La travesía del siglo

Con la salida del yate Granma, el 2 de diciembre de 1956, comenzaba a verse en el horizonte de Cuba el sol de la libertad

Autor:

Luis Hernández Serrano

El yate está a punto de partir, marcado por la enorme impaciencia de los compañeros que van en zafarrancho de combate rumbo a Cuba. Todos quieren subir. Algunos se adelantan en una porfía callada por entrar primero, y el temor de que los últimos no puedan navegar.

Un lanchón maderero, a la derecha del Granma —custodiado por un soldado que ignora lo que a unos pasos suyos está ocurriendo en la historia de América— complica más la maniobra tensa y emocionante de la partida.

A eso de las dos de la madrugada (con las luces apagadas y un silencio absoluto por parte de estos hombres) se pone en marcha el motor de la izquierda del yate, y se va sigilosamente separando del espigón y del indiscreto lanchón maderero.

Con 78 cubanos y cuatro extranjeros —Gino Donné Paro, italiano; Ramón Mejías del Castillo, «Pichirilo», dominicano; Alfonso Guillén Zelaya Alger, mexicano; y Ernesto Guevara de la Serna, argentino— pronto echa a andar por el ancho río Pantepec abajo, que divide en dos la capital veracruzana de Tuxpan, rumbo a la hondura del Golfo de México y con augurios de tempestad.

La navegación está prohibida. El permiso conseguido varios días antes de iniciarse el mal tiempo, dice que navegarán hacia la isla también veracruzana de Lobos, en «viaje de recreo».

Para cruzar el cable del ferry que une a las dos partes de la ciudad, deben detenerse los dos motores ya activos,  otro instante difícil, pero sin mayor contratiempo. Y de nuevo se arrancan con precisión y éxito.

Inmediatamente llega un nuevo motivo para preocuparse: antes de entrar a mar abierto hay que pasar un faro de la Marina mexicana y un puesto naval. Fidel ordena agacharse para no ser vistos, y a los que usan espejuelos quitárselos para evitar que el brillo de los cristales pueda descubrirlos.

En la tarde de aquel 25 de noviembre, el yate comienza a hacer agua. El piloto Roque diría años después que «un mar fuerza seis azotaba el barco, y daba la impresión de que se iba a ir por ojo», con amenaza de hundirse. Al peligro de ser capturados por las autoridades mexicanas se une el de un naufragio a 80 millas de la costa, en un hondísimo mar infestado de tiburones.

Una de las bombas de achique no funciona, y Fidel ordena utilizar los cubos y observa durante dos horas si entra más agua de la que se extrae. Además, por la partida precipitada, no se advierte que se cargó poca cantidad de víveres, insuficiente para tantos hombres, en una calculada semana de travesía.

El yate comienza a dar bandazos y esto provoca mareos y vómitos a los expedicionarios. Fidel orienta que un grupo de compañeros tome algunas armas para rechazar cualquier intento de agresión enemiga. El día 30 tiene lugar el proyectado alzamiento de Santiago de Cuba en apoyo al desembarco, y con ello la tiranía tiene ya la certeza de que la provincia escogida para eso es la de Oriente.

El jefe de la expedición lo confirma por la radio y comenta que quisiera tener alas para volar. Da a conocer la estructura de mando del destacamento rebelde: un Estado Mayor de 16 compañeros y tres pelotones de 22 hombres cada uno. Los menciona de inmediato y se reparten los uniformes y sus armas.

Los tres jefes de los pelotones son José René Smith Comas (la vanguardia); Juan Almeida Bosque (el centro); y Raúl Castro Ruz (la retaguardia). Entre los 82 expedicionarios, 21 participaron en las acciones de 1953.

En la noche del 1ro. de diciembre un inesperado golpe de ola lanza al mar al piloto Roque, cuando desde el techo del yate otea el faro oriental de Cabo Cruz. Almeida grita: «¡Hombre al agua!».

Fidel quiere tirarse en su busca. El dominicano Pichirilo alumbra con una linterna. Los compañeros le quitan a Fidel esa idea y entonces da la orden de efectuar las maniobras necesarias para rescatarlo, pese al retraso del viaje. A la media hora se encuentra y se rescata.

Al fin, el domingo 2 de diciembre desembarcan del yate en la zona de Niquero, Oriente (en Los Cayuelos, entre Punta Colorada, al nordeste, y Punta Purgatorio, al sudoeste), a unos 1 200 metros de la primera.

Guillermo García espera en vano el desembarco en un lugar de la costa entre Ojo del Toro y Boca de las Piedras. Con tres compañeros, dispone de un camión, pero la     acción se da en el otro sitio mencionado.

Los patrullajes aeronavales batistianos y yanquis no han impedido el arribo del yate. Solo tres inofensivas embarcaciones son testigos de su llegada. Un pescador de la zona en un bote de remos está próximo a la costa; el Granma le pasa cerca y cuando encalla se atemoriza y se aleja remando. El barco de cabotaje Tres Hermanos va saliendo a esa hora de la laguna del Guaso, hacia el sur del lugar donde se detiene el barco desconocido. Cargado de carbón para Manzanillo, sus tripulantes ven también el yate y la embarcación da media vuelta para esconderse. Desde el norte viene acercándose el Gibarita, embarcación dedicada al tiro de arena de Cayo Casimba a Niquero. Al divisar el Granma, alguien da también un grito y la barca parte a informar a las autoridades navales.

Los expedicionarios caen en una ciénaga donde el avance es muy difícil. Resbalan, se atascan, se hunden. Muchos están débiles por el ayuno de los últimos días de viaje y las fatigas constantes del mareo. En un supremo esfuerzo avanzan dispersos en pequeños grupos hacia la costa, a la que se acercan lentamente con las armas en alto.

Durante unas dos horas las espinas, los filos de las hojas del mangle rojo y blanco y las raíces que emergen del agua desgarran los uniformes y la piel, mientras las botas nuevas provocan ampollas al caminar luego por sobre los arrecifes y el diente de perro del monte costero.

La prensa ya ha dado la noticia del desembarco. Batista no lo puede concebir, no obstante la ayuda estadounidense. Por eso vocifera histéricamente por teléfono para que se investigue con urgencia la actuación de dos oficiales subalternos del ejército: el capitán Caridad B. Fernández, jefe del Escuadrón 12 de la Guardia Rural, y el segundo teniente Aquiles Chinea, jefe del Puesto de Niquero. Uno de los dos militares aludidos, el jefe de Puesto de Niquero, tiene solo ocho alistados a su mando, con igual número de fusiles calibre 30, y un total de 90 cartuchos por hombre. Dispone nada más de esa pobre fuerza, aunque su área de responsabilidad hacia el norte es la desembocadura del río Sevilla, por el este hasta el nacimiento de ese río, en Alto Regino, y por el oeste hasta Cabo Cruz.

Después se moviliza una unidad de artillería integrada por cinco oficiales y 89 alistados, al mando del comandante Juan González. Llegan a Niquero en la noche del 2 de diciembre.

Al día siguiente salen en busca de los expedicionarios. Avanzan en dirección a Río Nuevo, Agua Fina, Alegría de Pío y El Plátano, para tratar de cortar el paso a Fidel y a sus hombres en su marcha hacia la Sierra Maestra. De allí se trasladan a Pilón y después a Mareón, donde establecen ese día una posición defensiva.

La tropa ubicada en Mareón se traslada el 4 de diciembre hacia los bosques de Agua Fina. Luego de unirse a la tercera compañía del primer batallón de artillería de costa —mandada por el capitán Juan Moreno Bravo— se dirige a Alegría de Pío, adonde llega en horas de la noche.

Los expedicionarios continúan rumbo al este. Caminan toda la noche. Temprano en la mañana del 5 de diciembre, extenuados, acampan en un pequeño cayo de monte, cercano a un cañaveral de la colonia Alegría de Pío. Sin saberlo están al alcance del ejército. Se reparte galleta con chorizo. Cuando menos se espera el enemigo ataca por sorpresa. En el intenso tiroteo mueren Humberto Lamothe Coronado, Carlos Israel Cabrera Rodríguez y Oscar Rodríguez Delgado.

Cuatro compañeros son heridos de cierta gravedad: Raúl Suárez Martínez en el dedo gordo de una mano; Ernesto Guevara de la Serna en el cuello; a José Ponce Díaz, un plomo le da en el tórax (y se le aloja entre el corazón y los pulmones), y Emilio Albentosa Chacón recibe un tiro calibre 45 en el cuello. Juan Almeida Bosque, al oír al enemigo ordenando que se rindan, contesta virilmente: «¡Aquí no se rinde nadie, c…!».

En realidad el peor resultado de la sorpresa —además de los tres compañeros muertos y los heridos— es que los 82 combatientes se dispersan guiados por el instinto de conservación, en medio de tan confusas circunstancias. Fidel diría años después: «La destrucción del destacamento expedicionario del Granma no fue el fin de la lucha, sino el principio».

En la dispersión inicial quedan divididos en 28 grupos. Trece combatientes quedan solos, como Juan Manuel Márquez, el segundo jefe del destacamento. Cinco de los grupos están compuestos solamente por dos combatientes. Tres grupos —entre estos el de Fidel— están integrados por cuatro o más, como los de Raúl Castro y Juan Almeida. El colectivo más numeroso es el encabezado por José René Smith Comas, inicialmente con 14 expedicionarios.

Fuentes: El Granma: La aventura del siglo, Alberto Ferrera Herrera, Editorial Capitán San Luis, 1990; El quinto expedicionario, del autor, Editorial Pablo de la Torriente Brau, 1999, y archivo de Juventud Rebelde.

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