Con mi metralleta checa

Rosendo Álvarez Morales falleció, pero dejó sembrado en su descendencia el orgullo de haber participado en la primera gran victoria sobre el imperialismo yanqui en América Latina

Autor:

Luis Hernández Serrano

Hace pocos días falleció en La Habana un combatiente de Girón cuya muerte no debe pasar inadvertida, el candidato a Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas Rosendo Álvarez Morales.

El duelo fue despedido por el Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas Tomás Gutiérrez, director del Instituto de Meteorología, institución a la que Rosendo Álvarez dedicó sus últimos esfuerzos de profesional y formador de jóvenes talentos en esta esfera tan útil.

Hace 19 años, en 1991, pudimos dialogar con este combatiente, parte de cuyo testimonio hicimos público. A las arenas de Girón había llegado desde la responsabilidad de profesor de Táctica del segundo curso de la Escuela de Responsables de Milicias de Matanzas, al mando de la primera compañía.

«En aquellos días tensos de abril de 1961, cinco de las seis compañías de la Escuela de Responsables de Milicias partieron con suma urgencia rumbo a Playa Girón en sus pocos camiones y en otros vehículos que interceptamos al pasar en esos momentos por nuestro centro militar».

Antes de partir hacia la zona de guerra, el director de dicha institución militar, el capitán José Ramón Fernández, les dio las instrucciones necesarias en el central Australia. Les explicó la situación y ordenó seguir avanzando para Playa Larga.

Álvarez Morales, autor de varios libros sobre aquella gesta heroica, era investigador titular del Instituto de Meteorología de la Academia de Ciencias de Cuba y profesor adjunto del Instituto Superior José Antonio Echeverría y la Universidad de La Habana.

Fue luchador clandestino, recibió instrucción militar del Che en la Cabaña en mayo de 1959; subió tres veces el Pico Turquino en julio de ese año; estuvo entre los fundadores de las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR); fue instructor de estas en el 5to. Distrito; jefe del Batallón 171 de Santiago de las Vegas; se graduó como teniente del «rombo» en la boina como responsable de Milicias y fue miembro del Partido.

Sin balas, pero firmes

«Encontramos en la cuneta —recordó nuestro entrevistado— a ambos lados de la carretera de Playa Larga, a un grupo de milicianos del Batallón 339 de Cienfuegos, ya sin balas, pero con las bayonetas caladas de sus M-52 o R-2, listas para pelear cuerpo a cuerpo con los mercenarios que llegaron hasta el lugar. Nuestras balas de los fusiles ametralladoras livianos (FAL) y de las metralletas checas no les servían, lamentablemente.

«Íbamos por el monte, a la derecha de la carretera. El primero, Álvarez Aladino, el segundo no lo recuerdo y el tercero era yo. Francotiradores mercenarios con mala puntería, nos tiraban sin darnos. Decidimos peinar también el flanco izquierdo, cruzando la carretera poco a poco algunos pelotones completos.

«Al llegar a Pálpite, el enemigo comenzó a tirarnos. Emplazamos dos ametralladoras calibre 7,92 milímetros y contestamos el fuego. La primera compañía a la izquierda y la segunda por la derecha. Un B-26 hizo un pase, sin causarnos problemas.

«Un pelotón fue rumbo a Soplillar para evitar que aterrizaran allí, y nuestra compañía empezó a peinar la zona donde cayeron los paracaidistas, ocupada inicialmente en parte por el batallón cienfueguero 339. Me subordinaron una compañía de milicias campesinas».

Coraje nos sobraba

«Ellos tenían un armamento infinitamente superior, pero mercenarios al fin, les faltaba el coraje que a nosotros nos sobraba. Al poco rato, combatimos duro. Yo, por ejemplo, fulminé a dos paracaidistas con mi metralleta checa, que no era tan insegura como algunos han dicho. Y capturamos armamento, paracaídas, mochilas y pertrechos en general, entre ellos una caja de granadas y una de TNT.

«Una ametralladora 50 y dos 30 causaron estragos en nuestras filas, colocadas en forma de “V” por el enemigo, en una bifurcación de la carretera. En Pálpite hablé con Claudio Argüelles, profesor de la segunda compañía, quien ya estaba con las maletas hechas para viajar a Bulgaria; desistió del viaje —aunque tenía permiso— y fue al combate. Allí se quedó con sus alumnos en la defensa perimétrica de Pálpite.

«Me hirieron en la cabeza con fragmentos de granadas de morteros lanzadas por los invasores. Fontiel, fotorreportero de un órgano de prensa, me retrató sangrando. ¡Si mi madre llega a ver esa foto!, pero la onda expansiva de otros morterazos le desbarataron la cámara.

«El teniente Mesa, de la tercera compañía, hizo que me montara en un camión que pasaba. Me curaron en una Casa de Socorro de Jagüey Grande».

Diálogo con Fidel

«¿Yo, baja en combate? ¡Qué va! Volví, lo que antes el teniente Martínez, quien trabajaba directamente con el capitán Fernández, me vio y me llamó. ¡Allí hablé con Fidel! Se interesó por todo. “Los aviones no nos dejan avanzar más”, dijo el Comandante en Jefe. Enseguida hizo una llamada por teléfono y, como no quise ser indiscreto, pedí permiso y me retiré.

«Vi a Bello llegar con una camioneta. Traía el cadáver de Claudio Argüelles, gran compañero de la clandestinidad y de la propia escuela, un amigo íntegro. Fuimos a la funeraria de Jagüey y pedimos que esperaran, e informamos a la capital de su muerte, para que lo vinieran a buscar.

«Pasaron los compañeros de la Artillería y me fui con ellos. Una 50 enemiga había causado muchas bajas a la tercera compañía, que iba por un terraplén. Allí fue donde hirieron a Carranza y a Roger Lima, y murió el teniente Díaz. Tres tanques nuestros fueron detenidos —uno de los cuales quedó inutilizado— y su jefe, con su pistola, fulminó a un tirador de una ametralladora calibre 30. El arma la ocupó la 5ta. compañía».

Entre dos fuegos

«Teníamos seis morteros. Palacios, Idelfonso López y unos alumnos dispararon dos de 82 milímetros y a ellos se unió el tiro rasante de las “cuatrobocas”. Nos quedamos entre dos fuegos, porque el enemigo respondía con las ametralladoras 50 y otras armas potentes. Así contribuimos al esfuerzo en la toma de Playa Larga.

«Luego nos sacaron de allí. Regresé en una camioneta de la Escuela a Playa Larga. El capitán Fernández nos dijo que ya teníamos que irnos, pero ante nuestra insistencia nos autorizó a ver a Fidel tirarle al barco Houston con el cañón automotriz SAU-100. Y después, tercos al fin, nos fuimos para Girón».

Pregunta por respuesta

«Varios días después, cuando fui a entregar mi subametralladora, me dijeron que me quedara con ella y la guardara, y así lo hice. Tiempo más tarde, para entregar todo tipo de arma de fuego que uno tuviera, fui a una estación de la PNR y al dar mi metralleta, con 200 tiros, un policía me preguntó asombrado: “Oiga, ¿de dónde usted sacó todo esto?”. Entonces sonreí y le contesté al compañero: “¿Usted no leyó el periódico donde se explica que uno no tiene que decir cuál es el origen de lo que entrega?”».

Orgullo de hija

«Mi padre fue un hombre consagrado a la ciencia. Murió de una cirrosis hepática, el 28 de marzo pasado, con 75 años de edad, en el Hospital Hermanos Ameijeiras. Los cumplió dos días antes, el 26».

Nos habla Lourdes Álvarez Escudero, única descendencia que tuvo Rosendo con su esposa, Lourdes de la Caridad Escudero Lecina.

Lourdes Álvarez es Investigadora Auxiliar del Centro de Física de la Atmósfera y atiende específicamente los fenómenos meteorológicos como tormentas eléctricas y nieblas en el Instituto de Meteorología, donde labora desde 1986. Es graduada en Física y Doctora en Meteorología.

«Mi papá trabajó muchos años en el Instituto de Meteorología. Me habló bastante de lo que significó para él haber combatido en Playa Larga y Playa Girón. Por cierto, escribió varios libros al respecto».

Rosendo es autor de Los combates de Playa Larga (Gente Nueva, 1977 y 1981) y Relatos de milicianos (Gente Nueva, 1978).

También escribió sobre temas científicos como Las nubes y la lluvia (Gente Nueva, 1987) y cuentos publicados por la UNEAC y Casa de las Américas, en 1974 y 1976, respectivamente.

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