El madrugador de El Ingenito

Un joven de Granma se enamora cada día más de su pedazo de tierra, en el que posee unos 2 000 animales, entre aves y mamíferos

Autores:

Osviel Castro Medel
Isis Sánchez Galano

Jorge Luis ha encontrado los secretos para criar a la vez más de mil aves, entre estas varias especies poco comunes, como las gallinas cubalayas. Foto: Osviel Castro Medel

BAYAMO.— En su pequeña finca, nombrada El Ingenito, casi todo asombra: desde sus cuantiosos animales hasta los ríos de sudor que deja cada madrugada en los sembradíos. Por eso incontables personas van a ver cómo hace tanta magia con la tierra.

Jorge Luis Milán Zaldívar cuenta, en cuatro caballerías, con más de 1 000 aves, unos 200 conejos, 25 reses de ordeño, decenas de puercos y chivos de «raza»… Y siembra maíz, aguacate, caña, king grass, yuca, boniato, calabaza, vegetales, frutas y otros cultivos.

Cuando se oye hablar con tanta admiración sobre él cualquiera pudiera imaginarlo curtido por los años, lleno de arrugas y callos. Sin embargo, apenas tiene 35 primaveras, si bien reconoce que desde los 15 cultiva la tierra.

Su primera reflexión precisamente alerta sobre peligros relacionados con la edad. «Conozco a muy pocos campesinos jóvenes, la mayoría son personas mayores; muchos de los hijos de campesinos no quieren dedicarse a lo mismo que sus padres, y eso rompe tradiciones y desbarata al campo. Hay que pensar seriamente en el futuro», dice en el portal de su espaciosa vivienda, situada en el barrio de El Horno, a unos 10 kilómetros de la ciudad de Bayamo.

Las producciones fundamentales del Ingenito son leche —diariamente se alcanzan unos 120 litros, que son distribuidos en dos bodegas— y huevos, que también tienen un fin social: se venden en casilla a 90 centavos o son entregados a embarazadas, ancianos y otras personas con dietas especiales.

Esto ya es atrayente, pero lo que más llama la atención en esta finca asociada a un coto de reserva genética avícola son los numerosos «bichos con plumas». «Tengo pavos reales, guanajos criollos y canadienses, faisanes, y gallinas de Guinea, blancas y negras, cubalayas y criollas G semirrústicas», expresa.

En un tiempo hasta tuvo unas 200 codornices, especie que requiere sumos cuidados. «Es un animal muy susceptible. Si no las atiendes correctamente sufren estrés y dejan de poner huevos. Hay que tener estabilidad en el horario de darles comida y agua, así como con el cuidador, porque cualquier alteración las afecta. Pienso volver a criarlas».

Debido a su desempeño con tantos ejemplares a la vez Jorge Luis se ha convertido en un expositor fijo en varias ferias provinciales y nacionales, en las cuales no solo habla de sus aves sino, también, de otras experiencias vinculadas con su faena en el campo.

Señala que contadas veces ha tenido que lamentar la muerte en sus criaderos y que es un partidario eterno de la medicina verde. «Uso mucho la cepa de plátano para desparasitar a los animales y sábila en el agua. El único medicamento que utilizo es el multivit».

Madrugador constante —cada día despierta como un reloj a las 4:00 a.m.—, este campesino, que ostenta varios reconocimientos de la ANAP, expone que los secretos de sus éxitos están en la dedicación y la paciencia.

«A la carrera no puedes lograr cosas, hay que saber que es necesario sacrificarse para después recoger los frutos. Es cierto que muchas veces no se tienen recursos indispensables para empezar, pero tampoco puedes esperar a que todo te caiga del cielo».

Jorge Luis se define como un joven tranquilo, con los gustos de cualquier otro, aunque muy enamorado del trabajo «que es lo que les falta a cientos de muchachos; porque los han malcriado o porque ven la vida fácil».

Sus últimas palabras, en el breve diálogo con JR, se parecen a otras sentencias de entrevistados, pero los suspiros le delatan la pasión no fingida: «Dejaré la finca el día que me muera. Mientras tenga deseos de producir, nada ni nadie me detendrá».

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