El último invierno

De desatarse una guerra nuclear mundial, los impactos sobre la vida serían irreversibles: para recuperar condiciones semejantes a las actuales, el clima global necesitaría como mínimo un plazo de 10 a 30 años, aseguró en Cuba el prestigioso investigador norteamericano Alan Robock

Autor:

Yahily Hernández Porto

CAMAGÜEY.— «De registrarse un número considerable de explosiones nucleares, la atmósfera terrestre se haría opaca, con un descenso sensible y prolongado de las temperaturas y modificaciones en el régimen de lluvia, fenómeno este al que se le denomina invierno nuclear».

Lo anterior lo aseveró el prestigioso científico y climatólogo norteamericano Alan Robock, en una conferencia magistral acerca de la teoría del Invierno Nuclear, ofrecida en el Museo San Juan de Dios, del Centro Provincial de Patrimonio de la ciudad de Camagüey, en marzo de 2007.

Por la actualidad de este tema y el peligro que vive la humanidad ante el posible desencadenamiento de una guerra nuclear, avizorado y denunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro, Juventud Rebelde retoma lo expresado por el académico.

El experto, estrechamente vinculado a la lucha contra la proliferación de las armas nucleares durante la etapa denominada como Guerra Fría en la década del 80, y profesor de la Universidad Estatal de Nueva Jersey (Rutgers), expresó que estudios realizados en 2006 demostraron que una guerra nuclear limitada entre dos potencias nucleares emergentes podría conducir a condiciones climáticas sumamente adversas, semejantes a un invierno nuclear sobre áreas extensas del planeta.

Ante miembros de la Sociedad Meteorológica de Cuba en Camagüey, y de Roger Rivero Vega, vicepresidente de la Sociedad Internacional de Meteorología Agrícola (INSAM) y científico cubano en Cambio Climático y Climatología Física, el doctor explico que las grandes potencias disponen de un arsenal atómico como para producir ese cambio climático planetario (con causas y resultados totalmente diferentes a los del cambio climático en progreso).

«Enormes cantidades de polvo se lanzarían hacia la atmósfera superior, limitando al extremo la cantidad de radiación solar que llega al suelo», confirmó Robock.

Igual de peligrosas

El investigador extendió su análisis a los resultados de las llamadas guerras nucleares locales. «Los estudios realizados en años posteriores a la Guerra Fría demostraron que los efectuados anteriormente acerca del invierno nuclear se habían quedado cortos, porque quedó probado que las conflagraciones a escala local tendrían dramáticas consecuencias en el área de afectación y en la duración de los impactos negativos, incluyendo además sectores vitales como el de la agricultura».

Una guerra nuclear mundial entre potencias grandes y emergentes conllevaría a la destrucción de la humanidad, incluso más allá de los daños ocasionados por las explosiones nucleares directamente, expresó.

Describió la ocurrencia inevitable de una súbita reducción de la radiación solar, acompañada de un brusco descenso de las temperaturas, la supresión del régimen de lluvias y del ciclo hidrológico, que destruiría el sistema de producción de alimentos, los cultivos, los ecosistemas naturales y a la mayoría de las especies vivientes, incluyendo al hombre.

«Una inmensa hambruna en un mundo frío, oscuro y sin lluvias ocasionaría la muerte de cientos de miles de millones de personas al unísono», explicó.

Confirmó que estas difíciles condiciones climáticas serían el resultado de la contaminación de la estratosfera por polvo y aerosoles carboníferos (hollín), como consecuencia de las explosiones y del incendio posterior a las detonaciones, y la generación de tormentas de fuego en áreas urbanas donde, además, existen grandes acumulaciones de materiales combustibles.

«Tales aerosoles —aseguró— permanecerían en la estratosfera y oscurecerían la luz del sol, durante períodos que dependerían de las condiciones concretas en las que se produjera el conflicto nuclear y su magnitud».

Dijo que, después de iniciada una guerra mundial o local nuclear, no habría mucho tiempo para el arrepentimiento, «porque la nube de aerosoles asociada a las explosiones demoraría en cubrir o rodear el planeta solo unas tres semanas».

Declaró que según las diferentes condiciones en que se produzca el conflicto nuclear, y la cantidad de aerosoles que alcancen la estratosfera, la caída de temperaturas a nivel global podría oscilar entre -1 y -9 grados Celsius.

Añadió que la radiación solar se reduciría entre -20 y -100 watt por metro cuadrado y la precipitación anual entre -0,2 y -1,8 milímetros por día (contra una media global en el clima actual de 3,0 milímetros diarios).

Valoró que los impactos negativos serían más notables entre los primeros dos a cuatro años, «pero el clima global no recuperaría las condiciones semejantes a las actuales, hasta transcurrido un plazo de 10 a 30 años como mínimo», subrayó.

Impacto dramático

Durante su exposición, Robock anunció las causas que lo motivaron a retomar este problema, y entre ellas destacó la existencia de modelos climáticos globales más poderosos que los disponibles en la década del 80, y la proliferación de Estados con capacidad nuclear que hacen ahora más probable la ocurrencia de un conflicto, «porque en el pasado se pensó que una guerra nuclear limitada no tendría impactos climáticos globales acentuados e irreversibles».

El experto sostuvo que estos modelos son capaces de simular el movimiento de aerosoles hacia la estratosfera, y que asumen el nivel de la ciencia actual.

Las simulaciones realizadas son confirmadas por otras catástrofes y fenómenos naturales como el incendio de San Francisco, en 1906; las tormentas de fuego en ciudades bombardeadas durante la Segunda Guerra Mundial; y las tormentas de polvo en otros planetas, como Marte.

Robock, alentado por los nuevos resultados, dijo sentirse esperanzado, «porque con estos estudios, basados en simulaciones numéricas más avanzadas, las naciones pueden reflexionar y estar alertas acerca de los enormes peligros derivados de los arsenales nucleares acumulados en el planeta».

¿Se acercará el sol a la tierra?

El doctor Robock no se limitó a la descripción de sus estudios, hizo también énfasis en una analogía acerca de cómo sería el estallido de una bomba nuclear de fisión (atómica) o de fusión (de hidrógeno). Y las comparó con el traer por segundos un pedazo del Sol a la Tierra.

«Las explosiones nucleares generan en la detonación condiciones de temperatura y radiación semejantes a las que hay en el Sol. Al ocurrir la explosión aérea o terrestre, lo primero que se observaría sería una bola de fuego con una radiación luminosa muy potente que se propagaría en el aire a la velocidad de la luz, y que sin dudas puede desatar incendios, calcinar cosas, cegar a las personas… dependería de la magnitud de la explosión».

Después de la onda luminosa provocada por la explosión —continuó— viene la onda de choque de esta, que aunque mucho más lenta que la onda luminosa, se mueve a miles de metros por segundo destruyendo todo a su paso.

Aclaró que luego vendrían las precipitaciones de partículas radioactivas, que pueden contaminar una extensa área haciendo imposible la vida durante miles de años, tiempo todavía incalculable para la humanidad.

«La destrucción no solo llegaría con el desencadenamiento de un invierno nuclear catastrófico, sino que comenzaría desde el mismo momento en que se desate una guerra nuclear local o mundial», señaló.

Aún a tiempo

En medio de su apretada agenda de conferencias, que incluía una intensa preparación para llevar estos análisis a encuentros internacionales de lucha contra la proliferación de las armas nucleares y sus consecuencias, el profesor concluyó que, aunque el cambio climático actual ya está en progreso y el hombre no ha conseguido impedirlo, resulta evidente que la humanidad sí está a tiempo de evitar el cambio climático asociado al invierno nuclear.

Para ello —ratificó— solo sería necesario destruir todo el arsenal nuclear existente y cesar la construcción de esas armas.

«Somos afortunados, porque en los últimos 60 años ninguna nación ha utilizado armas nucleares en la guerra. Pero hay gente loca a cargo y hasta un accidente puede conducir a una conflagración nuclear. La única forma segura de prevenir su uso está en la destrucción de todas las armas nucleares», sentenció.

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