impacto, pues no iba preparado, en este caso, para una situación de emergencia tan sui géneris como aquella. Comprendí que a ese pueblo no le había ocurrido un sismo, pero estaba sufriendo el terremoto de la miseria y la falta de un sistema de salud. Me enfrentaba así, al “tercer” terremoto».

Al segundo día de la llegada comenzó a analizar lo que podía hacer en su especialidad. Fue al único hospitalito, prácticamente sin condiciones, y organizó en el salón de operaciones lo poco que había. Introdujo nuevas técnicas y sobre todo, «dio a conocer los avances de la Ortopedia cubana».

La brigada la integraron diez médicos. Cinco de ellos formados en especialidades de Ginecología, Pediatría, Cirugía, Medicina General Integral y Ortopedia, quienes laboraron en el hospitalito, y los otros cinco fueron hacia las aldeas, donde también fomentaron el sistema de atención primaria.

En Kiribati no existe agua potable y se consume solo la de lluvia, la cual se recolecta en grandes tanques. El archipiélago está integrado por un grupo de 33 atolones coralinos y una isla volcánica (Banaba), diseminados en un área de más de tres millones de kilómetros cuadrados.

El largo de la Isla de Banaba, donde se encontraba la brigada, es de unos 60 kilómetros de largo por cien metros en la parte más ancha, y en otros lugares es tan estrecha que solo cabe un auto. Cuenta con una diminuta pista de aviación, sin cercas ni señales de aviso.

«Los policías de tránsito en el aeropuerto —explica Abel—, cuando va a aterrizar una nave, desalojan a las personas de la pista (a veces están jugando fútbol o caminando). Los pilotos experimentados logran que la nave se detenga justo al final de la pequeña pista».

Como llegaba directamente de Indonesia, Abel no tenía casi instrumental para trabajar y durante el primer año lo hizo con unos pocos que habían donado unos australianos. En el primer viaje a Cuba de vacaciones, le explicó la situación al profesor Álvarez Cambras y éste le dijo que llevara de donación 12 fijadores RALCA con todos los aditamentos.

«Figúrate lo que representó para el pueblo de Kiribati, un país que debe gastar miles de dólares para enviar a unos pocos pacientes a atenderse fuera de las islas, y que de pronto aparecieran unos sistemas de fijación de alta tecnología, y un ortopédico para colocarlos.

«Todas las autoridades, desde el ministro, el secretario permanente del sistema de salud y los trabajadores ofrecieron una actividad de agradecimiento al doctor Cambras por la donación; al Comandante en Jefe Fidel Castro, por ser el iniciador de esa colaboración, y a nosotros por el trabajo que estábamos realizando».

Al segundo día de su retorno, el doctor Abel puso el primer fijador externo a un paciente que, como él se encontraba de vacaciones en Cuba, llevaba más de un mes con fractura del fémur, encamado, con neumonía y escaras. Antes de la semana, el paciente caminaba ayudado por muletas. La noticia corrió por toda la población y llegaron a la consulta numerosas personas. Desde su retorno en noviembre, hasta marzo, ya casi no le quedaban RALCA, pues los utilizó para tratar complicaciones previas como pseudoartrosis, retracto de la conciliación, fracturas mal unidas o fracturas agudas abiertas que ocurrían, afirma este especialista del Equipo de fijadores externos del Frank País.

Abel presentó un trabajo científico titulado «Uso de los fijadores externos del doctor Álvarez Cambras en fracturas abiertas de más de 24 horas de evolución». Las autoridades de salud lo felicitaron y el presidente de la República, Boutokaan Te Koala, afirmó que «si hubieran existido antes el sistema de fijación y un ortopédico cubano, no hubieran muerto tantas personas por simples fracturas o tenido que amputárseles piernas o brazos».

Abel contó a este reportero que el día que regresaban de la misión —otros galenos ya iban en camino de relevarlos—, la salida se retrasó, pues el pueblo entero, junto con las autoridades del país, se volcó hacia el aeropuerto y, entre abrazos y lágrimas, resultó una despedida de rompecorazones.

«Fueron dos años de trabajo con personas muy humildes y que vieron los caminos abiertos por nosotros. Todos los pacientes a quienes les habíamos colocado fijadores fueron hasta el aeropuerto a despedirse y gritaban: “Gracias Cuba, gracias Fidel, gracias RALCA”. Por eso siempre estaré dispuesto a partir hacia cualquier país que lo necesite, como lo hice en Paquistán, Indonesia y Kiribati».

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