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José Joaquín Palma, poeta del fuego y del corazón

El 11 de septiembre de 1844 nació este cubano ilustre, hoy no muy conocido, del que debería publicarse una detallada biografía

Autor:

Osviel Castro Medel

Hay personajes nuestros que hicieron «temblar al mundo» y, sin embargo, duermen en el olvido o en la omisión punzante. Hay figuras del pasado que treparon a las estrellas y, pese a eso, apenas se pregona cómo consiguieron superar tales caminos.

Son deudas de nuestra historia, que abren vacíos tremendos en nuevos y viejos. Ahora mismo, en este septiembre volcánico, si alguien preguntara quién era José Joaquín Palma Lasso, encontrará incontables silencios, aun entre los habitantes de Bayamo, su ciudad natal.

Eso justifica el asombro cuando se resalta que este hombre, del que inexplicablemente no existe biografía a la mano, fue amigo de Céspedes y Martí —distinción de pocos— y que tuvo el privilegio de reclutar a Máximo Gómez para la guerra, que dirigió el primer periódico independentista... que escribió el Himno Nacional de Guatemala. ¡Y que hizo más!

Sin esclavitud

Detalle encomiable: José Joaquín Palma vivió casi 40 años en tierras foráneas y aún así su Bayamo siguió siendo aguijón en la nocturnidad del alma, en el quebranto y aun en el éxito literario. Nunca olvidó las calles empedradas de su infancia, o los colegios donde cursó hasta la segunda enseñanza, ni el afluente fascinante donde se bañó tantas veces junto a Juan y Rosario, los hermanos de sangre.

Compañero probado en los atolladeros, no fue el poeta de una sola fecha, como el 11 de septiembre, día en que vio la luz hace 165 años.

Quiso ser libertador desde la mocedad (tenía 24 primaveras en 1868), al lado de Perucho Figueredo y Francisco Vicente Aguilera; y en el estallido mismo de la gesta inaugural entregó, en la zona de El Dátil, los primeros grados de militar a Máximo Gómez, luego león de todo el Ejército Libertador durante tres crudas décadas.

Muchos influyeron en el pensamiento de este bardo, desde Carlos Manuel de Céspedes hasta su maestro José María Izaguirre y otros bayameses «sediciosos», pasando por Ignacio Martínez Valdés, amigo y protector de Plácido.

Gran autodidacta, Palma escribió sus primeros artículos en el periódico La Regeneración. Céspedes le asignó, en los albores de la primera contienda, la misión de dirigir El Cubano Libre, heraldo del periodismo independentista nacional.

Un hecho bastaba para haber inmortalizado a Palma: en aquellas 82 fechas de Bayamo sin bandera española (20 de octubre de 1868-12 de enero de 1869), devino coautor de una moción sobre la abolición de la esclavitud. Y cuando algunos tiritaron de dudas y de sustos, pronunció una histórica sentencia que late todavía: «Si en Cuba esclava no puede haber hombres libres, en una Cuba libre no puede haber hombres esclavos».

Después, cuando el fuego de enero de 1869 se torna estrategia inmoladora, fue Palma con su antorcha y la atizó conmovido en su propia casa: ¡gesto inefable!

Al lado de grandes

Honores de pocos: José Joaquín tocó a Martí, Céspedes, Gómez, Maceo y a otros grandes de nuestras gestas. Galopó al lado del Presidente Iniciador en Güáimaro y en la manigua emancipadora. Se abrazaron como padre e hijo cuando Palma enrumbó hacia el exterior, a principios de la década de los 70 del siglo XIX, con la misión de buscar apoyo logístico a una guerra protagonizada por soldados descalzos y sin armas.

Otro hecho relacionado con este bayamés ha sido pasado por alto, y a eso se refiere Ludín Fonseca, director de la Casa de la Nacionalidad Cubana: «Es el autor de la primera biografía del Padre de la Patria».

En predios externos, desde Guatemala hasta Honduras, llega su consagración estilística. Da una palmada en el hombro a Martí cuando los sucesos fatales de María Granados (la Niña de Guatemala) y hasta le fabrica unos versos que se convierten en acicate espiritual para el Maestro.

Recibe honores en Honduras donde conquistó la amistad del presidente de la República, Marco Aurelio Soto, con quien viaja por Sudamérica y Europa y no se le infla arrogante el pecho; es director de la Biblioteca Nacional de Guatemala y anda como uno más. Llega a ser asistente personal de Marco Aurelio. Y en suelo hondureño prepara el recibimiento del Apóstol.

En tierras centroamericanas abrazó a varios generales de la primera guerra —entre estos a Maceo— con la veneración de un cubano admirado, y les ayudó a abrirse paso.

Volvió a ver a Gómez en Honduras y, con desprendimiento propio de un familiar, auxilia su deteriorada economía. Acompañado por Marco Aurelio Soto, va a su encuentro. «Un hombre fue a la puerta de mi choza y me dijo: “soy amigo tuyo, te conozco” (...) Palma me animó con su sincero ofrecimiento y luego pensé que el hombre honrado no debe avergonzarse de admitir los favores de otro hombre honrado cuando la fortuna le sea tan adversa...», escribiría en una confesión el Generalísimo.

Se ha escrito algo de la alabanza casi celestial que hace Martí de las letras del bayamés: «Nobles son, pues, tus musas: patria, verdad, amores... En un jardín tus versos serían violetas, en un bosque madreselvas. No son renglones que se suceden: son ondas de flores».

Sin embargo, no se ha divulgado mucho que antes el patricio redactó una carta al Maestro, fechada en Tegucigalpa el 3 de enero de 1883, en la que señala: «...Más tarde supe por Adriano Páez que estabas en New York, pero por ignorar tu dirección no te había escrito. Hoy lo hago enviándote el volumen de mis Poesías: Acéptalo como el recuerdo cariñoso de tu fiel admirador y constante amigo. Crombet me entregó tu “Ismaelillo” que es un ramillete de amor, una maravilla de arte».

Seis años después, en una crónica publicada en La Juventud, diría Martí sobre este hombre: «Con su hija América Ana de la mano, acaba de llegar a New York, de paso para Guatemala, el poeta que ha sabido poner en sus versos toda la ternura de su corazón y el fuego inextinto de un patriotismo puro. No en Cuba solo, sino en toda nuestra América, se leen sus serenatas... y las décimas en que recuerda y predice nuestras glorias...».

Y remata el trabajo sentenciando: «Poco tiempo nos da Palma a sus amigos; pero esto no es tan de lamentar con quien se ha puesto entero en su poesía...».

Como si fuera poco, Rubén Darío y otros afamados de la estrofa en América lo exaltan y hasta procuran imitarlo. Darío, incluso, le dedicará un poema titulado: J.J. Palma.

Un sauce y una tumba

Cuando rompe el combate final contra España, Palma hace de representante de los libertadores cubanos en Guatemala, donde se radicó definitivamente. Volvería a Cuba tres veces después de la llamada República, le ofrecieron un cargo elevado que rechazó porque algo le disgustó en el ambiente.

Responde anónimamente a un concurso y con la maestría de su lira gana la convocatoria a la mejor letra para el Himno Nacional guatemalteco en 1896. Pero, evasor de las pompas, se calló ese mérito; 14 años después, enfermo de gravedad, confesó su autoría y lo premiaron con una corona de laurel de plata.

El poeta, emocionado, moribundo, sin poder hablar, agradeció el gesto con unas largas lágrimas. Su muerte, el miércoles 2 de agosto de 1911, no fue el último capítulo. Tampoco el traslado de sus restos mortales a Bayamo en abril de 1951, que provocó sendos aluviones humanos en Guatemala y en Cuba. Si hoy está enterrado en la Ciudad Monumento se debe, entre otras cosas, a un poema que escribió a principios del siglo pasado en el que pide, ante la cercanía de «la muerte helada», «solo un sauce y una tumba» en «la orilla sagrada» del río Bayamo.

Aunque son cortas todavía las ofrendas y las odas, y aunque su poemario íntegro no se ha publicado en Cuba (sí en Guatemala hace unos 50 años) Palma mantiene el eco de su acento estremecedor. Mantiene vivas la voz y el alma… eternamente cubanas, bayamesas.

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