Héroes que el pueblo sigue

La sangre joven de Josué, Floro y Salvador que regó las calles santiagueras

Autor:

Odalis Riquenes Cutiño

SANTIAGO DE CUBA.— El 30 de junio de 1957 la tiranía batistiana pretendía dar la imagen de que en el país, y en particular en el oriente, había tranquilidad, mas el Movimiento 26 de Julio no estaba dispuesto a permitírselo.

Tratando de ignorar la victoria obtenida dos meses antes por el Ejército Rebelde en El Uvero, se había anunciado un mitin en el céntrico parque Céspedes santiaguero.

El plan revolucionario era ajusticiar a los senadores Masferrer y Anselmo Alliegro, compinches y cómplices de todas las atrocidades de Fulgencio Batista, además de otros testaferros de la tiranía y numerosos guardaespaldas y esbirros. De cumplirse lo planificado, se asestaría un fuerte golpe al poderío castrense y se demostraría la pujanza de la lucha armada.

Ese era el plan cuidadosamente concebido para aquel 30 de junio de 1957, pero el azar trastocó todo. Al parecer, al limpiarse la calle el agua dañó el mecanismo del artefacto explosivo, preparado desde temprano en la mañana. Tal situación provocó el desconcierto entre los grupos revolucionarios que actuarían ese día, pues la señal acordada era precisamente la explosión.

La impaciencia se apoderó entonces del temperamento inquieto de Josué País, hermano menor de Frank, y uno de los jefes de los dos comandos que debían entrar en acción en los alrededores.

Ante la interminable espera, se impuso el sentido del deber y la pasión del joven revolucionario de escasos 19 años que, acompañado de Floromiro Bistel (Floro), quien había cumplido prisión junto a él por los sucesos del 30 de noviembre; y de Salvador Pascual (Salvita), decidió salir a cumplir la misión asignada.

Mas, cuando el auto en que se trasladaban entró en el Paseo Martí fue interceptado por un carro microonda, que les ordenó detenerse. Al no obedecer los jóvenes, en cuestión de minutos los uniformados abrieron fuego contra el vehículo. Los tres muchachos, como lo habían hecho otras tantas veces, ripostaron el ataque.

Un disparo alcanzó el carro de los revolucionarios, lo cual provocó que este se impactara contra un poste eléctrico al llegar a la calle Crombet, donde otro patrullero lo estaba esperando, poniéndolos en medio de dos fuegos.

Cuando el automóvil con una goma averiada finalmente se detuvo, Floro y Salvador estaban muertos, pero Josué, herido, continuaba resistiendo. Salió del auto, se protegió tras un muro y siguió defendiéndose a tiros hasta caer, aún con vida.

Cuando horas después vieron el cuerpo de Josué, tenía heridas en ambos hombros, su brazo presentaba muchos impactos de bala. Pero lo que más impresionó fue el tiro que le habían dado en la sien. Sin dudas, lo habían rematado.

Así se lo harían saber a Frank, quien a pesar del inmenso dolor supo asumir su papel de jefe de Acción y Sabotaje del Movimiento Revolucionario 26 de Julio. Unidos más allá de la sangre y los ideales, por la valentía hasta la temeridad, Frank consideraba a Josué como su niño y se sentía un poco su padre.

Josué, Floro y Salvador fueron velados juntos, los féretros iban cubiertos con banderas del 26 de Julio y los santiagueros los acompañaron coreando el Himno Nacional. Cuentan que cuando a doña Rosario, que encabezaba la multitud, le sugirieron cerrar la tapa de la caja mortuoria, su respuesta fue: «Quiero que mi hijo vea al pueblo que lo sigue».

Ese mismo pueblo que acogió para siempre el gesto de tres vidas en flor que supieron elevarse a la altura de su tiempo, y hoy son savia inspiradora para los más nuevos.

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