Los Nobel de la sonrisa

Investigaciones disparatadas y singulares tienen también su reconocimiento oficial

Autor:

Juan Morales Agüero

La revista norteamericana Anales de la Investigación Improbable entrega cada año, en diferentes categorías, un reconocimiento capaz de arrancarle a cualquiera una sonrisa. Se trata de los Premios Ig Nobel, que distinguen al humor como opción para estimular el interés serio por diferentes áreas del saber.

Su mecenas es Marc Abrahams, un matemático de 60 años de edad, quien en su época de editor de la revista Science, «descubrió» que los temas de algunas investigaciones eran tan divertidos que merecían conocerse. Así, en 1991, instauró la entrega del lauro en predios de la celebérrima Universidad de Harvard.

Los ganadores de esta parodia de los Premios Nobel legítimos son elegidos por un jurado que cada año recibe más de 6 000 nominaciones de todas partes del mundo. La mayoría plantea descubrimientos absurdos, extraños, chiflados, risibles e, incluso, tontos, realizados increíblemente, con seriedad.

Sin embargo, el disfrute anual de las simpáticas guirnaldas ha provocado más de una sorpresa posterior. Por ejemplo, en el año 2000 el ruso Andrei Gueim recibió el Premio Ig Nobel de Física «por hacer levitar a una rana mediante imanes». Una década después ganó el Premio Nobel serio en la misma rama por su trabajo sobre el grafeno. «Las personas que no tienen sentido del humor no pueden ser buenos científicos», dijo una vez.

Les propongo un recorrido por la historia de estos premios.

Ciencia y carcajada

En 1993 el jurado premió a los doctores Nolan y Stillwel con el Ig Nobel de Medicina por su trabajo Manejo seguro de los penes atrapados en los zipper o cremalleras, publicado en la revista Journal of Emergency Medicine. ¡Cuántos infortunios nos hubiéramos evitado los hombres de haberlo conocido antes!

En la misma categoría, pero en 1995, la distinción recayó en un equipo norteamericano por su desconcertante estudio El efecto de la respiración forzada por un solo agujero de la nariz sobre la capacidad cognitiva. Y en 1999, un médico noruego obtuvo el reconocimiento «por recolectar, clasificar y estudiar los tipos de envases elegidos por los pacientes para entregar las muestras de orina».

En 2010 dos psicólogos holandeses defendieron la insólita tesis de que «los síntomas del asma se alivian luego de una vuelta en una montaña rusa». Sería bueno ubicar algunos de estos artefactos en los grandes hospitales. Su colega Mirjam Tuk no les fue a la zaga en espectacularidad. «Demostró» que las personas toman mejores decisiones cuando tienen una urgente necesidad de orinar.

Los físicos también han hecho otros aportes a la ciencia curiosa. Como Robert Matthews, investigador de la Universidad de Aston, Inglaterra, que ganó el Ig Nobel en 1996 «por sus estudios sobre la Ley de Murphy y, en especial, por demostrar que las tostadas siempre caen al suelo por el lado de la mantequilla».

En la misma cuerda, un compatriota suyo, el doctor Ien Fisher, obtuvo el lauro en 1999 «por explicar la mejor manera de mojar una galleta sin que se desmorone en el café o en el té». Y un tercer inglés, el profesor Jean-Marc Vanden-Broeck, de la Universidad de East Angli, fue distinguido también en ese año «por idear un método para fabricar teteras que no goteen».

Premios a lo irrelevante

El galardón de 2001 en la categoría se lo agenció un grupo de físicos norteamericanos y taiwaneses, por descifrar la enigmática Ley de la orina. Con su estudio, el equipo llegó a la conclusión de que los mamíferos mayores de tres kilogramos de peso tardan en orinar 21 segundos como promedio.

Pero las «pesquisas» en este campo fueron aún más lejos. En  2006, el Ig Nobel se lo adjudicaron dos «investigadores» franceses de la Universidad Pierre et Marie Curie «por estudiar por qué los espaguetis secos se fracturan en más de dos partes cuando se doblan». En 2007, el singular lauro le fue acreditado a un chileno y a un norteamericano de la Universidad de Harvard, «por estudiar a fondo cómo se arrugan las sábanas».

La Física aplicada al deporte figuró entre las reconocidas, cuando en 2011 un experto determinó por qué los discóbolos se ma-rean al lanzar su implemento y los martillistas no. Y algo sumamente «interesante»: en 2009 Katherine K. Whitcome, de la Universidad de Cincinnati, descubrió analíticamente «por qué las mujeres embarazadas no se caen nunca hacia delante».

Pero la «tapa al pomo» en las investigaciones insólitas sobre la especialidad se la pusieron dos japoneses, premiados con el Ig Nobel el pasado año por estudiar «la capacidad de la cáscara de plátano para causar un resbalón». Según ellos, «cuando una persona pisa una cáscara, disminuye la fuerza de fricción entre el zapato y la cáscara, y entre esta y el suelo, por lo que se incrementa de forma considerable el riesgo de caída».

En materia biológica, los Ig Nobel son para desternillarse. En 2001 lo ganó el norteamericano Buck Weimer, por inventar una ropa interior con un filtro desechable capaz de remover los gases malolientes antes de que escapen. En 2007, la agraciada fue una holandesa, por realizar un censo de «todos los insectos con los que compartimos nuestras camas». Un año después ganaron dos franceses, quienes descubrieron «que las pulgas de los perros pueden saltar más alto que las de los gatos».

En 2014 un equipo multinacional hurgó en otras facetas y fue premiado: estableció que, cuando hacen sus necesidades, los perros alinean sus cuerpos al eje de los campos geomagnéticos norte-sur de la Tierra. Por su parte, entre los enaltecidos de este año figura un colectivo inglés de la Universidad de Newcastle «por demostrar que las vacas a las que sus dueños han puesto nombres, dan más leche que las vacas sin nombre».

Los Premios Ig Nobel reservan también distinciones para la paz. Así, en 2007 le fue conferido el galardón al Laboratorio Wrigth, de la Fuerza Aérea norteamericana, por desarrollar la llamada «bomba gay», un artefacto con elementos químicos cuyo estallido, en caso de ser lanzado, provocaría que los soldados enemigos se volvieran sexualmente irresistibles entre ellos.

Más de lo mismo

En 2010 el inglés Richard Stephens confirmó a través de estudios que los insultos, improperios y maldiciones dichas en voz alta alivian la ansiedad y hacen tolerable el dolor causado por un golpe fuerte. Algo parecido consiguió con sus curiosas indagaciones el noruego Halvor Teigen, quien en 2011 ganó el Premio por intentar comprender por qué las personas suspiran.

Si de Ig Nobel insulsos se trata, hay dos que turban. John Trinkaus lo conquistó en 2010 en Literatura por su estudio Porcentaje de jóvenes con la gorra de béisbol con la visera hacia atrás. Y en esa misma categoría lo alcanzó este año el holandés Mark Dingemanse, «por determinar que la palabra “eh” (uh, en inglés) es usada en idiomas de todo el mundo, incluyendo los inusuales», aunque aún desconoce el porqué.

Otro pergamino que se las trae por su excentricidad fue el otorgado en la categoría de Astrofísica en 2001. Lo recibieron un par de doctores de Michigan, por «descubrir» que los agujeros negros espaciales satisfacen todos los requisitos técnicos para pensar que allí se localiza… ¡el infierno!

Meteorólogos también contribuyeron al estudio de su ciencia con una monografía que les hizo obtener el Ig Nobel de 1997. En efecto, el australiano Bernard Vonnegut, de la Universidad Estatal de Albany, presentó un informe titulado El desplumamiento de los pollos como medida de la velocidad del viento durante un tornado, publicado luego por la revista Weatherwise.

¿Y cómo dejar fuera del podio de los Ig Nobel a la Química? ¡Pues claro que no! En 2002 esta categoría aplaudió a un colectivo de investigadores japoneses por identificar la enzima que provoca el llanto al cortar cebollas. Según los autores, el compuesto no se vincula con el sabor y el olor de la hortaliza, pero sí podría constituir el primer paso para cultivar cebollas modificadas genéticamente, sin esas molestias para el cocinero.

También en esa especialidad este año fue premiado el científico australiano Colin Raston, profesor de la Universidad Flinders, en Adelaida, por una receta proteica capaz de lograr que un huevo hervido regrese a su composición original.

Pero, entre todos los Premios Ig otorgados desde su creación, los que entrañaron mayores sacrificios a sus autores fueron los de Fisiología y Entomología entregados recientemente. En la primera categoría ganó el norteamericano Justin Schmidt, por crear el Índice de Dolor por Picadura, que calcula el rango de dolor sentido tras las picaduras de diferentes insectos, y para cuyo estudio él mismo se prestó como sujeto a ser picado.

Durante una pesquisa entomológica análoga, su colega Michael Smith se hizo picar por abejas en 25 lugares distintos para descubrir en cuál área corporal duele más un aguijonazo. A los «picados» por la curiosidad les informo que las zonas más adoloridas fueron las fosas nasales, el labio superior y... el pene.

De todo como en botica

Hay más, muchos más Premios Ig Nobel descabellados y curiosos. Como los de 2006 en Acústica y Matemáticas, donde ganaron, respectivamente, un científico de Harvard por llevar a cabo experimentos para conocer por qué algunas personas detestan el sonido de las uñas rascando una pizarra; y dos fotógrafos que calcularon el número de imágenes que deben tomarse para estar seguros de que en un grupo nadie saldrá con sus ojos cerrados.

Pero el repaso por la historia de estos singularísimos premios me dejó una insatisfacción: pensé encontrar por alguna parte una guirnalda para el científico que comiera más cascaritas de piña. Mi búsqueda resultó infructuosa. ¿Alguien lo sabe?

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